Medio Oriente

'Acuerdo entre israelíes y palestinos es imposible': Ben-Ami

El excanciller israelí habla sobre las negociaciones entre ambos países.

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Para Ben-Ami, en la búsqueda de la paz "el líder está en el ojo del huracán (...) y lo acusan de todo lo malo que hay en el planeta". Así, se requiere "mucho coraje para hacer un acuerdo de paz".

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Archivo / EL TIEMPO

14 de septiembre 2016 , 10:16 p.m.

Israelí nacido en Marruecos, Shlomo Ben-Ami (73 años) es un hombre de mundo. Empezó su carrera como académico e historiador, para luego desempeñarse como diplomático. Entre 1986 y 1992, Ben-Ami fue embajador en España, siendo allí el primer israelí en un cargo diplomático (luego de que España reconoció a Israel, a una década de finalizar el régimen franquista).

En 1996, entró en la política con el partido laborista y ocupó una banca en el parlamento. En el 2000 llegó a convertirse en ministro de Exteriores durante el gobierno de Ehud Barak, durante las negociaciones que llevaron a israelíes y palestinos a reunirse en Camp David, en julio de ese mismo año.

Ben-Ami hoy enseña asuntos internacionales en la Universidad de Columbia en Estados Unidos. Columnista en Project Syndicate, es una voz respetada, y sus trabajos, una referencia de primera mano para estudiar el conflicto árabe-israelí. Además, se interesa en la paz de Colombia. Cree que es un proceso irreversible, con mucho potencial de llegar a buen puerto.

Lo primero, en virtud de las circunstancias actuales, es ¿cómo percibe en este momento a Israel y cómo será el futuro inmediato -en términos de alcanzar la paz- entre israelíes y palestinos?

En términos de alcanzar la paz en un futuro inmediato o previsible, lo veo prácticamente imposible. Existen condiciones regionales –las relaciones con Egipto, con Arabia Saudita, con el entorno árabe–, y eso es bueno. Eso puede dar un empujón a las negociaciones, a la posibilidad de un encuentro, etc. Pero llegar a un acuerdo entre israelíes y palestinos es en mi opinión totalmente imposible, y tiene que ver con muchas razones.

Una razón tiene que ver con las posiciones de partida de las partes. Otra, con la política interna de cada una de las partes. Si los palestinos no pudieron aceptar las propuestas de paz que se les hicieron en el año 2000 por Bill Clinton y por Ehud Barak –en cuyo gobierno yo fui ministro y negociador– y no aceptaron las propuestas de Ehud Olmert, que en algún sentido fueron incluso más lejos… ¿qué pueden esperar de un gobierno de Benjamin Netanyahu?

No hay ninguna posibilidad de que un acuerdo final pueda llevarse a cabo en estas condiciones. Y por la parte palestina ya se ve que [los palestinos] están fragmentados, que por una parte está la Autoridad Palestina y por la otra, Hamas. El carisma, el estatus y la posición de Mahmud Abbas es muy débil, por lo que no puede permitirse demasiadas concesiones; porque no es un hombre fuerte, y no es un hombre que controla bien la situación. No veo ninguna posibilidad. No la veo. Es un sueño que no tiene probabilidades en un futuro cercano.

En un artículo reciente, titulado ‘El desastre de Oslo’, el profesor Efraim Karsh, docente conservador y director entrante del Begin-Sadat Center for Strategic Studies, dice que, a 23 años de la ceremonia eufórica en la Casa Blanca, el acuerdo ha sido un desastre tanto para israelíes como para palestinos porque, entre otras cosas, ha traído la subyugación de los palestinos al aparato corrupto y represivo de la Organización para la Liberación de Palestina y al régimen de Hamas. De otro lado, afirma que no ha habido seguridad en lo absoluto para Israel. ¿Qué piensa usted acerca de este argumento?

Bueno, a aquellos que dicen que Oslo ha sido un desastre lo que les falta en su discurso es contarnos qué alternativa proponían. La alternativa supuestamente era no hacer nada. Bueno, hacer nada podría habernos llevado a la misma situación, o peor.

O sea que pensar que un pueblo bajo ocupación durante casi 50 años, al que no se le propone ninguna salida política, no se le plantea ninguna propuesta de paz, va a simplemente sentarse, dócil, domesticado, pacífico, diciendo amén a todo lo que haga Israel… pues, mire usted, me parece una broma de mal gusto.

Yo soy bastante crítico con Oslo. Creo que Oslo tendría que ser otra cosa, pero no por eso creo que los que la critican desde una postura nihilista de extrema derecha propongan algo mejor.

¿Qué alternativa proponen? ¿Seguir subyugando a los palestinos sin ofrecerles ninguna salida? Oslo por lo menos ha creado a la Autoridad Palestina, que es el mecanismo que tienen los palestinos para ocuparse de la ocupación. Los críticos tienen que verlo de esta manera. Porque la ocupación israelí es la más deluxe que ha existido en la historia: ocupas un territorio, y no te cuesta nada porque todo lo paga la comunidad internacional. Los palestinos están a diario gobernados por su propia gente, y te ahorras la ocupación directa.

¡Oslo es un regalo para la extrema derecha israelí! ¡No entiendo por qué se oponen tanto!, porque al fin y al cabo les has dado el mecanismo para una ocupación deluxe que paga la comunidad internacional. La paga la Unión Europea con donaciones, e Israel puede decir ‘bueno, nosotros no controlamos la vida de los palestinos. La controla Mahmud Abbas, la controla Hamas’. Cuando la realidad es distinta. Yo no sé de dónde viene ese odio a Oslo. ¡Para ellos es el mejor regalo!

Existe una posición en Israel, de algunos analistas y estrategas, que dice que la única manera viable de resolver el conflicto es con una retirada unilateral. Tal como en su momento, en 2005, hizo Israel con la Franja de Gaza. ¿Usted está de acuerdo con esta posición?

Bueno, a lo mejor no habrá más remedio en algún momento. Vamos a ver… la idea central del sionismo es más demografía que territorio. Siempre cuando el sionismo se enfrentó al dilema de tener un espacio homogéneo judío pequeño, o un espacio más grande donde los judíos serían una minoría… siempre optó por el primero. Esa fue la idea que llevó a Ariel Sharon a retirarse de Gaza: ¡la cuestión demográfica!

Si en algún momento un líder serio ve que Israel se está diluyendo en un Estado con mayoría palestina, a lo mejor entonces no habrá más remedio que una retirada. No necesariamente a las fronteras de 1967, pero sí a unas fronteras defendibles. Pero lo que Israel hizo en Gaza va a ser enormemente difícil de hacer en Cisjordania.

Gaza es un territorio compacto con fronteras claras. Cisjordania es otra historia. Allí, la retirada unilateral tendrá que ser algo mucho más complicado, y seguramente no nos llevará a las fronteras de 1967. A lo mejor, a las fronteras de la valla, del muro, o algo parecido. No es una solución ideal porque si tú te retiras de una forma unilateral, vas a tener que retirar a la población civil, pero no necesariamente al ejército.

Lo que va a crearse en ese territorio del cual te vas a retirar es un caos enorme, en donde sobreviven muy bien organizaciones como Hamas y la Yihad Islámica.

Las opciones que tenemos no son para nada alentadoras. Incluso si decides retirarte de forma unilateral de gran parte de Cisjordania.

Muchos críticos sugieren que la paz no es posible porque en la medida en que la sociedad árabe, y especialmente la palestina, es educada en función de odiar a Israel –pues su aparato educativo está construido a partir de la negación de la narrativa sionista–, para un líder árabe reconocer a Israel implica asumir la posibilidad de su propia destrucción. Quizás en cierto punto esta observación sería relevante en el caso de Israel, dado el asesinato de Isaac Rabin. ¿Qué piensa al respecto? ¿Es cierto que, para hacer la paz, un líder tiene que asumir la posibilidad de su propia muerte?

No tiene por qué ser así. Históricamente ha sido así, pero no tiene por qué serlo. Anwar Sadat acabó asesinado, Rabin acabó asesinado, el abuelo del rey Hussein (Abdalá), que en los años 50 quería hacer la paz, acabó asesinado, pero no tiene por qué ser así. Lo que sí está claro es que la gente quiere la paz, pero no asume que la paz tiene un precio.

Las personas se dividen profundamente en torno al precio, ya que, cuando haces la paz, nunca ves los frutos inmediatamente. Los frutos de la paz los verás, si acaso, mucho más tarde. Por eso hay sectores muy importantes de la opinión que siempre verán al líder que hace la paz como un traidor: alguien que ha vendido la patria. Liderar a una nación en tiempos de guerra es mucho más fácil porque en tiempos de guerra lideras a una nación unida. ¡La guerra une y la paz divide!

En un proceso de paz, el líder está en el ojo del huracán. Todos se fijan en él, y lo acusan de todo lo malo que hay en el planeta. Así que se requiere mucho coraje para hacer un acuerdo de paz. No en vano la Biblia dice que Dios dará coraje al pueblo para bendecirle con la paz. No dice darle coraje para hacer la guerra, sino darle coraje para hacer la paz. Hacer la paz es mucho más difícil que hacer la guerra porque tienes detrás un pueblo dividido, lleno de emociones, lleno de odios hacia la otra parte, hacia el líder, hacia los que apoyan el acuerdo, así que… ¡ese es el tema!

El de Colombia, un proceso asimétrico

Señor Ben-Ami, ¿en cierto punto hay un paralelo con la situación de Colombia? Me refiero a la reacción de la sociedad colombiana a los acuerdos de paz con las Farc. Hay un sector que está a favor -porque insiste en el valor de la paz- y otro que ve esta paz como una amnistía gratuita; una concesión a personas que han asesinado a gente inocente, cometiendo cualquier cantidad de crímenes.

Bueno, esto es bastante parecido. Los dos procesos se parecen en lo que yo decía anteriormente, en que la sociedad se divide en detractores del acuerdo y los que lo apoyan. Los detractores pueden inventarse todo tipo de argumentos, ¿no?... Que la paz ha sido un perdón gratuito, que estos son criminales, que esto no va a funcionar, que el Gobierno se ha rendido, que se les han dado demasiadas concesiones.

Yo llamo a este tipo de procesos, entre un gobierno y una organización –es decir, no entre dos Estados, sino entre un Estado y una organización–, procesos de paz asimétricos.

¿Asimétricos?

Asimétricos en el sentido de que el Estado democrático tiene que dar cuentas: tiene que responder a la opinión pública, tiene un calendario electoral, tiene que hacer un plebiscito y tiene una prensa carnívora que lo ataca constantemente. Mientras tanto, el agente no estatal está libre de esas preocupaciones.

Desde que empezamos el proceso de paz con los palestinos, hace 25 años hasta hoy, el equipo negociador israelí cambió diez o quince veces; esto cada vez que se perdieron elecciones. El equipo negociador palestino es el mismo. Ahí no se rinden cuentas. Es el dilema del líder democrático que tiene que explicar por qué hizo las concesiones que hizo… y eso es lo que estamos viendo también en Colombia evidentemente. ¡El mejor negociador es aquel que nunca participa en las negociaciones porque él sabe todo mejor que los demás! Los norteamericanos utilizan la expresión ‘Monday morning quarterback’… no sé si la conoces.

Los argentinos decimos ‘con el diario del lunes todos somos Gardel’.

Así es. Hablamos de aquel que se sienta en el bar el lunes después del partido de fútbol y sabe mejor que todos a dónde había que tirar el balón, cómo había que atacar, cómo había que defender, etc. Y esto es normal en unas negociaciones. La única razón por la que Álvaro Uribe se ha lanzado de esta forma contra el proceso de paz es la envidia personal. En política, los sentimientos y las emociones se visten de ideología. Pero lo que hay detrás son pasiones humanas.

¿Usted cree entonces que tendrá éxito este proceso?

Absolutamente. No me cabe la mínima duda. Ahora bien, mucho depende del posconflicto. ¡Claro! El posconflicto significa que Colombia es un país de un millón doscientos kilómetros cuadrados. Si el Estado colombiano no llega a toda su geografía, si no hay carreteras, si no hay colegios, si no hay tribunales, si no hay policía… En aquellas zonas hay un vacío en donde siempre surgirá una insurgencia o una opción violenta. El Estado tiene que estar presente. Donde no hay Estado hay otra cosa. El posconflicto va a ser no menos exigente que los años del conflicto.

FEDERICO GAON
Experto en Relaciones Internacionales.
Especial para EL TIEMPO

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