Opinión

Willy

Su fórmula es sencilla: todo macizo, chaparro, sin cuello y cabezón, baila al ritmo que le toquen.

18 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Willy el tiburón es la mascota del Junior de Barranquilla y representa todo lo malo que hay en el mundo. Es chabacano, grotesco y machista; usa sus genitales para frotar por igual cuerpos de mujeres y camisetas de equipos rivales. Pero da risa, risa culposa. Soy consumidor de sus videos, muy populares en internet, y no puedo dejar de verlos porque me divierten, pero al mismo tiempo entiendo que ese tipo de comportamientos están mal y no deberían estimularse. O no sé, quizá estamos exagerando y hay que bajarle al drama y tomarnos las cosas con humor. En ese tema aún no me decido, y considero que, bien argumentadas, las dos posiciones son igual de válidas.

El personaje es muy fiel al equipo que representa. Junior es uno de los clubes más importantes del fútbol colombiano, pero, así como puede hacer una buena campaña, puede también hacer el ridículo, como cuando sus hinchas salieron a la calle a celebrar un nuevo título por un rumor que había circulado en internet. Nacional será el más grande, pero Junior es el que más alegrías les ha dado a los hinchas; a los suyos y a los de los equipos rivales. Más que un club de fútbol es un club de comedia. La fórmula de Willy es sencilla: todo macizo, chaparro, sin cuello y cabezón, baila al ritmo que le toquen. Es cualquier cosa, y con par maromas es capaz de divertir a miles.

Mientras el Circo del Sol y Disney han tenido que invertir millones de dólares en shows y personajes, Willy ha logrado más con apenas tres pesos. Es como El Chavo, humor obvio (¿acaso hay otro?), y uno ya sabe lo que va a pasar: empieza bailando suave, como quien no quiere la cosa, y termina haciendo acrobacias encima de alguien. En la Costa es un éxito, y desde allí se ha proyectado al resto de Colombia, aunque me cuesta creer que sus cuestionables acciones no sean más populares. Willy debería tener la fama de, no sé, Bugs Bunny.

Los costeños somos machistas por default, y el humor vulgar de Willy nos encanta aunque se valga de denigrar de la mujer, o precisamente por eso.

Y no digo que esté bien; al revés, me siento mal por ser su fan. En épocas en las que al fin estamos despertando sensibilidad hacia el machismo y el abuso, cuando comportamientos como los de Harvey Weinstein, Kevin Spacey y Louis C. K. están siendo denunciados (se habían demorado), celebrar lo que hace Willy es indignante y hasta un retroceso. Las veces que he compartido videos suyos en redes sociales he recibido agradecimientos y críticas por igual.

Hay que entender que el mundo de ahora no es el mismo y que la mente humana ha evolucionado. Antes no había problema con pasar por encima de mujeres, niños y minorías étnicas; hoy sigue pasando, pero quien lo hace no solo se somete al linchamiento social, sino al castigo. Menos grave: están los anuncios publicitarios del pasado, que no tenían problema en poner a la mujer en la cocina como un apéndice del hombre. O vean también lo de Edwin Cardona, haciendo ojos rasgados ante los coreanos. Hace años no pasaba nada, hasta lo celebrábamos; hoy es visto como lo que es: racismo.

Pero esas leyes no siempre se aplican en la Costa, fortín de Willy. Si en otros lugares el machismo está tan insertado que no se ve, allá el tema es mucho más delicado. Los costeños somos machistas por default, y el humor vulgar de Willy nos encanta aunque se valga de denigrar de la mujer, o precisamente por eso. También hay que decir que no tiene una apariencia amenazante; al revés, es una ternura y se ve muy inocente cuando posa al lado de los niños para la foto. Nadie espera que vaya a salir con semejantes desmanes, de ahí también lo chistoso.

Línchenme si quieren por gustarme Willy, puedo vivir con eso. Les pido, eso sí, que no armen campaña de indignación para que acaben con el personaje. No me quiten eso, que desde que el doctor me prohibió el chocolate es la única motivación que tengo para levantarme de la cama cada mañana.

ADOLFO ZABLEH

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