Medio Oriente

Shimon Peres: un guerrero de la paz

El legado del político israelí y Nobel de Paz es indiscutible . El mundo se dispone a despedirlo.

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Shimon Peres siempre creyó que el éxito y el desarrollo de su país se debían al potencial humano. "Israel es un ejemplo de un pueblo que enriqueció a una tierra", aseguraba.

Foto:

REUTERS

28 de septiembre 2016 , 09:12 p.m.

Difícilmente pueda abarcarse en estas líneas la plena dimensión de lo que significó el aporte de Shimon Peres al Estado de Israel, cuya creación, fortalecimiento y desarrollo acompañó desde muy joven, siendo el último en irse de la generación de los fundadores.

Mucha razón tuvo el exministro Yair Lapid, actualmente jefe del mayor partido político de oposición, el Yesh Atid, al decir que en el caso de Peres no es apropiado recurrir a la expresión “ya no está” para hacer referencia a su fallecimiento. “Shimon Peres sigue estando con nosotros, porque estamos rodeados de los resultados de sus acciones”, aseguró.

No en vano, el presidente israelí, Reuven Rivlin, dijo el pasado miércoles que “no hay capítulo en la historia del Estado en cuya escritura Shimon Peres no haya participado personalmente”.

Peres, nacido el 22 de agosto de 1923 en Wiszniewo, Polonia (actual Vishneva, Bielorrusia), llegó a la entonces Palestina del Mandato Británico a los 11 años de edad. Llevaba consigo el recuerdo de su abuelo, asesinado por los nazis, quemado vivo en su sinagoga. Y la convicción de que el pueblo de Israel debía crear su hogar nacional en la tierra de sus antepasados. Para ello, combinó el trabajo de la tierra –estudió en la escuela agrícola Ben Shemen y fue luego uno de los fundadores del kibutz Alumot en el norte del país– con una larga carrera política que duró 73 años, y los desafíos en el área de la seguridad, aunque sin ser militar. (Leer también: Muere el expresidente israelí Shimon Peres, a los 93 años)

Ya antes del nacimiento de Israel como Estado independiente, Peres –que era secretario de Hanoar Haoved Vehalomed, la guardia joven de lo que fue luego el Partido Laborista– impactó al primer jefe de Estado y primer líder nacional, David Ben Gurion, que se convirtió en su mentor.

Durante la Guerra de Independencia (Guerra árabe-israelí de 1948), ‘El Anciano’ –tal cual llamaban a Ben Gurion– le encomendó la misión de conseguir aviones y armas para Israel, cuya inferioridad numérica en el campo de batalla frente al mundo árabe era notoria. Pocos años después, al ser nombrado por Ben Gurion, a la edad de 29 años, como director general del Ministerio de Defensa, comenzó su camino formal por el fortalecimiento de la seguridad del país, al impulsar la creación de la industria militar y aeronáutica israelí.

El optimista

Después de la Guerra del Yom Kippur (Día del Perdón, entre el 6 y el 25 de octubre de 1973), fue ministro de Defensa en el gobierno de Yitzhak Rabin. De aquella época se le recuerda especialmente su aporte al fortalecimiento de las Fuerzas de Defensa israelíes tras ese enfrentamiento bélico traumático para el Estado judío por la cantidad de muertos en el campo de batalla contra la coalición sirio-egipcia, así como su papel, a nivel político, en la liberación de los rehenes israelíes tomados por terroristas en la ciudad ugandesa de Entebbe en 1976.

Solía decir que no tiene sentido perder el tiempo en cosas que ya no se pueden solucionar y que lo clave es mirar siempre hacia adelante, motivado por lo justo de las luchas que hay que librar. Y por eso, no perdía la fe. “Los pesimistas y los optimistas mueren igual, pero viven diferente”, declaró una vez. “Yo prefiero vivir con optimismo”.

Ello se manifestó en la práctica a lo largo de toda su vida, en su eterna capacidad de levantarse una y otra vez, como tuvo que hacer repetidamente luego de varias derrotas electorales. Parecía incapaz de rendirse, en lo cual se combinaban la convicción de la misión que sentía que debía cumplir, con una personalidad incansable, en continuo movimiento, que agotaba a menudo a sus colaboradores, por cierto mucho más jóvenes que él.

Fue la firmeza con la que trabajaba, su dedicación a la causa y su visión, lo que le permitieron, tras años de rivalidad y riñas políticas con Yitzhak Rabin –aunque ya habían trabajado juntos en un mismo gobierno–, convertirse en su principal socio en el proceso de paz con los palestinos a mediados de los 90.

Hemi Peres, uno de los tres hijos del fallecido estadista, recordó ayer lo que alguna vez dijo: “La grandeza de un hombre se mide por la dimensión de la causa que abraza”.

Y, sin duda, Peres abrazó y defendió siempre la causa de su pueblo, primero por la construcción del Estado judío en la tierra de sus antepasados, y luego por el desarrollo de su economía y sociedad, siendo identificado en el mundo entero con la batalla por el éxito del proceso de paz.

“De Dimona a Oslo, no tengo de qué arrepentirme”, dijo una vez. Se refería a la creación del reactor nuclear en el sur de Israel y a la firma de los acuerdos con los palestinos, que a pesar del estancamiento en el proceso de paz, Peres nunca aceptó ver como un fracaso.

Fue reconocido mundialmente por su visión y por saber combinar los desafíos de Israel con los de la humanidad entera, lo cual se verá manifestado este viernes en la larga lista de dignatarios que se harán presentes en Jerusalén para darle su último adiós.

Peres, el noveno presidente israelí, Premio Nobel de la Paz, miembro de doce gobiernos nacionales, diputado en la Kneset (parlamento) durante 48 años, batió récords sin parangón. Siempre activo en las redes sociales, recabando miles de “me gusta” por cada uno de sus posts en Facebook, ingresó al libro Guinness hace unos años por haber dado la clase por internet con mayor asistencia registrada hasta el momento. (Leer también: Dirigentes mundiales asistirán al funeral de Peres en Jerusalén)

Para él, el futuro estaba en la nanotecnología y en la constante ampliación del conocimiento.

Tiempo atrás, aseguró que su mejor consejo a los jóvenes es que lean tres libros por semana: uno de historia, otro de bella literatura y un tercero sobre tecnología e innovación. Enamorado del progreso tecnológico, científico y cultural, ávido lector, conocedor de culturas, curioso como un niño, avanzado en temas que para gente mucho menor son una enigma total, Peres estaba convencido de que el conocimiento rompe fronteras y divisiones.

Para él, los logros de Israel eran producto de su capital humano. “El único recurso natural que hemos descubierto es el potencial humano”, dijo en una alocución ante el Parlamento Europeo en marzo del 2013. “Israel es un ejemplo de un pueblo que enriqueció a una tierra, en lugar de una tierra que enriqueció a un pueblo”.

Supo luchar por la seguridad de Israel, concibiendo por un lado el desarrollo del reactor nuclear de Dimona, que veía como elemento clave en el esfuerzo de disuadir a los enemigos del país, y ser un entusiasta defensor de la lucha por la paz, convencido de que con los amigos el diálogo ya existe y que resulta clave lograrlo con los enemigos para forjar un futuro mejor.

Supo combinar la firmeza con la flexibilidad. No era un pacifista en el sentido de oponerse como principio a empuñar un arma cuando es necesario, pero sí un férreo defensor de la necesidad de buscar una solución negociada con el enemigo cuando es posible.

Condenó duramente al terrorismo y a Irán por su apoyo al mismo, y al mismo tiempo, cuando creyó que el actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, se disponía a atacar a los iraníes para frustrar sus designios nucleares, advirtió públicamente al respecto, aunque no estaba claro que ello le compitiera en su calidad, en ese momento, de presidente del Estado, un rol simbólico, no ejecutivo, según la legislación israelí.

“El mayor privilegio que una persona puede tener es lograr dedicar su vida a su pueblo, aportar, hacer algo significativo que modestamente considere que puede hacer una diferencia para bien”, dijo una vez. Lo concretó y lo llevó claramente a la práctica.

En el camino fue alabado, idolatrado y durante muchos años criticado por parte de la población israelí, que por largo tiempo lo consideró un perdedor dado que jamás había ganado una elección nacional. Pero Peres jamás se rendía, siempre lograba volver a levantarse y seguir adelante.

Cuando en el 2007 fue electo presidente de Israel, recibió el amor con el que siempre había soñado. Se convirtió en el símbolo del Estado. “Nunca pensé que llegaría a ser Presidente”, dijo entonces. “De jovencito quería ser pastor o poeta. Ahora soy Presidente, un cargo en el que no puedo gobernar, legislar ni juzgar. Pero hay algo que sí puedo hacer: soñar”.

Jamás dejó de hacerlo. En el Centro Peres por la Paz, que creó en 1996, después del asesinato de su socio Yitzhak Rabin, como símbolo de la necesidad de continuar empujando para lograr la concreción de su sueño de “un nuevo Oriente Próximo”, llevó a cabo hasta último momento actividades conjuntas para niños y jóvenes árabes e israelíes.

En el lugar funciona también un impactante Centro de Innovación inaugurado en julio, uno de los símbolos de lo que él veía como la luz que debe irradiar Israel a la humanidad en general. “La paz, la innovación y la ciencia deben convertirse en ideales comunes”, recalcó en la ocasión.

“Israel no debe ser el único en disfrutar los frutos de la innovación, sino toda la región. Les imploro a nuestros vecinos: cooperemos, podemos crear juntos la región start-up. Adoptemos la senda de la paz y la innovación, que siempre es preferible a la de la guerra y el dolor”.

JANA BERIS
Especial para EL TIEMPO

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