Opinión

Colombia está enferma

El país sabe que necesita ayuda y quiere cambiar. El primer paso es reconocer los síntomas.

21 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

El 2017 ha sido un año con algunas desgracias: muertes innecesarias, corrupción abrumadora, populismo agobiante e intolerancia viral. Un año normal.

Colombia parece una tragicomedia de Molière, un análisis psicológico de Dostoyevski o un triste relato de Camus. Adolece de una serie de enfermedades y comportamientos sicóticos, y el diagnóstico no parece ser alentador.

Colombia está enferma. Pero no es su culpa. Las condiciones y circunstancias que dieron lugar a su nacimiento, juventud y desarrollo conspiraron para que hoy sea un digno caso de estudio de Sigmund Freud o una película de Woody Allen.

La raíz de sus problemas empieza, como las de cualquier otro paciente, en la infancia. Y, como en muchos otros casos, la relación con los padres alteró su comportamiento.

Colombia fue adoptada bruscamente por una madre extranjera que quiso implantar una educación sobreprotectora y autoritaria; estuvo expuesta a experiencias potencialmente traumáticas de muertes y castraciones ideológicas. Los recuerdos intrusos hicieron que algunos de sus habitantes prefirieran olvidar y aludir mala memoria.

La relación disfuncional, la violencia y el abandono hicieron que decidiera destetarse precozmente de su madre lejana. Así enfrentó la pubertad, con dificultades de aprendizaje y ausencia de confianza en sí misma. La sicosis, depresión y ansiedad ya germinaban en su cerebro.

Este periodo de pubescencia llegó con un clásico conflicto de identidad. Una parte se creía realista, la otra independentista; una santanderista, la otra bolivariana; una parte quiso ser ministerial y la otra progresista. La crisis generó una disputa interna, acompañada de dudas, personalidad múltiple y trastornos que le impedían gobernar sus actos eficazmente.

Quiso cambiarse el nombre varias veces para lucir mejor, a pesar de que nunca alivió la esquizofrenia bipartidista que la aquejaba: la Gran Colombia, Nueva Granada, Confederación Granadina, Estados Unidos de Colombia y, finalmente, República de Colombia, su sello desde hace más de 130 años. A pesar de esto y de sus demonios internos, creció y se desarrolló física y mentalmente; ideó un proyecto de vida e intentó ejecutarlo, haciendo a un lado los recuerdos traumáticos que dejaron décadas de guerras y odios.

La crisis generó una disputa interna, acompañada de dudas, personalidad múltiple y trastornos que le impedían gobernar sus actos eficazmente

Nunca olvidó a su madre, a quien le debía el mestizaje racial, proveniente tal vez de Andalucía, Asturias o Extremadura, y se arropó en la Iglesia católica, en la democracia y en las leyes. De hecho, escribió cientos de normas de comportamiento que evidenciaban su incapacidad de autocontrol: seis constituciones en las últimas 17 décadas.

Colombia creó vínculos de pertenencia para construir su identidad, buscó ansiosamente una figura paterna en el norte del continente y mejoró sus relaciones con los vecinos contemporáneos. Pero esto no impidió los abruptos cambios físicos que tanto molestan a los adolescentes ni las mutilaciones de su cuerpo. Parecía la misma nación, pero tenía menos territorio y mayores temores y ansiedades.

Aunque todo esto ocurrió hace muchos años, y es un país relativamente joven, las consecuencias de la forma como nació, creció y se reprodujo se viven hoy. Este paciente tiene una percepción distorsionada de sí: algunos días despierta con un síndrome de superioridad y se va dormir con otro de inferioridad, posiblemente producto de un conflicto edípico o de un efecto Pigmalión.

Colombia puede llegar a ser tan agresiva como noble, tan depresiva como alegre. La frustración, impulsividad e irritabilidad histórica son barreras en su subconsciente que inciden en el actual comportamiento social, político y económico.

Colombia está enferma. Pero no es su culpa. Sus habitantes no han logrado hacer catarsis ni desterrar las dificultades heredadas de los moriscos que los colonizaron, los españoles que los educaron, los criollos y mestizos que los constituyeron y los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres que los formaron.

La cura no está cerca, pero existe. El país sabe que necesita ayuda, y quiere cambiar. Eso quiero creer. El primer paso es reconocer los síntomas y admitir que las tragedias actuales son evitables y que depende de nosotros que los años repletos de desgracias no sean normales nunca más.

Hay solución. A pesar de todo, debemos aceptar que, aun con su demencia, Colombia ha sido un país afortunado: nada le ha sido fácil. Algo similar diría de sí mismo Freud, o Woody Allen. No lo recuerdo.


ALEJANDRO RIVEROS

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