Venezuela

En Venezuela, nuevo mínimo alcanza para 2 perros y un refresco

El Gobierno anunció el tercer aumento del año al salario mínimo. Lo fijó en un millón de bolívares. 

Nicolás Maduro y Tarek el Aissami.

El presidente Nicolás Maduro anunció el tercer incremento en el salario mínimo, acompañado del vicepresidente, Tarek El Aissami.

Foto:

Cristian Hernández. Efe

07 de mayo 2018 , 07:30 a.m.

Trabajar un mes para comprar un par de perros calientes y una gaseosa en la calle. Para eso es todo lo que sirve el nuevo salario mínimo básico de un millón de bolívares anunciado el primero de mayo por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

El “salario integral”, que incluye una bonificación por alimentación y llega a los 2,5 millones de bolívares, apenas suma 3 dólares en el mercado paralelo de divisas, monto que difícilmente alcanza para comprar algo más nutritivo: esta semana el kilo de carne superó los dos millones de bolívares; el queso, el millón y medio; y un litro de leche alcanzó los 400.000 bolívares. El café con leche de las mañanas en la panadería más cercana es el nuevo lujo, entre 100.000 y 200.000 bolívares, cuando hay.

El mensaje del mandatario, lejos de aliviar el bolsillo de los venezolanos, trajo consigo un verdadero impulso a los precios de casi todos los bienes y servicios del país –especialmente alimentos, bebidas y medicinas– que vieron un aumento de prácticamente el doble durante las últimas dos semanas.

El golpe lo refleja la empresa de análisis económico venezolano Econométrica, que publicó un informe el viernes en el que da cuenta de que solo durante abril de este año la inflación en el país aumentó un 84,2 por ciento. “La variación interanual de la inflación (entre abril del 2017 a abril del 2018) alcanzó por primera vez los cinco dígitos y se ubicó en 13.212 por ciento”, añadió la firma.

El número se queda corto si se compara con el resultado de Steve Hanke, experto en inflación de la Universidad Johns Hopkins, que calcula diariamente este índice en Venezuela y que advirtió la semana pasada al diario 'El Nuevo Herald' que la inflación de los precios alcanzó el 17.968 por ciento, según sus cálculos.

La Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional es la única institución del Estado venezolano que calcula y publica el índice de inflación ante la falta de transparencia del Banco Central de Venezuela (BCV). Hasta marzo, la inflación anualizada llegaba al 8.878 por ciento.

A pesar de ser un mandato constitucional, desde diciembre del año 2015 el BCV no publica el Índice Nacional de Precios al Consumidor (indicador de la inflación), mientras el régimen de Maduro insiste en que el desastre económico se debe a presiones externas sobre el país –al mantra de la “guerra económica” añade ahora el de las sanciones de Washington– y trata de empujar la instalación de un nuevo cono monetario.

Según decreto presidencial, a partir del martes pasado todos los precios en el país deben marcarse en “bolívar soberano”, eliminando tres ceros al llamado “bolívar fuerte”. Pero en la práctica, y en medio de una economía en caos, esa medida no la ejecutan ni los bancos.

Mientras cada día se pierde el valor del bolívar a un ritmo más acelerado que los aumentos decretados por el Gobierno, se profundiza la brecha de la pobreza.

La protección del dólar

El diputado José Guerra, exdirectivo del BCV, coincide con los economistas que culpan de la presión inflacionaria a la inyección de dinero inorgánico en la economía venezolana –el diputado contabiliza un aumento de la masa monetaria en 5.400 por ciento– y a que prácticamente todas las importaciones se están haciendo con dólares “negros” ante la anulación de adquisiciones por parte del Estado venezolano con dólar al precio oficial, cien veces por debajo del precio al que se transa en el mercado paralelo.

Antes de que la inflación alcanzara los cinco dígitos, Manuel trataba de comprar suficientes salchichas para su venta de perros calientes en la calle, en Chacaíto, centro neurálgico de la populosa Caracas.

El encarecimiento sostenido de los precios, durante el último año, se tradujo en una afluencia mayor de clientes, gente buscando algo barato para comer quizá su única comida del día. Pero al ascenso siguió una caída, y al aumentar otra vez el precio del producto, el flujo de clientes ha disminuido pavorosamente.

“Ahora la gente pasa hambre y rinde la poca plata como sea. Apenas alcanza para comprar yuca o plátano. Yo entiendo, pero yo no puedo cobrar menos”, dice el vendedor, quien advierte que con los aumentos de las últimas semanas apenas le alcanza para reponer la mercancía. “Vamos a ver qué pasa”, dice esbozando una sonrisa que le ayuda a soportar la incertidumbre.

Quienes están sorteando la crisis de algún modo son las personas que reciben alguna remesa que le envían familiares desde el extranjero. Marta, quien plancha camisas en algunos apartamentos al sur de la ciudad, recibe 20 dólares que le envía su hija mayor desde Perú –allá donde migró hace seis meses y donde trabaja como mesera– y con eso compra comida para sus otros cuatro hijos. “Hasta el año pasado al menos podía sobrevivir, comprar alguna proteína al menos una vez a la semana, ahora si no fuera por mi hija creo que estaríamos muertos de hambre”.

Los 20 dólares significaron para Marta en marzo 4 millones de bolívares al cambiarlos a 200.000 bolívares en el mercado paralelo, el cual ha transmutado de un mercado dominado por empresas que cambiaban grandes sumas de dinero a uno donde el menudeo –cambio de 10, 20, 50 y a lo sumo 100 dólares– es la norma gracias a las remesas que envían los cientos de miles de venezolanos desde el extranjero.

Al cierre de esta edición, los 20 dólares de Marta significarán 12 millones de bolívares, con los que escasamente podrá cubrir la canasta alimentaria mensual, valorada en 63 millones.

VALENTINA LARES MARTIZ
Corresponsal de EL TIEMPO
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