Latinoamérica

Radiografía de las protestas contra Nicolás Maduro

Un muerto, un quemado y tres arrollados por tanques de la Policía: saldo de la jornada.

Venezuela

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Ronaldo Schemidt / AFP

04 de mayo 2017 , 07:53 a.m.

Del cielo no llovió agua, sino gas e indolencia. El destino “sorpresa” al que convocó la dirigencia opositora para la marcha de este miércoles fue develado pronto: la sede de la Asamblea Nacional. 

El octavo llamado a protestar contra el devenir autoritario del gobierno de Nicolás Maduro tenía una razón adicional para la indignación con la convocatoria a una constituyente, que el mandatario celebró bailando en el centro de la ciudad y mientras advertía a quienes exigen elecciones que como respuesta tienen la posibilidad de participar para escoger a los miembros de dicha asamblea.

Minutos antes, el poder electoral daba su aval para activar el proceso.

“Es la única cosa que no le hemos pedido a este gobierno y que nos quiere dar, una constituyente a la cubana para quedarse con el país. ¡Pues no se lo vamos a dar!”.

El grito nervioso es de una trabajadora del Ministerio de Salud que acudió, como miles, al llamado a concentrarse en el distribuidor Altamira e iniciar la marcha que en menos de media hora se transformó quizás en la jornada represiva más prolífica de las fuerzas de seguridad.

Armando Cañizales, un muchacho de 18 años, cayó asesinado por una herida en el cuello y otros 161 resultaron heridos
, formalmente contabilizados solo en el municipio de Chacao –entre ellos, tres arrollados por una tanqueta, uno en estado crítico–. Ese fue el saldo formal de la ‘barrida’ que hizo ayer en las calles de Caracas la Guardia Nacional.

Es la única cosa que no le hemos pedido a este gobierno y que nos quiere dar, una constituyente a la cubana para quedarse con el país

“El joven recibió trauma penetrante en el cuello sin salida que produjo 'shock' y paro cardiorrespiratorio. Falleció mientras era asistido”, dijo Gerardo Blyde, alcalde del municipio capitalino de Baruta.

En los choques, en otro sector del este de la ciudad, un manifestante terminó quemándose cuando con otros jóvenes incendiaban una motocicleta de un militar de la Guardia Nacional.

En los choques de los años 2002 y 2014 no se vio tal despliegue de gases y perdigones contra manifestantes como ahora. La caminata se acercó del viaducto (distribuidor) Altamira hacia el centro de la ciudad, pero ni siquiera llegó a la altura de El Rosal o Chacaíto (kilómetros más adelante), como las otras veces.

Temprana la orden, los lacrimógenos fueron dispersados cual insecticida, ahogando a las personas mayores y obligando a un retroceso que finalizó en Las Mercedes y luego con una refriega de al menos seis horas en Altamira, en la que también la Policía Nacional Bolivariana atosigó a los grupos de estudiantes de Medicina que intentaban rescatar a los heridos durante las protestas.

A la vanguardia, además del gas, los diputados de la oposición, periodistas y grupos de jóvenes encapuchados llevaban la peor parte, pues los cartuchos son disparados a corta distancia y cerca del cuerpo.

Freddy Guevara, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, fue herido en el pie (requirió sutura de 12 puntos) y el diputado Julio Montoya fue impactado por la espalda. Los encapuchados que van al frente salen golpeados por los cartuchos en las piernas y en los brazos. Ronald es el nombre de uno de ellos y acompaña a otros 80 estudiantes –entre universitarios y liceístas– que se ponen en primera línea.

Antes de la refriega, Ronald le explicó a EL TIEMPO que se organizan entre “escuderos”, “tiradores” y el grupo de rescate. Los escuderos llevan fragmentos de puertas, canecas grandes de basura partidas por la mitad o cualquier plástico resistente a modo de escudo con los que tapan a los “tiradores”, que con guantes de jardinería devuelven las bombas lacrimógenas.

“Solo si nos disparan con perdigones les lanzamos las piedras”, dice y muestra varias. Antes de comenzar a caminar se ponen en la primera línea. La gente los bendice: “Que la María Auxiliadora los acompañe”, les dice una mujer. Al tiempo, otro hombre mayor encanecido los alienta: “Háganlo por nosotros, que estamos viejos ya”.

Pero el efecto del gas no distingue, es inmediato y potente, sobre todo disparado a mansalva. La mayoría de la gente ya ha pasado por esto y se prepara. Se ven cientos de rostros blancos, pintados con leche de magnesia o bicarbonato, que atenúan la picazón en la piel, pero adentro del cuerpo su efecto es indetenible. La gente sabe que no debe correr ni desesperarse, pero el gas quema en los ojos y llorar es tan inevitable como vomitar y desmayarse, como le pasó a Mariela, que al tratar de refugiarse en el centro comercial Tamanaco, le cayeron dos lacrimógenas a menos de un metro de distancia.

La salvó de la caída su novio, Miguel, y la revivió el equipo de primeros auxilios del centro comercial. Adentro, cientos de muchachos afectados por las bombas y la indignación gritaban lo mismo que miles de personas en la calle: “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡Libertad!”.

VALENTINA LARES MARTIZ
Corresponsal de EL TIEMPO

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