Medio Oriente

Los conflictos en Oriente Próximo son cada vez menos religiosos

El excanciller israelí plantea que las disputas ya no encajan en la división suníes-chiitas.

Chiita Muqtada al-Sadr

En Irak, destaca Ben-Ami, el clérigo chiita Muqtada al-Sadr (en la foto), que lideró ataques mortales contra las tropas de EE. UU..

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AFP / Karim SAHIB

22 de julio 2018 , 09:10 p.m.

Cuando pensamos en el conflicto en Oriente Próximo, probablemente los factores religiosos sean los primeros que se nos vienen a la cabeza. Pero los intereses estratégicos enfrentados y las ambiciones imperiales desempeñan hoy un papel mucho más importante que las divisiones religiosas o sectarias a la hora de definir la política regional. Esto es, potencialmente, una evolución positiva.

Consideremos la lucha por la influencia regional entre Arabia Saudita e Irán. A pesar de que se consideró durante mucho tiempo que era el resultado de la división entre suníes y chiitas, la competencia, en verdad, es entre dos sistemas políticos opuestos: el régimen revolucionario de Irán, inclinado a cambiar el equilibrio de poder regional, versus la monarquía conservadora de Arabia Saudita, que busca sostener el viejo orden regional.

En este contexto, el respaldo de Irán a los levantamientos de la Primavera Árabe tiene sentido. En un Oriente Próximo dominado por los árabes, Irán, que no es árabe, es el enemigo natural. Pero en un Oriente Próximo musulmán, la República Islámica de Irán es un potencial poder hegemónico. De manera que Irán se apresuró a respaldar las elecciones libres, previendo que los votantes llevarían a los islamistas al poder.

Por el contrario, la ultraconservadora Casa de Saúd aborrece este tipo de alzamiento político y, naturalmente, considera que la democracia árabe es una amenaza fundamental. De manera que mientras mantenía su estrecha alianza con Estados Unidos, la potencia imperial occidental a la que más le teme Irán, Arabia Saudita se opuso a los levantamientos, más allá de si los protagonistas eran chiitas (como en Baréin) o suníes (como en Egipto). En este sentido, la Primavera Árabe fue una historia del crecimiento y la represión del islam político.

Es más, las alianzas ya no encajan dentro de las fronteras suníes-chiitas, enfatizando aún más la primacía de la política sobre la religión a la hora de alimentar los conflictos regionales. Por ejemplo, Hamás, el grupo fundamentalista suní que gobierna la Franja de Gaza, ha sobrevivido en gran medida como resultado del financiamiento de parte de Irán.

De la misma manera, Omán, dominado por ibadíes y suníes, tiene una relación más estrecha con Irán –con el que comparte el control de las rutas vitales de transporte de petróleo en el estrecho de Ormuz– que con Arabia Saudita. En efecto, Omán ahora está siendo acusado de ayudar a Irán a contrabandear armamentos a los rebeldes hutíes en Yemen, donde Irán y Arabia Saudita están librando una guerra subsidiaria.
Así mismo, Catar mantiene una relación tan estrecha con Irán, con el que comparte campos de gas colosales, que incomoda a Arabia Saudita. El año pasado, los saudíes lideraron una coalición de países árabes (entre ellos los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Baréin) que aisló a Catar diplomáticamente y le impusieron sanciones.
Y, sin embargo, Turquía, otra potencia suní, mantiene una base militar en Catar. Y esta no es la única causa de tensión entre Arabia Saudita y Turquía; también disienten sobre la Hermandad Musulmana. Mientras que los saudíes ven la Hermandad como una amenaza existencial, Turquía la considera un modelo de política islamista que vale la pena defender y un medio para expandir la influencia turca en el mundo árabe.

El régimen revolucionario de Irán, inclinado a cambiar el equilibrio de poder regional, versus la monarquía conservadora de Arabia Saudita, que busca sostener el viejo orden regional

Pero el respaldo de Turquía a la Hermandad Musulmana la hizo entrar en conflicto con otra potencia suní: Egipto. Por cierto, la Hermandad es la némesis del presidente egipcio, Abdulfatah al Sisi. Junto con sus ambiciones regionales y sus esfuerzos por consolidarse como el principal defensor de la causa palestina, Turquía parece estar desafiando de manera directa los intereses vitales de Egipto.

Quizá la mejor ilustración de cómo las cuestiones de seguridad y estratégicas han suplantado el conflicto religioso sea el cambio en las relaciones entre los Estados suníes árabes (incluidas las monarquías del Golfo y Egipto) e Israel.

Los logros económicos y militares de los israelíes, en algún momento los máximos enemigos e infieles del mundo árabe, fueron vistos durante mucho tiempo como una medida del fracaso árabe, un motivo de odio endémico combinado con una admiración a regañadientes.

Sin embargo, hoy, en tanto crece la influencia de Irán y el terrorismo islamista sigue proliferando, Palestina es la última de las preocupaciones de Arabia Saudita.

Tan fundamentales son los cambios en los intereses estratégicos del reino que, no obstante ser el custodio de los sitios sagrados del islam, no dijo nada cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, reconoció a Jerusalén como la “capital eterna” de Israel. Otras monarquías suníes del Golfo, así como Egipto, han ido más allá y se comprometieron a una cooperación de seguridad con Israel.

La política también está sustituyendo la religión dentro de Israel. El impulso expansionista en Cisjordania del primer ministro, Benjamin Netanyahu, tiene que ver con el poder político, no con el judaísmo. Después de todo, la creación de un Estado binacional con mayoría palestina significaría diluir seriamente la ‘identidad judía’ del país.

De hecho, para mantener el control en los territorios ocupados, la coalición religioso-nacionalista de Israel ha vendido su alma a los antisemitas cristianos: los evangelistas norteamericanos. La alianza de Netanyahu con este grupo (encendidos defensores de la colonización de Judea y Samaria) es una afrenta tanto a la comunidad judía en Estados Unidos, abrumadoramente liberal, como al poderoso establishment rabínico en Israel.

Muqtada al-Sadr, el ardiente clérigo chiita que anteriormente lideró ataques mortales contra las tropas estadounidenses, hoy se perfila como la mejor esperanza de Estados Unidos

Un ejemplo final de un país de Oriente Próximo que elige la política por sobre la religión es Irak. Muqtada al-Sadr, el ardiente clérigo chiita que anteriormente lideró ataques mortales contra las tropas estadounidenses, hoy se perfila como la mejor esperanza de Estados Unidos para contener la creciente influencia de Irán en Irak.

Al-Sadr, jefe de una improbable alianza de islamistas reformistas, grupos seculares de la sociedad civil y el Partido Comunista de Irak, ganó la reciente elección parlamentaria con la promesa de un accionar nacionalista para que Irán salga de Irak.

A comienzos de este año, Al-Sadr visitó a los príncipes de la corona fervientemente antiiraníes en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, y hoy es el principal obstáculo entre Irán y la presencia estratégica que busca en Irak.

El caos de hoy en Oriente Medio está arraigado principalmente en los legados históricos (siendo uno de los más importantes el de las fronteras trazadas arbitrariamente) y en una falta de liderazgo visionario. Pero las divisiones religiosas y sectarias tampoco ayudaron.

Si bien la situación, sin duda, sigue siendo tensa y engorrosa, el papel político decreciente de la religión puede representar una oportunidad de progreso, de la misma manera que, por ejemplo, la voluntad del príncipe de la corona saudí, Mohamed bin Salman, de descartar los imperativos fundamentalistas favorece la modernización. Después de todo, los intereses estratégicos y de seguridad siempre son más propensos a la razón y la diplomacia que la convicción religiosa.

Shlomo Ben-Ami*
© Project Syndicate - Tel Aviv
Exministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Centro Internacional Toledo para la Paz. Es el autor de ‘Scars of War, Wounds of Peace:
The Israeli-Arab Tragedy’.

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