Opinión

El bailarín

Anhelo tener la misma soltura de Zuluaga porque soy pésimo bailarín.

26 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Llevo dos semanas yendo al psiquiatra por causa del video donde Óscar Iván Zuluaga baila con María Fernanda Cabal en el cumpleaños de la segunda. Lo que se ve en él es demente, pero no tanto como que haya sido ella misma quien lo haya difundido. Ese es el tipo de fiesta a la que nadie medianamente cuerdo quisiera ir.

Me tocó pedir ayuda profesional porque las imágenes son perturbadoras, pero al mismo tiempo no puede uno dejar de mirarlas. Verlos bailar es peor que ver a los papás teniendo sexo. Yo no alcancé a ver a los míos, pero una vez sí los oí y no pegué el ojo en una semana. Aún hoy, 20 años después, me dan arcadas cuando recuerdo los sonidos y presiento que con Zuluaga y Cabal el trauma va a ser peor. El único que podría curarme se llama Sigmund Freud, y murió hace 78 años.

Cabal es poco agraciada, ya sea hablando, bailando o gritándonos que estudiemos, así que no causa sorpresa; es Zuluaga el que hace de la escena algo chocante: todo enano, con el centro de gravedad bien abajo, igual que Messi, bailando con soltura y naturalidad y con gestos gozones que provocan que el espectador roce el asco. Cuesta pensar que estuvo a punto de ser nuestro presidente, porque lo que yo veo en ese video es a un oficinista mando medio, de esos que no se quitan el carné de la empresa del cinturón del pantalón ni para ir al baño. Pero no es eso lo único que comparten un oficinista y un político: ambos cumplen con sus tareas de mala gana y a paso lento, porque les toca, y se aferran a su puesto durante años como sea. Y si lo pensamos bien, eso es Zuluaga en el Centro Democrático, un mando medio.

No es eso lo único que comparten un oficinista y un político: ambos cumplen con sus tareas de mala gana y a paso lento, porque les toca, y se aferran a su puesto durante años como sea

Y no es que no estemos acostumbrados a ver a nuestros políticos bailar. En internet hay pruebas de que Santos, Vargas Lleras y Uribe han hecho lo mismo, siempre con resultados desafortunados. La diferencia es que ellos dan risa, Zuluaga da es miedo. Eso sí, lo bueno es que, a diferencia del video de la reunión con el hacker, hasta el momento no ha salido a decir que fue editado. Pero lo que sí confirma el baile de Cabal y Zuluaga es que no importa qué tan amargado sea usted, si es de derecha o de izquierda, pro o antigobierno, lo que quiere la gente no es cambiar el sistema ni dominar al mundo, sino pasarla bueno. Ya lo vimos hace unos meses cuando pillaron a los verificadores de la ONU bailando con los de la Farc en Año Nuevo, lo que significó la suspensión de cuatro de ellos. Lo curioso es que el uribismo pegara el grito en el cielo al ver imágenes de la fiesta y ahora sean dos de sus alumnos más aventajados (calculen cómo serán de precarios los demás) los que bailen sin recibir ningún tipo de sanción.

Recuerdo ahora una frase de Bob Dylan según la cual esta tierra es de todos, pero que el mundo está regido por personas que nunca oyen música. Eso es. Los banqueros, los empresarios, los millonarios en general suelen no ser especialmente fanáticos de la música o tienen un gusto pésimo; por eso, Zuluaga nunca va a llegar a nada, porque le encanta la música; debió ser bailarín, no dirigente, todos seríamos más felices.

Y hablo desde la envidia, lo reconozco. Por mucho que lo repela, anhelo tener la misma soltura de Zuluaga porque soy pésimo bailarín a pesar de haber nacido en Barranquilla, donde cualquier hijo de vecino se mueve por instinto. En mi tierra natal la gente habla rápido, anda en carro y baila bien, yo ninguna de las tres, lo que en mi adolescencia me trajo frustraciones y problemas para levantar viejas.

Una semana después del baile de Cabal y Zuluaga advirtieron que se venía un eclipse y advirtieron que no lo contempláramos directamente, porque podría traernos complicaciones en la vista. Yo, al igual que Trump, ignoré los consejos y me fijé en el cielo sin ningún tipo de protección. Yo vi a esos dos bailando, ya nada puede dañar mis ojos.

ADOLFO ZABLEH

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