Latinoamérica

40 años del caminar de las Madres de la Plaza de Mayo

El 30 de abril de 1977 se reunieron en Buenos Aires 14 mujeres que buscaban a sus hijos.

Madres de la Plaza de Mayo

Nora Cortiñas (izquierda) y Mirta Baravalle, dos de las líderes más importantes de la Línea Fundadora del movimiento argentino Madres de la Plaza de Mayo.

Foto:

Reinaldo Ortega - Archivo particular

01 de mayo 2017 , 12:31 a.m.

Era el 30 de abril de 1977 y a las 4:30 de la tarde se dieron cita, por primera vez, 14 madres. La dictadura de 1976 en Argentina había dejado 30.000 desaparecidos, entre ellos miles de jóvenes militantes peronistas y montoneros que fueron perseguidos por el teniente general Rafael Videla, quien se hizo al poder con un golpe militar mediante el cual destituyó a María Estela Martínez de Perón.

Entre 1973 y 1976, con el accionar de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), comenzó a practicarse el terrorismo de Estado, sistematizado a partir del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

El ‘grupo de tareas’ integrado por policías, civiles y militares secuestraba y conducía a miles de personas a los centros clandestinos de detención, donde eran torturadas y, en la mayoría de los casos, asesinadas. La militancia se volvió clandestina y una generación de jóvenes fue exterminada.

¡Treinta mil desaparecidos detenidos, presentes! ¡Treinta mil desaparecidos detenidos, presentes! ¡Ahora y siempre! ¡Ahora y siempre!

Ese el coro que suele comandar Nora Cortiñas, de 87 años, una de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Norita, como le dicen muchos, es de estatura baja, una viejita de esas que pareciera necesitar ayuda para pasar la calle y, sin embargo, cuando habla los demás callan. Se levanta, dice sus consignas y entonces estudiantes, ciudadanos de a pie, sindicalistas y militantes las repiten en una sola voz con un tono estremecedor.

Su hijo Carlos Gustavo tenía 24 años cuando se lo llevaron miembros de las Fuerzas Armadas, el 15 de abril de 1977. Era un militante de la Juventud Peronista de la villa 31 de Buenos Aires y de él no se ha vuelto a saber nada. Dejó una esposa y un hijo, que hoy tiene 42 años y que es padre de dos niñas, según cuenta la misma Cortiñas.

“Gustavo no llegaba, no llamaba. Mi casa tenía un jardín adelante, con unas plantas de hojas muy grandes. Ana (su esposa) se sienta enfrente de la ventana y entonces empieza a ver que pasaban unos autos Ford Falcon; uno, otro, dando vuelta a la manzana. Y volvían a pasar. Ella intuía que algo iba a suceder. En una de esas tocan el timbre y Ana, en vez de asomarse por la ventana, abre y atrás estaba un tipo apuntando con una pistola, y le dijo: ‘vengo a decirle que Gustavo tuvo un accidente, que está en un hospital’. Era típico eso, en algunos casos. Y entonces como ella hizo un mohín de no abrir, le dijo: ‘bueno, la casa está toda rodeada, así que ábrame porque si no igual vamos a entrar’, apuntándole con una pistola. Bueno, abrió la puerta y se metieron dentro como diez tipos. Revisaron, se robaron cosas y después vieron todos los armarios. Cortaron el teléfono y dijeron: ‘hoy mejor no llame a nadie, no llame a ningún lado’ y se fueron, sin decir que ya tenían a Gustavo, desde luego”, cuenta la mujer.

Madres de la Plaza de Mayo

Clara Jurado y otras madres, en 1981.

Foto:

Daniel García / AFP

Mirta Baravalle, de 92 años, es otra de las insignes Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y también precursora del movimiento Abuelas de Plaza de Mayo. Ella, que estuvo presente en esa primera ronda del 30 de abril de 1977, cuenta: “ese día llegamos 14 mujeres, porque habían hecho una convocatoria, pero no solo a las madres, sino que habían llamado a todos los familiares”.

A ella un grupo de militares le secuestró a su hija Ana María, embarazada de 5 meses, y a su pareja, Julio César Galizzi. Desde ese día, 27 de agosto de 1976, Mirta continúa con la búsqueda de su nieto nacido en cautiverio.

Ese primer jueves, 30 de abril, las madres presentes firmaron una solicitud de audiencia formal con el presidente Videla y la pasaron ante el Ministerio del Interior. Cada semana se acercaban en búsqueda de una respuesta. A los dos meses, tres de ellas, Azucena Villaflor, María del Rosario Cerruti y Ketty Neuhaus, fueron recibidas por el ministro Albano Harguindeguy, quien negó que hubiera secuestros, torturas y desapariciones.

“Como veíamos que nadie nos daba respuesta o eran respuestas ofensivas, entonces una de las madres consideró que si éramos muchos los familiares que reclamábamos frente a la casa de gobierno, ante Videla, el genocida, nos iban a dar una respuesta y así se fue convocando a más familiares. Ese 30 de abril habíamos quedado de encontrarnos frente a la casa de gobierno y nos dimos cuenta de que todas las que habíamos llegado éramos madres. No había hermanos ni esposas buscando esposos; no, todas buscábamos a nuestros hijos”, cuenta Mirta.

Nos hicimos en la plaza, pero no pasaba gente, no había movimiento y no nos habíamos dado cuenta de que era sábado... ¡y que la casa de gobierno estaba cerrada! Entonces empezamos a pensar qué día sería bueno para encontrarnos: lunes, no; lunes era día para lavar la ropa, decía una, había tareas que hacer; viernes es día de mala suerte, decían otras madres, y entre una y otra decidimos que el jueves era el día perfecto. Desde entonces hacemos la ronda todos los jueves a las 3:30 de la tarde”, continúa Mirta.

“Íbamos golpeando puertas y llegamos a una iglesia donde se había puesto una oficina de marinos y militares a la que unas madres iban una vez por semana a preguntar por sus hijos y a escuchar burlas y barbaridades. Entonces Azucena Villaflor propuso ir a la Plaza de Mayo a juntarnos, para ir desde allí a exigir que nos dijeran dónde estaban nuestros hijos. Ahí fue el primer encuentro. Yo fui recién dos semanas después, cuando me enteré, pero llegó un momento en que nos juntamos tantas que ahí sí empezamos a molestar un poco a los militares”, narra Cortiñas, quien asegura que 40 años después “no sabemos qué pasó con ellos ni con ellas y no se han abierto los archivos; seguimos siempre esperando que nos digan qué pasó con los desaparecidos”.

El año pasado se conmemoró el 40 aniversario del golpe militar. La avenida 9 de Julio, la más ancha de Buenos Aires y donde está el obelisco, estaba a reventar, al igual que Avenida de Mayo. Todos los partidos políticos, movimientos feministas, anarquistas, colectivos verdes, sindicalistas, el partido obrero; los ‘K’, como les dicen a los kirchneristas; familias y ciudadanos del común salieron a marchar. Cuando un camión que llevaba a las Madres de la Plaza pasó por allí, la gente empezó a gritar consignas de acompañamiento, porque, dicen, son las madres de todos los desaparecidos.

Los primeros momentos

Ese mismo año de 1977 había estado de sitio y la Policía les había advertido a las madres que no podían agruparse ni detenerse y que solo podían moverse, y así fue como empezaron a circular de a dos, tomadas del brazo, al principio alrededor de la plaza y después, alrededor del monumento a Belgrano. Comenzaron 14 y un año después ya eran 100. Tras esa primera reunión, otras madres se fueron acercando; algunas dudaron durante meses y otras, varios años.

¿La razón? Miedo.

“Fui un día jueves. ¿Serán? ¿No serán? ¿Viste? Porque uno tenía desconfianza de todo. Me acerco al grupo lentamente y sale Tita Maratea, una madre, y me dice: ‘¿A quién tenés desaparecido vos?’, y yo, desconfiada, le dije: ‘¿y cómo sabés que puedo tener a alguien desaparecido?’. ‘Por la cara de tristeza que tenés, me dijo’ ”, narró Carmen Lapacó en el libro ‘Las viejas: Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora cuentan su historia’.

A fines de los 80, me decido a ir a la plaza. ‘Yo soy una estúpida, una estúpida’, y María Adela Gard, una de las madres, me decía: ‘¡No digas eso! Cada una se acercó cuando su vida se lo permitió. A todas nos faltan hijos. No, en buena hora lo hiciste, en buena hora reaccionaste’ ”, expresó Tati Almeyda, en el libro mencionado.

Ir a la Plaza de Mayo era ir a una batalla (...) Ese espacio lo habíamos ganado, era nuestro, lo sentíamos como el fondo de nuestra casa. Nos pertenecía

“Ir a la Plaza de Mayo era ir a una batalla. Cuando llevaban los perros, nos ladraban para morder. Los caballos… Uy, ¡cuando un caballo se ponía encima de uno! Ese espacio lo habíamos ganado, era nuestro, lo sentíamos como el fondo de nuestra casa. Nos pertenecía”, dice Carmen Cobo.

Madres desaparecidas

Los primeros días de 1977, un grupo de militares dirigidos por Alfredo Astiz secuestró a 12 personas vinculadas a las Madres de Plaza de Mayo, entre ellas a Azucena Villaflor, quien ideó aquella primera ronda. Venía de comprar el diario y fue secuestrada en la esquina de su casa.

Nora Cortiñas cuenta que, a mediados de 1977, “apareció un oficial de la Marina que nos empezó a vigilar y miraba cuáles madres eran más activas para llevárselas. En diciembre, los militares decidieron que las iban a secuestrar. Después de 27 años de estar enterradas lejos de la capital nuestra, un grupo de antropólogos encontró los restos de seis de las madres, de una de las monjas francesas y de otros militantes”.

La desaparición forzada de mujeres embarazadas y de niños recién nacidos fue uno de los capítulos más cruentos de esta historia.

“Hace unos días encontraron a un joven y dieron con su verdadera identidad. Como él hay 122 más que tienen alrededor de 40 años y han padecido el horror del secuestro de su verdadera identidad”, añade Cortiñas.

En el caso de Mirta, ella busca a su nieto o nieta. Ella cuenta que por ese entonces le confirmaron que su bebé iba a nacer antes del 15 de enero del 77. “Efectivamente, el día 12 de enero supimos que había nacido. Y de ahí no hemos vuelto a saber nada, absolutamente. Nació en un campo de concentración. ¿A dónde los llevaron? ¿Por qué, quienes dieron las órdenes?... Bueno, estamos igual que el primer día”, afirma.

“Este año ese bebé cumpliría 40 años y, bueno… Me aferro a la vida, porque antes de partir quisiera tener la dicha de encontrarla o encontrarlo y decirle qué clase de personas eran sus padres, hermosas personas, así que seguiremos buscando, y esperanzados siempre”, termina con la voz apagada.

CLAUDIA MILENA GONZÁLEZ B.
Redacción Domingo

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