Opinión

Ser colombiano

Nos damos golpes de pecho, pero nos seguimos comportando como los salvajes de siempre.

23 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Todo lo que usted ha dicho y oído sobre el comportamiento de los hinchas de Colombia que vinieron a Rusia es verdad. Exageradas o medidas, todas las quejas y reflexiones están en lo cierto.

Es verdad que no queda bien que nos tomemos el trabajo de cruzar el mundo para portarnos mal, pero también es una verdad de a puño que las redes son una hoguera en donde muchas veces hacemos de jueces y cobramos públicamente a los demás los errores que a veces nosotros mismos cometemos en secreto.

Sería veraz afirmar que la vergüenza nacional que sentimos por el tipo que ofende a las japonesas y por los que metieron aguardiente a escondidas al estadio de Saransk no es solo porque lo hayan hecho, sino porque se sienten orgullosos de ellos, la típica actitud de la gente que se cree viva y en realidad es una boba. Y, encima, se creen chistosos; flaco sentido del humor el que tenemos.

He leído a gente con mucha razón que se queja de nuestra doble moral, ya que meter cosas de contrabando es una costumbre tan colombiana como rezarle al Divino Niño. Y, al mismo tiempo, muchos coinciden en que los protagonistas de los hechos merecen algún tipo de sanción, pero que la decisión de Avianca de despedir a uno de sus gerentes por figurar en el video es exagerada y hasta oportunista, y que el empleado en cuestión es un conejillo de Indias para calmar a la jauría, que en teoría pide justicia pero que más bien exige un linchamiento.

Las redes son una hoguera en donde muchas veces hacemos de jueces y cobramos públicamente a los demás los errores que a veces nosotros mismos cometemos en secreto.

Algunos han ido más allá y, seguramente recordando su propia experiencia, han señalado que, ante la emoción de ver jugar a su equipo en un mundial, la euforia del momento no permite ver más allá, es decir que uno ahí no se mide y que cualquier error que se cometa, en ese instante no se siente como tal. Esta es quizá la reflexión más cuestionable, aunque no por eso deja de ser veraz; en momentos de excitación es difícil mantener la cordura, y más para alguien criado en Colombia, donde vemos como normal comportarnos desmedidamente hasta rozar el delito.

Entonces hay consenso con respecto a los hechos, y se podría decir que la pena que sentimos con el mundo es sincera, pero algo pasa, porque hablamos muy bonito mientras nos damos golpes de pecho, pero nos seguimos comportando como los salvajes de siempre. Hay señales de que estamos en camino de transformarnos como sociedad y empezar a actuar como personas, pero todo va tan lento que el colombiano promedio de toda la vida sigue siendo rey. No quiere decir que no podamos cambiar, pero por el momento es lo que hay.

Es bonito ver a los colombianos en Rusia, felices y espontáneos. En pequeñas dosis son amables, colaboradores, entretenidos, pero cuando se concentran en grandes cantidades y encuentran razones para tomar y celebrar se vuelven incontrolables. Y ojo, que los casos como los del grupo que encaleta el aguardiente y el que insulta a las japonesas son los menos; en general pueden ser aturdidores e imprudentes, pero inofensivos.

En el tren a Saransk me tocó un grupo que puso a Silvestre Dangond y salsa a todo volumen durante la noche; luego se durmió, y al despertarse por la mañana, poco antes de llegar a la sede del juego, volvió a encender el parlante, hizo sonar el himno nacional y luego puso una de J Balvin. Es decir, no se los mamaba ni su madre, pero no fueron agresivos ni fue su intención meterse con nadie, simplemente estaban siendo colombianos.

Durante 2014 deseé que eliminaran rápido a Colombia para que los hinchas nacionales se fueran rápido de Brasil, pero eran épocas en las que no soportaba ver a la gente feliz porque yo mismo no lo era. Ahora espero que el equipo se recupere, gane lo que le falta y llegue lo más lejos que pueda. Una parte de mí reniega de Colombia y sus habitantes, pero la otra, la más grande, desea que tengamos motivos para celebrar y nos quedemos en Rusia un rato más.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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