Opinión

Dimisión y constituyente

La ruptura en España está hecha. Hay una declaración de independencia, hay un documento firmado.

13 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Sí, han leído bien: dimisión y elecciones constituyentes. El catalizador que necesita ahora mismo la política española frente a la deriva, frente a la ruptura, frente al chantaje abierto a las instituciones del Estado, frente a la desidia e inacción, frente al no saber qué hacer y la parálisis del Gobierno. Constituyentes.

Es hora ya no de reformar para parchear la Constitución y alargar la agonía del edificio de la transición. Están rotos los puentes. La sociedad tiene que ver reflejada la nueva realidad, los nuevos tiempos. Nada es sagrado en lo terrenal, salvo la vida. Una Constitución vive y dura, pero lo hace un tiempo; ya hemos tenido siete textos constitucionales. Una nueva Carta no es un trauma. Otra cosa es el cainismo político y la visceralidad, pero o cambia esto o caminamos hacia un lento e inexorable declive.

¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Cuántos límites o líneas más se van a permitir traspasar? Podemos caricaturizar lo acontecido el día 10 en el Parlamento catalán, podemos jugar con las palabras, las de unos y las de otros, ser tahúres o trileros, da lo mismo. La mentira y la mezquindad de intereses hace mucho que han tomado asiento, y para quedarse.

La gravedad de la situación requiere decisión, firmeza, no esconderse o parapetarse en otras personas, instituciones o lo que hagan interesadamente ciertas empresas. Que lo hacen por sus propios intereses, no por la política, con la que se han contemperado y a la cual han dado alas. O han callado en público, mientras que en privado gritaban y escenificaban, pero bailaron al son que marcaron otros.

El Gobierno de la nación se ha visto desbordado ante la situación en Cataluña. Siempre a remolque, timorato, siempre escudando su responsabilidad, midiendo y temiendo

El Gobierno de la nación se ha visto desbordado ante la situación en Cataluña. Siempre a remolque, timorato, siempre escudando su responsabilidad, midiendo y temiendo. Midiendo los costes sociales y sicológicos de ciertas medidas drásticas que no se han tomado. Impulsando otras actuaciones de otros sujetos, pero sin convicción ni asunción propia de resultados.

La ruptura está hecha social y mentalmente. Incluso, por mucho que busquemos subterfugios, que nos aferremos a leyes y formalismos, hay una declaración de independencia, hay un documento firmado por decenas de diputados y el Govern catalán. Ahí está. Por mucho que se diga que está en suspenso, pues se pide la suspensión, pero nadie ha reunido a ese mismo Parlament que debe suspender y votar. Es una declaración de independencia, aunque esté o no en suspenso.

Formalismos al margen, sedición pura y dura. Y no se actúa, hay miedo a una moción de censura cuyo reloj se ha puesto en marcha. Saben que con los votos del nacionalismo vasco todo es posible.

Si el Gobierno fuera audaz y tuviera coraje político, pero ni lo uno ni lo otro, debería convocar elecciones. A mi juicio, incluso, constituyentes. Otra cuestión es quién debe encabezar las listas del Partido Popular. Pero el recambio hoy es más necesario, imperioso y urgente que nunca. Disfracemos por más tiempo la realidad, que el daño será mayor. Entre el no hacer y parecer no hacer nada para no hacerlo está la cosa; dejar que otros hagan ante la inacción es el culmen de la irresponsabilidad. Se trata de un país, de una nación que está a punto de llegar al máximo de tensión.

Esperemos que las calles estén tranquilas, pero ante la irresponsabilidad política total, ya todo es posible. Se ha llegado a un punto donde el no retorno es cada vez más factible.

Y cuidado con los apóstoles del diálogo y de la negociación, la pseudotrampa del Gobierno catalán. Dialogar qué, negociar qué. Se les llena la boca con este ejercicio de distracción vacuo y estéril. Solo los idiotas se lo creerían. Como la desafección que lo hecho por Puigdemont ha producido en los más radicales. No se puede contentar a todos. Veremos si lo de la CUP es un órdago también a la galería y otra pantomima, o hace incluso caer al Govern. Mientras tanto, como dice que dijo aquel señor, ni está ni se lo espera. Así lo piensan los que tensionan y quieren romper España, que es que el Gobierno y su autoridad no están en Cataluña. Ni cuando convocaron el referendo, ese mismo que no se iba a celebrar, ni cuando aprobaron las normas de la transición e independencia, ni este martes 10 de octubre ‒segundo octubre, el otro fue en 1934‒, cuando se declaró o ‘proclamó’ de aquella manera la independencia.

ABEL VEIGA COPO

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