Opinión

A los 96 años de existencia

Tempranamente entré al servicio público en medio de muchas convulsiones políticas.

09 de noviembre 2017 , 03:52 p.m.

Parecerá exótico que un columnista se ocupe de episodios de su propia vida. Pero cuando se trata del lúcido arribo a los 96 años de existencia, a poca distancia de escalar la cima del centenario, se caerá en la cuenta de la importancia humana de subir este escalón. Tanto más si se tiene en cuenta la disciplina impuesta para lograrlo: cortar de tajo el consumo voraz de café tinto, abstención absoluta del vicio del cigarrillo y regulación prudente del horario laboral.

Tales fueron las recomendaciones del Hospital Militar de Colombia y de especialistas norteamericanos de altísimo nivel, a quienes el presidente de la República Carlos Lleras Restrepo consultara sobre la posibilidad de que el Ministro de Hacienda, el suscrito, llegara vivo y en buenas condiciones laborales al término de su gobierno, el 7 de agosto de 1970.

Arrestos me sobraron para salir en la mejor forma de semejante reto, a Dios gracias. Episodio similar había sufrido años antes, mezclando tareas de especialización financiera con las disciplinas jurídicas del pénsum. Solo que entonces dominaba el énfasis en el aprendizaje de nuevos conocimientos que una memoria privilegiada facilitaba.

Tempranamente entré al servicio público en medio de muchas convulsiones políticas, y me correspondió asumir graves responsabilidades por encargo del gobernador de Santander Alejandro Galvis Galvis. Cuando militares insurrectos apresaron momentáneamente al presidente de la República Alfonso López Pumarejo y pretendieron hacer en vano lo mismo con el resto de las autoridades legítimas. Se estrellaron con un muro democrático de enhiesta legitimidad.

La disciplina impuesta para lograrlo: cortar de tajo el consumo voraz de café tinto, abstención absoluta del vicio del cigarrillo y regulación prudente del horario laboral.

Las primeras efusiones literarias también tuvieron asiento en Santander y su capital, Bucaramanga. Eran pretendidas prosas líricas en homenaje a las jovencitas en flor, a instancias del director de la revista del Club Campestre.

No ya como estudiante, sino como profesional, bien casado con Irma Fenwarth Andrade, en unión feliz que duró alrededor de 65 años hasta su fallecimiento, iba caminando por la carrera 7.ª de Bogotá cuando paró en la calzada una solemne limusina negra y desde ella se me invitó a subir y de inmediato su único e ilustre pasajero me hizo una pregunta inesperada: “¿Quieres ser subdirector de EL TIEMPO?”. Era el doctor Eduardo Santos.

Enseguida me pidió que le mandara artículos de tema libre porque Roberto García-Peña se encontraba de vacaciones y él estaba ejerciendo el cargo de director. Todos los publicó de editoriales. Ninguna luz verde más categórica.

A punto de que viajáramos a Roma, donde el presidente López Pumarejo me había designado primer secretario de la Embajada en el Vaticano, perspectiva que contaba con muchas reticencias familiares por el riesgo de no disponer de los elementos necesarios para una niña de brazos, como la que acabábamos de tener. El recién posesionado presidente Alberto Lleras resolvió consultar el caso con el embajador en el Vaticano, Carlos Arango Vélez, quien repuso con concepto diametralmente adverso a esa posibilidad.

En tales condiciones resolví cancelar esa perspectiva, y así lo manifesté al presidente Alberto Lleras. Él me informó que había designado a Indalecio Liévano Aguirre para un cargo diplomático en Inglaterra y, en tal virtud, quería proponerme que lo reemplazara en la secretaría privada de la Presidencia de la República. Siendo entendido que al final de su mandato me destinaría en el exterior a cargo equivalente en el país que más me complaciera.

El trabajo en Palacio fue muy grato, estimulante y cordial. El Presidente me abrumó con sus pruebas de confianza y no vaciló en reconocer públicamente lo que con su inspiración hacía o escribía.

ABDÓN ESPINOSA VALDERRAMA

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