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Así pinta el 2018 según algunos rigurosos centros de pensamiento

Este año del perro viene lleno de incertidumbres en lo geopolítico, lo económico y lo político.

Año del Perro

Este año del perro viene lleno de incertidumbres en lo geopolítico, lo económico y lo político.

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123rf

01 de enero 2018 , 09:22 p.m.

La humanidad ha recurrido desde tiempos inmemoriales a las tripas de animales, las runas, el oráculo de Delfos y hasta el rajado de los caparazones de las tortugas chinas –origen del I Ching– para tratar de conocer qué nos deparan los tiempos por venir. De allí el poder de los sacerdotes de lo oculto, los astrólogos, las pitonisas, los adivinadores y los que leen las cartas. Aunque esa dimensión esotérica es popular, en realidad hay gente seria que se devana los sesos tratando de usar métodos racionales para predecir el futuro. Puede que sean más exitosos los astrólogos, pero a los otros también hay que creerles.

Primero, la economía

Según McKynsey, una de las compañías de asesoría más importantes del mundo, las expectativas positivas sobre el futuro de la economía global están en ascenso. Hay un optimismo galopante. En el último estudio de opinión –publicado en diciembre–, el 60 % consideraba –con una muestra global– que las condiciones económicas están mucho mejor hoy. En marzo del 2017, solo el 40 % decía lo mismo. En Asia, el 58 % considera que la economía de sus países se va a comportar mejor el año entrante. En Europa, a pesar del desastroso resultado de las elecciones en Cataluña y de las negociaciones del brexit, también hay una firme oleada de optimismo sobre lo que nos traerá el año nuevo. Contrasta esa euforia global con el sombrío panorama que presentara nuestro ministro de Hacienda al bajar las expectativas de crecimiento para el 2018. Existe un pesimismo económico en el ambiente nacional, infundado por cierto, que se refleja en las encuestas.

Petróleo, ¿otra vez oro negro?

Hay un feroz pulso entre los analistas sobre lo que va a pasar con el precio de los hidrocarburos en el 2018. Ese, también, sí que es un tema que despierta las más enconadas disputas. La tendencia de los analistas destacados del mercado se inclina hacia lo insostenible de la mejoría de los precios observada desde finales del 2016, lo que ha sido un alivio para Ecopetrol y para Colombia.

Usando modelos de oferta, demanda e inventarios tradicionales, algunos banqueros de inversión afirman que se darán reducciones significativas en las cotizaciones del crudo durante el 2018. Goldman Sachs redujo sus perspectivas y JP Morgan bajó sus predicciones de US$ 53 por barril (WTI) a US$ 42 en promedio para este año. De darse ese escenario, el panorama para la economía colombiana sería desafiante.

De otra parte están quienes no comparten esas conclusiones porque miran más allá de las variables estrictamente comerciales e introducen una perspectiva más geopolítica en el análisis. Ese bando destaca que la declaratoria de Jerusalén como capital de Israel va a exacerbar una situación de por sí ya bastante explosiva en el Medio Oriente, principal zona productora de hidrocarburos del mundo. Además, existe la posibilidad de un embargo petrolero definitivo al régimen de Maduro.

La unilateralidad de EE. UU. se considera un factor de inestabilidad política que puede generar disrupciones adicionales en el mercado de petróleo, a lo cual se suma la habilidad –hasta ahora demostrada por la Opep– para enfrentar el incremento de la oferta de ese país, proveniente de tecnologías no convencionales (fracking). De hecho, treinta de los bancos analistas más reputados del mundo –diferentes a los citados arriba– concluyen que el precio del crudo en el primer trimestre del 2018 no bajaría de US$ 50 e incluso podría subir hasta US$ 75, con una alta probabilidad de que el promedio del año termine por encima de 60 dólares. Los mercados de futuros parecerían darles la razón.

Uno de los más reputados y confiables observadores del mercado, la Agencia de Información de la Energía de Estados Unidos, también prevé mejores precios para el crudo el año entrante, desestimando un colapso de las cotizaciones.

La reforma fiscal de Trump, ¿un salto al vacío?

Es un debate tan viejo como la profesión más antigua del mundo. Como una consecuencia de los impuestos se han iniciado revoluciones, caído monarcas y se han constituido repúblicas independientes. El dilema no es menor. Se trata de establecer cuál debe ser el punto correcto de carga impositiva para los ciudadanos y las empresas. Trump escogió dar un giro radical hacia la disminución de las tasas impositivas para las corporaciones y los más ricos. Valga la pena anotar que algo similar propuso Vargas Lleras, y fue bien recibido.

¿Qué efecto tendrá dicha reforma? Según los analistas, bastante incierto. Sobre todo, hay que preguntarse qué impacto tendrá sobre Colombia y otras economías en desarrollo. Claramente, al reducirse la tasa de tributación de las empresas de 35 % a niveles del orden del 20 %, se ha desatado una euforia que, según varios analistas, ha creado una burbuja, “una exuberancia irracional”, como diría el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, en el mercado de capitales y en las bolsas de valores globales.

Según varios analistas, entre ellos Neil Woodford –uno de los administradores de fondos más reputados de Europa–, los mercados de valores están efectivamente en una fase de sobrevaloración que no demorará demasiado en diluirse. El índice de Dow Jones se incrementó en un 25 % en el último año. No suena muy sostenible. Es prudente no descartar que la histeria inversionista desatada por la reforma tributaria de Trump termine estallándoles en la cara a los inversionistas.

Las economías como la nuestra –querámoslo o no– compiten por capital a una escala global, siendo la eficiencia tributaria una consideración altamente relevante para los inversionistas. Gracias a la reforma de Trump podríamos experimentar un costo de financiación pública y privada mayor que el observado en los últimos cinco años.

La sostenibilidad fiscal de Estados Unidos entrará en una fase de interrogantes ante la reducción significativa de la carga impositiva para los principales contribuyentes. Habrá que ver si el crecimiento, supuestamente asociado a esa reducción, compensa la disminución de los ingresos fiscales. Eso decían Reagan y los economistas del supply-side, pero no se dio. En cualquier caso, ya sea porque los bonos de Estados Unidos tendrán que batirse en el mercado ofreciendo mayores rendimientos, ante la incertidumbre fiscal, o porque se mantiene un crecimiento acelerado como el que ha demostrado esa economía desde Obama, vamos a ver un incremento en las tasas de interés globales durante el 2018.

En cuanto a la tasa de cambio, no hay nada más complejo que hacer predicciones sobre qué pasará en este contexto –no obstante la mejoría esperada en la cotización del crudo–. No parece sensato asumir modificaciones sensibles en el rango de cotización del peso colombiano. De hecho, el promedio para el año entrante, que esperan los analistas, seguidos por el Banrepública, sugiere que la TRM será del orden de 3.010 pesos por dólar.

Guerra fría global, guerra caliente en las fronteras

Los desafíos geopolíticos que trae el año entrante no son nada despreciables. Hay unos obvios y otros menos, pero igualmente peligrosos. La “normalidad” que supone el statu quo internacional –en materia de balances, contrapesos y capacidad militar– que ha sobrevivido, mal que bien, desde que se desbarató la URSS está amenazada con potenciales consecuencias bélicas.

La amenaza más obvia es el estallido de una conflagración militar y nuclear en la península de Corea. Geográficamente bordeada por China, Japón, Rusia y todos los países que se disputan los derechos sobre el mar de China y el mar de Japón, esa región es, literalmente, una caldera del diablo. Un reciente artículo de The Guardian, el reconocido diario británico, que consultó a seis de los más respetados expertos en el tema (Jean Lee, Andrei Lankov, Jiyoung Song, Robert Kelly, John Delury y Andrew O’Neil), permite alguna perspectiva sobre ese asunto.

El escenario más probable parecería ser un ‘empate’ técnico en el que ya es imposible neutralizar militarmente el programa nuclear de Corea del Norte sin desatar un armagedón con millones de muertos en esa región del mundo, el cual podría involucrar, incluso, territorios estadounidenses.

El rabo de paja de los republicanos con el asunto del involucramiento de los rusos en la campaña electoral ha creado una paradójica situación en la que el presidente estadounidense se ve obligado –contra su voluntad original –a hacerse el fuerte y el intransigente frente a Putin. Esa tendencia se agravará en el 2018, a medida que aparecen en el horizonte los fantasmas de las elecciones parlamentarias próximas y el de la propia reelección de Trump. Varios analistas hablan de una nueva ‘guerra fría’ entre rusos y gringos, atizada por esa necesidad de proyectar internamente una firmeza que ayude –electoralmente– a dejar atrás dicho episodio.

Colombia, rodeada de crisis

Acercándonos geográficamente a Colombia, específicamente Venezuela, la paciencia de la comunidad internacional con Maduro se está agotando. La situación interna es insostenible económica, política, social y militarmente. La ‘revolución’ chavista ya empezó a devorarse a sus propios hijos, como lo demuestran las recientes purgas en PDVSA. Ese es el comienzo del fin. Maduro manifestó que hará elecciones a las buenas o a las malas: “En el 2018, llueva, truene o relampaguee, vamos a las elecciones presidenciales...”.

El intento de estabilizar el régimen por esa vía muy seguramente va a fracasar. Según dijo en La Nación de Argentina Andrés Oppen- heimer, conocedor profundo de Venezuela y de América Latina, “la crisis económica difícilmente podría ser peor... Sin embargo, hay nuevos datos que muestran que la situación va a empeorar aún más en el 2018”. Y la situación para Colombia va a ser desafiante, como advierte Oppenheimer, “Si los líderes latinoamericanos no intensifican su presión sobre Maduro..., pronto tendrán un problema de refugiados venezolanos mucho mayor que el actual en sus puertas”.

El costo fiscal de atender un número que podría llegar a un millón de refugiados políticos venezolanos, además de las cargas asociadas al posconflicto, significa que el balance de las cuentas de la Nación no parecería tan fácil. De otra parte, el nacionalismo hirsuto del régimen de Maduro representa una amenaza de seguridad nacional para el país. El aventurerismo militar no ha sido ajeno a los dictadores venezolanos cuando experimentan momentos difíciles.

Colombia estará rodeada de crisis regionales durante el 2018. Además de lo que ocurre en Venezuela, la situación del presidente Kuczynski en Perú tenderá a deteriorarse el año entrante, al igual que el panorama económico y político en Brasil. El vecindario está en llamas. Eso nos pone en una situación incierta, adobada por la eventualidad de un escalamiento de las tensiones con Nicaragua, dadas las decisiones que va a tomar la Corte Internacional de La Haya sobre las absurdas pretensiones de ese país. El canciller del próximo gobierno no la va a tener fácil.

¿Y de la violencia qué?

Como habría dicho el expresidente Julio César Turbay, la violencia en el 2018 –en particular los indicadores de homicidios, secuestros y lesiones personales asociados al terrorismo y el narcotráfico– tiene la oportunidad de seguir reduciéndose hasta llegar a “sus justas proporciones”. De hecho, en el 2017, según EL TIEMPO, se alcanzó el nivel más bajo de homicidios en cuarenta años. En opinión de los expertos, esa disminución aguda en los últimos años está asociada al fin del conflicto y al proceso de paz. La muerte de combatientes pasó de mil ochocientos a menos de doscientos este año. Según la Fundación Ideas para la Paz (FIP), “en medio del proceso de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc, Colombia continuó en la trayectoria de descenso de la violencia y logró salir de la lista de los diez países con mayores tasas de homicidio a nivel mundial”. Por eso, el cinismo de los críticos de la paz, que ahora disfrutan a sus anchas de los beneficios de la seguridad, la tranquilidad y la inmensa valoración de sus activos, suena tan malévolo y perverso.

La pregunta es cuán sostenible es esa tendencia a la reducción en la violencia. Eso depende, en primer lugar, de si el proceso de paz sobrevive a las restricciones que le quiere imponer la oposición. Si los obstruccionistas de la paz triunfaran en las elecciones, no es descartable un colapso de los acuerdos que reavive la violencia insurreccional y terrorista. Hay que evitar aquello que ocurrió en varios países de Centroamérica, en los que, por razones ideológicas e institucionales, se debilitó la capacidad militar del Estado, posibilitando el florecimiento desbordado de la actividad criminal.

Generalmente, los posconflictos reducen unas modalidades de violencia y exacerban otras –en particular, aquellas asociadas a la lucha por la apropiación de las rentas ilegales antes monopolizadas por quienes dejan las armas–. De allí que, contra lo que algunos piden, hay es que fortalecer la Fuerza Pública y no debilitarla si se quieren mantener las tendencias de decrecimiento de la violencia. El nivel de violencia dependerá igualmente de la efectividad del control y disminución de las fuentes de rentas ilícitas, como los cultivos ilícitos o la minería ilegal.

El año del perro

Según el horóscopo chino, el 2018 es el año del perro. Dicen los que saben de esas cosas que la personalidad del año del perro puede fluctuar entre un can salvaje –un pitbull– o uno noble, leal y domesticado animal. Las elecciones definirán mucho. A veces toca recurrir a las señales de lo oculto para predecir el futuro. Fajardo pertenece al símbolo chino del mico, al igual que De la Calle. Evidentemente, Vargas Lleras es, en el zodiaco chino, del signo tigre. Pero al candidato de Cambio Radical le toca difícil porque Iván Duque es del signo del dragón. Y a quien escoja el país le va a tocar lidiar con un perro. Donald Trump es nacido en el año del perro, y además en el año del perro de fuego, en la tradición china. Ay, Dios mío.

GABRIEL SILVA LUJÁN
Especial para EL TIEMPO

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