Opinión

El optimista tiene un proyecto; el pesimista, una excusa

El mal estado de ánimo no es exclusivo de Colombia, sino que es una pandemia emocional.

30 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

¿Son los colombianos excesivamente pesimistas sobre su realidad y su futuro individual y colectivo? No me cabe duda, y por eso no me sorprendió el diagnóstico del psiquiatra Rodrigo Córdoba, para quien el pesimismo prevalente en el alma nacional es patológico, según una entrevista reciente publicada en este periódico.

Los colombianos, sostiene el especialista, somos incapaces de percibir las cosas positivas en la realidad y estamos adquiriendo el reflejo cultural de ver únicamente la mitad del vaso que está vacía. Es una actitud que se está convirtiendo en un problema porque, como lo indica el sentido común, la falta de fe en el futuro afecta el empeño que uno le pone a mejorar el presente.

El mal estado de ánimo, dice el psiquiatra, no es exclusivo de Colombia, sino que es una pandemia emocional, producto de expectativas que han sido defraudadas y de la creciente desconfianza de los ciudadanos frente a los Estados y a sus gobernantes.
Coincido con ese dictamen, y creo que es aquí en donde el tema se complica, porque si bien el pesimismo es consecuencia de la ineficacia de la democracia, también causa que la democracia se siga erosionando. Dicho de otra manera: el descontento de la ciudadanía cuando sus necesidades no son atendidas es legítimo y saludable, pero la desconfianza no apenas en los gobernantes, sino en el propio sistema de gobierno, es peligrosa.

Los colombianos, sostiene el especialista, somos incapaces de percibir las cosas positivas en la realidad y estamos adquiriendo el reflejo cultural de ver únicamente la mitad del vaso que está vacía.

La desaceleración económica, la corrupción sistémica y la percepción de que las reglas de juego están amañadas para favorecer a los más privilegiados han envenenado el ambiente en el que debería florecer la democracia. Y en ese aire enrarecido están pululando y prosperando los populismos de izquierda y de derecha.

El fenómeno esta suficientemente diagnosticado. En las cuatro décadas entre 1974 y 2014, de acuerdo con el estudioso de la Universidad de Stanford Larry Diamond, la tercera parte de las democracias del mundo colapsó producto de un golpe de Estado o del deterioro progresivo de derechos y procedimientos que llevaron al autoritarismo.
Venezuela encaja en esta última descripción y es un caso extremo, pero una encuesta del Centro de Investigación Pew hecha a mediados de este año mostró que apenas uno de cada cinco latinoamericanos cree en la democracia representativa.

Según ese sondeo, en Colombia apenas un 15 por ciento de la población está comprometida con la democracia y un 25 por ciento, o sea uno de cada cuatro colombianos, estaría dispuesto a considerar alternativas de gobierno no democráticas. Es preocupante, pero no muy distinto de como piensan los ciudadanos en países vecinos.

Vale recordar que esta ola de pesimismo e incredulidad en los beneficios del liberalismo político y económico se beneficia del poder corrosivo de las redes sociales, que con frecuencia aíslan y polarizan y que han hecho fácil –e inclusive barata– la manipulación ideológica.

Entonces, ¿qué hacer? Para empezar, admitir que hay razones para el desencanto. La democracia todavía se queda corta en producir la sociedad próspera, ordenada y equitativa que los gobernados esperan. Está en falta en Estados Unidos, lo cual explica el fenómeno Donald Trump, y está en falta en Colombia, que bate récords de desigualdad. Cambiar eso es trabajo de los gobernantes.

Pero después hay un trabajo que les corresponde a los gobernados. Dicen que el optimista siempre tiene un proyecto y el pesimista siempre tiene una excusa. No basta con saber en dónde los otros han fallado si no se reconoce lo que cada cual, desde su esquina, puede hacer. En este día de resoluciones, sacudirse el pesimismo debería estar en el primer lugar de la lista.

ADRIANA LA ROTTA

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