Latinoamérica

Qué puede cambiar en México con López Obrador en el poder

Se plantea que la cuestión clave no es el impacto económico que causará el presidente de izquierda.

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México

Andrés Manuel López Obrador, de 64 años, ganó la presidencia de México con más de la mitad de los votos.

Foto:

Ronaldo Schemidt / AFP

07 de julio 2018 , 09:39 p.m.

Conocido el resultado de la elección presidencial del primero de julio en México, los analistas de los mercados financieros se preguntan ahora qué tan negativo será el efecto en la economía de Andrés Manuel López Obrador (conocido popularmente como Amlo). La respuesta sincera es que nadie lo sabe con certeza.

La verdad es que hay pocas cosas que les gusten más a los mercados que concluir que un populista no es tan malo después de todo. Al igual que lo hicieron con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y con Ollanta Humala en Perú, entre otros, los entendidos se están apresurando a encontrar razones para el optimismo.

Un motivo de esperanza es que Amlo ha moderado su incendiaria retórica y ya no amenaza con eliminar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Otro es que los populistas latinoamericanos también pueden ser estrictos en materia fiscal, como lo ha demostrado Evo Morales en Bolivia.

El desempeño de López Obrador como alcalde de Ciudad de México fue fiscalmente sólido, y Carlos Urzúa, su probable ministro de Hacienda, jugó un papel en ello. Más aún, el banco central de México es competente y tiene una larga tradición de independencia. El jefe de campaña de Amlo invirtió mucho tiempo en intentar crear confianza entre los inversionistas, y es posible que los mercados ya hayan incorporado el costo de lo que él pueda hacer. Y así, la lista continúa.

Probablemente todo esto sea verdad, pero también es de importancia secundaria. Los gurús de los mercados financieros no están planteando la pregunta correcta. La cuestión clave no es el daño que López Obrador pueda hacerle a la economía, sino a la democracia mexicana. Y en este ámbito las noticias no son buenas.

Es cierto que el populismo es un enfoque de política económica que se niega a reconocer la existencia de limitaciones presupuestarias. En consecuencia, cuando los populistas están en el poder tienden a recaudar montos insuficientes, a gastar y a endeudarse demasiado, y a permitir que aumente la inflación.

Pero, además –y sobre todo–, el populismo es un estilo de política que debilita los mecanismos de consulta y contrapeso, pisotea las instituciones y reemplaza la deliberación pluralista por el liderazgo supuestamente infalible de un líder carismático. Debido a estas razones, como lo subrayan académicos que van desde Jan-Werner Muller, de la Universidad de Princeton, hasta Yascha Mounk, de la Universidad de Harvard, el populismo es una amenaza creciente para la democracia liberal.

Es posible que Estados Unidos y Europa recién descubran (o redescubran) esto, pero los latinoamericanos saben bien, a partir de su historia, que el populismo entraña una peligrosa veta autoritaria. Desde Getúlio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina (hace décadas) hasta Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela (hoy), los populistas han abusado de las normas democráticas y, en algunos casos, se convirtieron en dictadores.

Es un estilo de política que debilita los mecanismos de consulta, pisotea las instituciones y reemplaza la deliberación pluralista por el liderazgo supuestamente infalible de un líder carismático

Amlo se ha ceñido a las reglas del juego democrático durante la mayor parte de su larga carrera política. Sin embargo, no es necesario creer que es chavista o castrista –no lo es– para llegar a la conclusión de que su presidencia podría debilitar aún más las ya vulnerables instituciones de la democracia mexicana.

Su comportamiento luego de perder la elección presidencial del 2006, por apenas el 0,5% de los votos, sugiere lo que podría estar por venir. Sin presentar la más mínima prueba, afirmó que le habían robado la elección y, en un intento inútil por evitar que el ganador asumiera el poder, se instaló a acampar en la plaza principal de Ciudad de México.

De hecho, el país había progresado mucho en reformas democráticas, fortaleciendo el Instituto Federal Electoral (IFE), que es independiente, para que supervisara un proceso electoral que, según el escritor y periodista Héctor Aguilar Camín, fue “el más competido y mejor contado de la historia de México”. Pero esto no impidió que López Obrador se refiriera a los consejeros del IFE como “delincuentes”, a las elecciones como un “cochinero” y al ganador, Felipe Calderón, como un “presidente ilegítimo”.

No debería sorprender a nadie que Amlo haya convertido la lucha contra la corrupción en el elemento central de su campaña. Al hacerlo se conectó con un electorado que no solo está cansado de los embustes de los políticos, sino también asustado frente a lo que a veces parece ser el colapso del Estado de derecho bajo la presión de la creciente –aunque geográficamente circunscrita– violencia relacionada con las drogas.

Nadie espera que el presidente electo presente un plan de diez puntos para luchar contra la corrupción y la ilegalidad. El problema –o al menos uno de los más importantes– reside en que algunos de sus aliados dentro de la heterogénea coalición que lo llevó al poder (varios de ellos exintegrantes del PRI) no son exactamente dechados de transparencia. Todavía más fundamental, él aborda la corrupción con un populismo de manual: los problemas sociales que parecen complejos tienen soluciones simples y no han sido resueltos tan solo porque las élites tradicionales no quieren que así sea. Al elegir a un líder fuerte y con suficiente voluntad, dichos problemas convenientemente desaparecerán.

Se conectó con electorado que no solo está cansado de los embustes políticos, sino también asustado frente a lo que a veces parece ser el colapso del Estado de derecho bajo la presión de la  violencia

Dicho líder, por supuesto, solo puede ser él. Como lo expresa el politólogo Jesús Silva-Herzog, “el remedio que ofrece Amlo para combatir la corrupción es Amlo”. Esto nos recuerda el alarde de Donald Trump en la convención del Partido Republicano: “Solo yo puedo arreglarlo (el sistema)”. El paralelo sería gracioso si no fuera tan alarmante.

El populismo es una forma de política de identidad. Se nutre de la división. Siempre se trata de nosotros contra ellos. El discurso divisivo que culpa a los otros –banqueros y empresarios, extranjeros e inmigrantes, musulmanes o judíos, beatos o ateos– de todos los males de la sociedad es el elemento que liga a los populistas de derecha, como Trump o Viktor Orbán, de Hungría, con los de izquierda, como Hugo Chávez o Rafael Correa, de Ecuador. Amlo es un fiel miembro de esa hermandad. Sus insultos políticos son legendarios. Es probable que haya perdido la elección del 2006 por haber llamado “chachalaca” (un pájaro pequeño y ruidoso) al presidente Vicente Fox. Hace poco se refirió al empresariado mexicano como una “minoría rapaz” que se opone a él porque no desea “dejar de robar”. Para él, la política es la continuación de una guerra a través de otros medios.

México ya está profundamente polarizado. No necesita un presidente que predique una política de la división, aun cuando él resulte ser fiscalmente prudente. Sin embargo, es lo que el país tendrá después de haber votado por Amlo.

ANDRÉS VELASCO*
© Project Syndicate
* Excandidato presidencial y exministro de Hacienda de Chile. Ha sido profesor de las universidades de Harvard, Columbia y Nueva York.
Santiago De Chile
En Twitter: @AndresVelasco

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