Medio Oriente

Confesiones de un yihadista del Estado Islámico en Irak

Fares Ali Hassan, excombatiente, habló con EL TIEMPO sobre cómo funciona ese grupo en Mosul.

Ali Hassan, de 21 años,

Ali Hassan, de 21 años, se convirtió en yihadista del Estado Islámico desde que tenía 18 años. Este iraquí dice que cuando intentó desertar de la organización fue detenido y torturado en Mosul.

Foto:

Diego Ibarra Sánchez.

23 de julio 2017 , 12:18 a.m.

Un olor rancio, a sudor y sangre coagulada, impregna las paredes de la Comisaría de Hamam Al Alil (Mosul).

El ambiente es sórdido. Frente al despacho del jefe de Policía, en un espacio diáfano, una pareja de empleados de la Cruz Roja Internacional le limpia las heridas a un detenido que está acostado en el suelo sobre una esterilla.

Al lado hay una verja metálica por donde solo puede pasar el personal autorizado, la cual conduce por un pasillo a una puerta siempre cerrada. En esa lúgubre habitación están confinados y hacinados 350 detenidos, a la espera de ser trasladados a prisión.
Por la puerta del despacho del comisario aparece Fares Ali Hassan vestido con ropa afgana y cogido del brazo por un policía. Tras soltarse se tira de rodillas al suelo y sin levantar la mirada, con una voz casi susurrando, pide un vaso de agua.

Ali Hassan se bebe cuatro vasos de golpe. Su figura es tan enjuta y sus extremidades tan finas que lleva fuertemente marcada una línea roja que le dejaron las esposas en sus muñecas.

Tras varios minutos de silencio, el jefe de Policía, el capitán Muhammed Hassan, lo obliga a que les hable a los periodistas.

Ali Hassan se unió al Estado Islámico (EI) en 2014, cuando tenía 18 años. Antes de ser reclutado vivía en Aq Baash, en el desierto cerca de la frontera con Irán. “En la mezquita, en el sermón de los viernes, el sheij Abu Shari siempre nos hablaba del deber de la yihad y las ventajas de ser un yihadista. Así que decidí unirme a Daesh (EI en lengua árabe)”, explica.

Lo llevaron a un campo de entrenamiento, que dirigió en su día el fallecido Abu Hamza el Muhayir, ministro de guerra del EI, para aprender el manejo de armas automáticas como la AK-47 o la AR-15.

“En el campamento había muchos niños y los llamábamos los cachorros del Califato. A los menores de 15 años no se les instruía en armas, sino que se les daban clases de Sunna y lectura del Corán”, señala Ali Hassan.

Después de un mes y cuatro días de formación y entrenamiento militar se “graduó” como yihadista y recibió una bonificación de 100 dólares. Después, como combatiente soltero y sin hijos recibió un pago mensual de 50 dólares, y comida y techo gratis. A los combatientes casados con una mujer y dos hijos se les pagan 175 dólares; si tienen dos mujeres y cinco hijos, 325, y a partir de cuatro mujeres y más de cinco hijos se les paga 400.

Hacemos la yihad porque es nuestro deber sagrado

“Hacemos la yihad porque es nuestro deber sagrado; el verdadero muyahidín vende su carro, sus tierras o su casa si hace falta”, afirma convencido.

Pero, no todos los combatientes del EI tienen la misma convicción. Ali Hassan cuenta que al que se casa le dan una ayuda de 1.000 dólares, por lo que muchos de sus compañeros se casaban muchas veces para recibir el pago extra.

“Algunos combatientes se casaban, recibían los 1.000 dólares y a los dos meses se divorciaban y se volvían a casar con otra mujer, y así recibían el doble”, detalla el yihadista.

Ali Hassan combatió en las montañas Sinjar (en Nínive) y en varias batallas cerca de la frontera con Siria, pero reconoce que tuvo muy malas experiencias. “En más de una ocasión tuvimos que retirarnos y vi morir a muchos compañeros”, reconoce.

Este joven yihadista acabó sintiéndose decepcionado por el grupo y decidió desertar. “Nada fue lo que esperaba. Me engañaron. Mientras nosotros comíamos huevos y tomates, los comandantes vivían como sultanes. Siempre descansando, rodeados de mujeres y mucha comida”, critica el detenido.

Además, “nos dijeron que si nos uníamos a ellos protegerían a nuestras familias, y no es verdad. Mataron a un tío mío porque era policía”, lamenta.

Ali Hassan se escondió durante un mes en el sótano de una vivienda abandonada en Mosul, pero fue descubierto. “Estuve en una prisión de Mosul durante 40 días. Me torturaron, me raparon la cabeza y cada día me daban 99 latigazos. Me amenazaron con que si no regresaba con ellos, me mandarían a cavar túneles a Siria. Así que no tuve otra opción que volver”, dice.

Ali Hassan fue capturado por las fuerzas especiales iraquíes. Ahora está a la espera de ser enviado a la prisión de Gayara, en el sur de Mosul: “No tengo miedo de ir a la cárcel. Solo le rindo cuentas a Alá”.

“Abu Bakr al Bagdadi nos ha abandonado. Mi generación no ha conocido otra cosa que la yihad. Nos sentimos perdidos”, dice.

ETHEL BONET
Para EL TIEMPO

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