Opinión

Los perdedores

El universo no conspira ni en contra ni a favor ustedes; simplemente está ahí, en lo suyo.

07 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Somos un país de perdedores porque así lo queremos. No es que la gente sea pobre porque se le da la gana, que la falta de medios para satisfacer las necesidades básicas es una verdad irrefutable. Pero no es al pobre de dinero al que me refiero, sino al pobre mental, y de eso está lleno Colombia.

Nadamos en abundancia y no nos damos cuenta. Este país tiene todo tipo de posibilidades; somos millonarios, una potencia dormida, pero nos encanta dárnoslas de pobres, de brutos, de bobos, de perdedores. Y lo peor es que esa inclinación al fracaso llega en forma de chiste, lo que hace que tomemos el asunto con folclor. Ahí está el internet, la incubadora donde se dan cita los perdedores virtuales para celebrarse unos a otros.

Pase usted por cualquier red social y verá que está inundada de mensajes donde ser pisoteado por la vida es glorificado. Sobra la gente que pone una nota tipo “Yo en el amor”, y al lado de un video de alguien cayéndose, o una foto donde hay diez parejas felices y un soltero desparchado mirando al infinito, como si les encantara sentirse así.

Y no solo eso. Casi se les siente el orgullo cuando anuncian que no les gusta su trabajo, que el sueldo no les llega a fin de mes y que desde el 20 están rogando para que les paguen. Y encima declaran que su jefe los odia, como si eso los hiciera especiales. Dejen el ego, no se las den de importantes, que nadie los odia. El universo no conspira ni en contra ni a favor ustedes; el universo simplemente está ahí, en lo suyo.

Casi se les siente el orgullo, como si fracasar y ser una víctima fueran la gran meta de la vida

Festejan que no tienen plata para ir a un concierto, que pasan solos los cumpleaños, que es viernes y no tienen con quién salir, o lunes y odian su trabajo. Anuncian con alegría que no tienen amigos, que ya están grandes y todavía viven con los papás. Suelen publicar también que les pusieron los cachos, que los dejaron en visto en WhatsApp o que el celular nunca les suena. Cuando ven un reinado lloran porque están gordos y ponen el gif de una niña cogiéndose la panza, pero al mismo tiempo les declaran amor a las empanadas y al Chocorramo.

También aprovechan para llorar porque viven con guayabo, pero no pueden dejar de tomar, que llega el día de amor y amistad y no tienen con quién pasarlo y que mientras los demás están de vacaciones pasando bueno, ellos hacen maromas para completar el pasaje de TransMilenio. Y, encima, la ruta que les sirve se demora, y cuando pasa les toca de pie. Casi se les siente el orgullo, como si fracasar y ser una víctima fueran la gran meta de la vida.

Sí, la corrupción y la clase dirigente nos tienen en el atraso, pero nosotros hemos puesto varios granos de arena con nuestra mentalidad. Y lo peor es que esa mala vida no siempre es real, se trata más bien de una pose para generar lástima y ganar, no sé, seguidores. Una estadística dice que en Colombia hay casi 600.000 jóvenes de entre 15 y 24 años que no estudian ni trabajan. Eso sí, un drama real, además de un problema económico y social. Pero si usted tiene trabajo y herramientas para progresar, deje de posar de perdedor y salga a la calle a mejorar el mundo.

Puede empezar por dejar de consumir noticias. ¿Ha visto que, salvo deportes y farándula, para los noticieros todo está mal? Es que nos dan lo que nos gusta: tragedias. Es cierto que esto no es un paraíso, pero tampoco es que nada funcione. Nuestros medios son parte esencial de la mentalidad perdedora en la que estamos sumidos, por eso hay que desmarcarse de ellos.

Deje de pensar que la derrota y la abnegación están bien porque una vida de resignación garantiza el reino de los cielos, que esa vaina no existe. Tampoco intente pasarse al bando de los ganadores, que nadie más perdedor que alguien que se autoproclama como exitoso. Usted vaya por la vida haciendo las cosas bien, superándose, y después si quiere llegue a casa a refugiarse en el mundo de fracasos que se ha inventado y que tanto placer le da.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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