Opinión

El enemigo es la minería mal hecha

Una mentira puede dañar la reputación de una actividad tan antigua como las necesidades del hombre.

05 de mayo 2017 , 12:26 a.m.

Los sofistas decían que la verdad no existía y que las posiciones ciertas eran aquellas que se defendían mejor en la plaza pública usando la seducción del discurso. Esto, sumado a que las personas están más dispuestas a recibir mensajes cuyo componente afectivo supera el cognitivo, ha provocado históricamente un banquete confuso y peligroso.

Seguimos expuestos a argumentos sensacionalistas y populistas que muchas veces son tomados como perogrulladas, sin cuestionar hechos ni realidades. En el sector minero ocurre esto: el debate público se ha centrado en pasiones llenas de mitos que son esparcidos gracias a la democratización de la información y al descontrol de las redes sociales.

Se lee en pocos caracteres que la minería acaba con el agua del país, que es una actividad en manos de multinacionales que solo dejan migajas a las regiones. Incluso se dice que Colombia está inundada de títulos mineros.

La desinformación de algunos sectores y el silencio de quienes hacen minería bien hecha no han ayudado a tener un debate sin apasionamientos. Veamos la realidad en versión corta: el Ideam demuestra que la industria minera es la segunda actividad económica que menos agua consume; desde 2010 ha dejado más de $ 10 billones a la Nación para programas sociales en todo el país, y de la totalidad de nuestro territorio solo hay títulos mineros en el 4 %, la gran mayoría en manos de colombianos.

Sin embargo, es más atractivo hablar mal y mitificar una actividad. Basta con una mentira para dañar la reputación de una actividad tan antigua como las necesidades del hombre. No en balde los periodos prehistóricos en la evolución son entendidos de acuerdo con el uso de diferentes minerales.

En algún momento escribía sobre Phineas Taylor Barnum, un empresario y escritor que, con tal de llamar la atención del público, inventaba historias, creaba mitos surreales y atraía la atención de los americanos por medio de engaños fantásticos que incluso llegaron a atraerle más de 400.000 visitantes al año a su museo. Eso decían.

El éxito de este artista circense se debió a su asombroso poder comunicativo, que llegaba a convencer a su audiencia de fenómenos como la existencia de la sirena de Fiji, un falso cuerpo de un metro mitad mono, mitad pez, que exhibía y publicitaba en Nueva York. Además, la eficacia de sus mitos se multiplicaba debido al voz a voz (las redes sociales de ese entonces estaban en los lugares públicos), y a que nadie nunca cuestionó las inexistentes sirenas.

Algunas veces se siente una cierta timidez en las empresas que hacen bien las cosas; sufren de una especie de agorafobia industrial que no les permite salir públicamente a defender las verdades y los beneficios que su actividad provee. Si esto sigue así, los mitos no van a tener límites ni control, y las únicas verdades serán las sombras que vamos a seguir viendo desde nuestra caverna.

Las “sirenas de la minería” deben ser aclaradas y desmitificadas, y la minería bien hecha debe ser defendida. En cambio, debe seguir el castigo y la intolerancia a las explotaciones ilícitas mineras que atentan contra el medioambiente y contra la seguridad y salud de los mineros que son usados para este fin. Los colombianos debemos detener la minería mal hecha, pero parece que la desinformación y los debates emocionales nos están haciendo ver un enemigo diferente.

ALEJANDRO RIVEROS GONZÁLEZ
Asesor Alta Consejería Presidencial de Comunicaciones

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