Opinión

Helmut Kohl

El gran Canciller de Alemania merece un pedestal en la historia de Europa y de su país.

21 de junio 2017 , 12:00 a.m.

La historia acrecienta a algunos hombres y ensombrece a otros. Termina poniendo a cada uno en su sitio, con su juicio. Aunque a algunos jamás los absolverá.

Helmut Kohl, el gran canciller, aquel hombre fortachón y gigante, con aspecto provinciano y casi por casualidad convertido en Bundeskanzler en 1982, falleció a los 87 años en Ludwigshafen, el pasado viernes, en una Alemania libre, próspera y, sobre todo, unida.

Era un niño cuando las botas del fascismo, cuando el odio del nacionalsocialismo robó y partió en dos el alma alemana. Era un chaval cuando Alemania se lanzó en apenas 25 años a otra gran guerra, la cual llenó campos de exterminio de millones de inocentes sacrificados sin pecado alguno.

En esa conciencia colectiva resurgiría años después otra Alemania bien distinta, cuyo último gran capítulo lo escribiría Helmut Kohl en tan solo 11 meses. No sería, como algunos predijeron, el final de la historia, pero aquel derrumbe ‘fukuyamita’ de lo que simbolizó un muro levantado en 1961 sí hizo creer a los europeos como nunca hasta ese momento en la libertad.

Kohl fue uno de los grandes protagonistas del último cuarto del siglo XX en Europa. Estaba en el momento adecuado en el que el curso de la historia iba a dar uno de sus giros fundamentales: la caída del muro, y con ella, de todo el Telón de Acero. Tal y como lo había definido Churchill en Suiza en 1946. La audacia de Kohl, su determinación, su pragmatismo y su visión única y oportuna del momento hilvanaron la mejor página de la historia de Europa en el siglo XX: unir Alemania, cohesionar a una Europa sin miedo a esa Alemania.

El canciller alemán sería el gran apoyo para que España firmara en 1985 su acta de ingreso en aquella Europa

La Alemania del Este con un Honecker debilitado y un país destartalado y descosido; la patada a todo el edificio soviético y sus satélites que vendría de la mano de la glásnost y la perestroika de otro de los grandes protagonistas del momento, Mijail Gorbachov; el respaldo de Bush a la reunificación y la superación de la inicial reticencia de la Francia de Mitterrand catapultaron al canciller y su ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, para unificar un país destrozado en 1945, dividido en cuatro y ocupado por los países vencedores de la guerra. La RFA de Adenauer y su capacidad de diálogo y reconciliación y la Constitución de 1949 llevarían a Alemania a la modernidad que hoy conoce.

Alemania tuvo tres padres. Otto von Bismarck, un prusiano guerrero y duro que en 1871 unificó el país y derrotó a la Francia del tercero de los Bonapartes, e introdujo las primeras normas de previsión social y seguros de accidentes. Konrad Adenauer, sobre quien recayó el peso de reconstruir un país devastado por el totalitarismo, hecho cenizas y dividido primero en cuatro bloques y luego rasgado por un telón y un muro que separó a alemanes y a europeos. Y Kohl, el canciller que concibió una Alemania unida como eje de una Europa fuerte, unida y donde las libertades erradicarían siglos de odio, rivalidades y guerras.

El canciller alemán sería el gran apoyo para que España firmara en 1985 su acta de ingreso en aquella Europa. Impulsó y dinamizó con Mitterrand la mejor década de esta Europa y esta Unión. De la mano de dos adalides importantes Delors y González.

La historia le reservó un sitio. Y con ella a una Alemania que no despertase ya recelos ni temores. Y al tiempo incardinó esa Alemania en Europa. Encastrándola en una relación única con Francia. Apostó por el euro en vez del marco y por las cuatro libertades, la disciplina fiscal y la política exterior. Y la economía alemana fue la gran beneficiada. Pero le costó las elecciones tras 16 años en la cancillería.

Luego llegaron los desafectos, las traiciones, las puntillas incluso de la pupila Angela Merkel, la chica, como él la llamaba. Las acusaciones de financiación ilegal. La enfermedad y el suicidio de su mujer. Su unión con su secretaria personal y la fractura con sus hijos. Vivió el éxito, pero conoció la tragedia personal y familiar. Luces y sombras. Pero hoy Europa, pese a sus torpezas y errores, no sería lo que es sin Kohl. Un gigante con un carácter enérgico, firme, decidido, pero profundamente humano, pragmático y eficaz. Por ello, por su acción política, por ser el tercer y último padre de Alemania tiene su pedestal en la historia de Europa y de su país.

ABEL VEIGA COPO

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