Internacional

La riesgosa apuesta que Trump hace por Kim en Singapur

Expertos dicen que el presidente de EE. UU. no la tendrá fácil en reunión con el líder norcoreano.

Donald Trump

Donald Trump (i.) presidente de Estados Unidos y Kim Jong-un, líder de Corea del Norte. El encuentro entre los dos se llevará a cabo en Singapur.

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Reuters

10 de junio 2018 , 05:51 a.m.

Las expectativas no pueden ser más altas. Por primera vez en la historia moderna, un presidente de Estados Unidos se reunirá cara a cara con el líder de Corea del Norte para, en teoría, transar un acuerdo que pondría fin a las ambiciones nucleares del errático régimen comunista a cambio de un levantamiento de sanciones y ayuda económica.

Esa cita, “si todo sale bien”, se dará este martes (lunes en la noche en Colombia) en Singapur. Hacemos énfasis en estas palabras porque desde que se comenzó a discutir el probable encuentro entre Donald Trump y Kim Jong-un a comienzos de año, este ha sido suspendido y cancelado ya en dos ocasiones.

Todo indica, no obstante, que ambos líderes se estrecharán la mano. Lo que nadie sabe es si habrá acuerdo. Y, de lograrse, si este será significativo o solo un cascarón vacío para satisfacer a las audiencias nacionales.

Ryan Hass, experto en Corea del Norte en el Centro para las Políticas en el Este de Asia, afirma que la historia de las negociaciones entre Occidente y este país no da para buenos presagios. Anota, por ejemplo, cómo en el pasado se han comprometido a suspender sus pruebas nucleares, desmantelar el arsenal y hasta eliminar los misiles balísticos de largo alcance solo para romper la promesa años después.

Sucedió en 1994, luego en 2005 y después en el 2012, cuando alcanzaron un acuerdo con el entonces presidente Barack Obama. Hass, sin embargo, cree que en esta oportunidad hay un contexto diferente que podría –en el mejor de los escenarios– producir un desenlace diferente.

"Los que ven esto con optimismo apuntan a la particular naturaleza de ambos líderes. Trump, por ejemplo, está convencido de que sus antecesores fallaron por ser malos negociadores, no les teme a los riesgos y ha demostrado que está dispuesto a romper con estándares que en otro momento sonarían a locuras”, afirma Hass.

Como, por ejemplo, retirar las tropas que EE. UU. tiene en la frontera con Corea del Sur, asegurar la permanencia de Kim en el poder e ignorar su espantoso récord en derechos humanos.

Así mismo, parece convencido de que el improbable acuerdo con Corea del Norte podría consolidar su presidencia y quizá asegurarle cuatro años más en la Casa Blanca. Y, en el corto plazo, hasta mejorar los prospectos del Partido Republicano en las elecciones de noviembre próximo, cuando intentará retener el control que hoy tienen en Cámara y Senado y que necesita para mantener la gobernabilidad.

Trump está convencido de que sus antecesores fallaron por ser malos negociadores, no les teme a los riesgos

Kim, por su parte, ha tomado distancia de su padre y abuelo –también dictadores– y pretende modernizar el país. Algo que no puede lograr si persisten las sanciones económicas que estrangulan a Corea del Norte. De paso, enfrenta retos nuevos, pues la tecnología está permitiendo la exposición al pueblo de las bondades –y tentaciones– de un mundo externo que desconocían por completo.

Eso, sumado al nacimiento de una clase social en el país que ya no necesita del régimen para subsistir, ha incrementado las presiones internas para que se dé un cambio.  

De la misma manera, el líder norcoreano ya llegó al final de sus ambiciones nucleares cuando le demostró al mundo que no solo tiene armas de destrucción masiva sino los misiles para detonarlas en cualquier rincón del mundo. Y también están los intereses de Moon Jae-in, el presidente de Corea del Sur, que está empeñado en lograr la paz con sus vecinos.

Es decir, opina Hass, existe un escenario muy pero muy atractivo para ambos. Pero, como dice el refrán anglosajón, el diablo está en los detalles. Y, en este caso, son muchos.

La apuesta de Trump es un acuerdo que logre una desnuclearización rápida, total, verificable e irreversible a cambio de la normalización de las relaciones con EE. UU., un tratado que ponga fin oficial a la guerra norcoreana (apenas hay un armisticio), garantías de seguridad para Kim, admisión en la comunidad internacional y apoyo para el desarrollo económico del país peninsular. El líder norcoreano, por supuesto, quiere lo mismo, pero maneja un concepto de “desnuclearización” que es muy diferente.

Jun Pak, exagente de la CIA y hoy con el Brookings Institute, está convencido de que Kim sigue viendo su programa nuclear como “algo vital para la supervivencia de su régimen”. Y lo mismo piensan las agencias de inteligencia de EE. UU., para las cuales el dictador haría concesiones pero nunca la entrega total de su andamiaje nuclear, como lo desea Trump.

Para los norcoreanos, retener para el futuro algo de su capacidad nuclear es muy importante, pues tienen muy fresco el ejemplo de Mohamar Gaddafi, que terminó aplastado por una turba –y bombardeado por la Otán– años después del acuerdo de desnuclearización que hizo con Occidente. Esa desconfianza volvió a alborotarse recientemente, cuando dos altos funcionarios de Trump dijeron que en Corea del Norte querían replicar el “modelo libio”.

Adicionalmente, la decisión de Trump de retirarse del acuerdo que se firmó con Irán para frenar su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones les indica que cualquier cosa pactada podría ser luego incumplida por el propio Trump o por uno de sus sucesores.  

“Kim sabe que lo único que lo mantiene a salvo es precisamente su capacidad nuclear. Y es algo que no entregará fácilmente”, anota Pak.

Y aun si lo prometiera, afirma Richard Nephew, experto en armas nucleares del Centro para la Seguridad e Inteligencia en el Siglo XXl, nada garantiza que cumpla, pues el proceso de verificación del desmonte será difícil de monitorear y tardaría años.

“A diferencia del desmonte del programa nuclear de Libia tras el acuerdo del 2006, que estaba en su infancia, el de Kim es enorme y está totalmente desarrollado en todas sus fases. Asegurar que todas sus piezas sean eliminadas, incluso con la cooperación de los norcoreanos, será en extremo complicado”, afirma Nephew.

Con un agravante adicional: el Pentágono estima que al menos, unos 1.000 científicos norcoreanos han hecho parte del programa nuclear y tienen la capacidad de ponerlo en funcionamiento nuevamente una vez haya concluido el proceso de desmonte. Y, salvo que los saquen a todos del país e impidan para siempre su regreso, no hay forma de garantizar el reinicio de las actividades cuando salgan del país los inspectores internacionales.

Nada fácil. Sobre todo porque a ese delicado ajedrez se añaden los intereses de otras potencias, como China y Rusia, a las que no les conviene una Corea reunificada ni un triunfo de Trump en su patio trasero.

En ese sentido, no es coincidencia el reciente viaje que hizo a Pionyang Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, ni la visita de Kim a Pekín hace poco más de un mes.

Ambos países, sostiene el exviceministro ruso Andrey Fyodorov, “están dejando claro que cualquier arreglo surgido entre Washington y Corea del Norte deberá contar con su bendición y que utilizarán las herramientas a su disposición, entre ellas el poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, para asegurarse de que sea así”.
Pero eso no quiere decir que la cumbre de Singapur termine en fracaso. Al menos no sobre el papel.

Flexibilidad

Trump ya ha mostrado flexibilidad al indicar que la implementación del acuerdo podría tardarse más tiempo del que tiene previsto. Con eso corre la meta impuesta por él mismo –inmediata desnuclearización– y baja las expectativas que había creado.

Y, como sucede en este tipo de encuentros, probablemente ya existe un documento prenegociado que establece un marco de acción pero no incluye detalles específicos, los cuales serían pactados con posterioridad. Eso le permitiría tanto a Trump como a Kim salir de la cumbre dando un parte de victoria, así lo más difícil aún esté por suceder.

Kim, sobre todo, saldría como el gran triunfador, pues habría conseguido lo que sus antecesores nunca lograron: el reconocimiento oficial de un presidente de EE. UU. y un acuerdo que no solo le da prestigio internacional, sino que abre la puerta de una ayuda exterior a la que Washington le había puesto candado.

Para el presidente Trump, y a eso se deben las voces que tanto lo han criticado en su país, este desenlace es más riesgoso.

A corto plazo, opina Hass, se vería beneficiado si sale de la cumbre con un acuerdo bajo el brazo en el que Corea del Norte se comprometa a abandonar su aventura nuclear.

Pero, si las predicciones de todos se cumplen y Pionyang termina haciéndole el quite a la desnuclearización total, pasará a la historia como un presidente ingenuo y obnubilado por su gloria personal que dio mucho a cambio de nada. 

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO 
WASHINGTON

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