Europa

El mundial de Vladimir Putin, el 'zar moderno' de Rusia

Putin moldea basado en la ley y el orden. Podría hacer que el mundial de este año sea muy distinto.

Vladimir Putin y Gianni Infantino

A la derecha, Vladimir Putin, quien ha ejercido el cargo desde el 2000, con una pausa entre el 2008 y el 2012. A la izquierda, el presidente de la Fifa, Gianni Infantino.

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Alexei Druzhinin / AFP

03 de junio 2018 , 05:45 a.m.

No. Es inviable, un verdadero disparate, decirle no a Vladimir Putin, ese presidente de mala imagen en Occidente, pero al que la mayoría de sus compatriotas ven y veneran como un zar, esa figura que Rusia aniquiló hace un siglo. Y es un disparate porque Putin no hay uno, sino millones. En cada uno de sus conciudadanos –un 76 por ciento, si se atiende a las recientes elecciones presidenciales– hay un pequeño Putin.

Ley, orden y respeto extremo a la autoridad: sobre esa fe se sostiene Rusia, un país en el que sigue habiendo ciudades con diez veces más mujeres que hombres, a causa de los 24 millones de muertos que puso durante la Segunda Guerra Mundial. La historia, 70 años después de los hechos, sigue muy viva en el país más grande del planeta. Muchos se preguntan por qué son tan serios los rusos. No debe ser fácil reírse con esa herencia.

Ley, orden y respeto a la autoridad es un coctel que, combinado con una dosis notable de nacionalismo, Putin mezcla y sirve como ninguno. Si cuatro años atrás el Mundial se celebró en un país futbolero, que a la hora de exhibir orden y progreso solo lo hace con consistencia en la tela de su bandera nacional, el de la Rusia pos Unión Soviética será algo completamente distinto: el torneo llega a un territorio desconocido para el deporte más popular del planeta, 145 millones de personas masivamente inclinadas a las disciplinas de invierno y una sociedad que no admite que se la saque de la mesa de los países más poderosos del mundo. Rusia se ve a sí misma como una potencia, y eso se percibe ya en el aeropuerto Charles de Gaulle en París. Alcanzan diez segundos de diálogo con el caballero a cargo del mostrador de Aeroflot, la línea aérea de bandera rusa.

–¿Cuándo vence su visa?

–Déjeme ver, creo que el 25.

Pero ¿cómo es que no tiene clara la fecha? ¿No se da cuenta? ¡Usted está volando a Rusia!

Humillado, el viajero con pasaporte alemán ve cómo en el mostrador de al lado, un argentino hace el ‘check-in’ sin mayores trabas. La habitual conveniencia de tener un pasaporte europeo para viajar por el mundo es desmentida por Rusia, ese país de relaciones tensas con la Unión Europea y Estados Unidos, que no le pide visado a la mayor parte de los países latinoamericanos. Otra cosa, muy diferente, será cuando llegue el Mundial. Ser dueño de una entrada para alguno de los 64 partidos de la Copa del Mundo es necesario, pero insuficiente. La estrella del torneo es el Fan ID (documento del hincha), y será ineludible tramitarlo por internet antes de viajar a Rusia, porque sin él, la entrada al estadio estará vedada, incluso si se compró el ‘ticket’ más VIP entre los VIP. Así, el gobierno de Putin cuenta con una herramienta de control directo que ningún otro país sede del Mundial tuvo nunca.

Vladimir Putin, ese presidente de mala imagen en Occidente, pero al que la mayoría de sus compatriotas ven y veneran como un zar

Con entrada y Fan ID en la mano y ya en Rusia, el viajero que quiera ingresar al estadio del Spartak, una de las dos sedes moscovitas del Mundial, se encontrará con Nikolai Fokin. O, si no es él, con alguien muy parecido a él. Camisa gris oscuro, pantalón negro, corbata negra y gorra negra, Fokin viste una campera de cuero. Negra también. Pelo bien corto y prolijo, no tiene más de 30 años, pero lo que más impacta es su gesto serio, devastadoramente serio.

“¡Metallista!”, dice Fokin. El aparato de seguridad acaba de detectar metal en alguna mochila. “¡Elektronika!”, lanza un par de segundos después. Fokin está mirando al detalle cada mochila, campera y objeto electrónico que pasa por el escáner a las puertas de un estadio que es símbolo de la Rusia que recibirá el Mundial este mes.

Durante las décadas de la Unión Soviética y los efervescentes años que siguieron a la caída del muro de Berlín, el equipo F.C. Spartak de Moscú saltó de estadio en estadio porque no podía financiar un escenario propio. Hasta que Rusia tomó envión, hasta que la Moscú de los oligarcas hizo sentir su poder para que se lo construyera en los terrenos de un viejo aeródromo y junto a una reluciente nueva estación de la increíble red del metro de Moscú.

Inaugurado en 2014, fue puesto a prueba para el Mundial durante la Copa Confederaciones del 2017 y el resultado no se mide en goles, sino en sensaciones: alucinante estadio. Lo mismo puede decirse del que es el gran escenario del Mundial, el Luzhniki, que será sede del partido inaugural el 14 de junio y de la final del 15 de julio. El vistazo general del estadio ofrece sensaciones similares al Olímpico de Berlín: marcial y granítico a primera vista, pero vibrante y bien futbolero cuando se llena. La diferencia es que a la entrada principal del Luzhniki impresiona una enorme estatua de Lenin.

A Putin no le gusta el fútbol, al nuevo zar le gustan el judo, el tiro y el hockey sobre hielo. Y el poder, sobre todo el poder. Lo notó Mauricio Macri durante una visita al Kremlin en enero de este año. Allí, como suele hacer ante prácticamente todos sus pares, el presidente de la Nación eligió el fútbol como vía para romper el hielo. Claro, Macri no contaba con dos cosas. Una, que su nivel de obsesión con el fútbol no es igualado por casi ninguno de los jefes de Estado y de gobierno con los que se encuentra. La otra, que hay mucho hielo antes de llegar a Putin. El diálogo, relatado por un testigo directo de la conversación, fue el siguiente:

–Macri: Presidente, voy a estar en dos partidos de la primera fase viendo a Argentina, pero voy a volver para la final.

–Putin: Qué bueno.

–Macri: Sí, voy a volver para la final y le pido que me prepare el mejor caviar. Pero no vodka, porque no me gusta el vodka.

–Putin: Usted va a tener el mejor caviar, pero usted toma vodka en Argentina, y eso no es vodka. Acá le vamos a servir vodka, y lo va a tomar.

A tomar vodka, qué duda cabe.

Así como sorprendió a Macri, Putin moldeó un país del que deberían ser bien conscientes los que lo visiten durante el Mundial. Pueden ir olvidándose de tomar sectores de la ciudad como sucedió cuatro años atrás, cuando las arenas de Copacabana fueron prácticamente un territorio liberado para los hinchas. No, en Rusia serán imposibles esas concentraciones descontroladas de gente, mucho menos desafiar la autoridad de la policía. Tampoco será recomendable pelearse en un bar con los locales, como sucedió entre argentinos y brasileños en 2014. Circulan desde hace tiempo informaciones acerca de una alianza entre barras bravas rusas y argentinas para enfrentarse con los ingleses durante los días del Mundial. Otra vez: Rusia no es Brasil.

La revista ‘The Economist’ publicó recientemente una historia de tapa hablando de los ‘Puteens’, aquellos ‘teenagers’ que no conocen otra cosa que al zar moderno de Rusia como jefe absoluto. Mijail Soloviev nació el 31 de diciembre de 1999 en Siberia, en una tarde de 50 grados bajo cero. Un par de miles de kilómetros al sur, Boris Yeltsin anunciaba su renuncia al cargo de presidente de Rusia. Comenzaba, además de la vida de Soloviev, la era Putin.

Dieciocho años después, Soloviev pudo votar, y lo hizo por Putin. “Es cierto que hay algunos problemas, pero las cosas van bastante bien, podría ser mucho peor”, argumentó el joven con un razonamiento que suscriben muchos de sus compañeros de generación: un reciente estudio del Centro Carnegie en Moscú señaló a los jóvenes como el grupo más reacio a encarar cambios de envergadura en el país. Así, Putin cuenta con una base social envidiable: la de los adultos de edad avanzada que aún recuerdan la guerra, la posguerra y la escasez de los tiempos soviéticos, y los jóvenes que en las grandes ciudades como Moscú y San Petersburgo disfrutan de un nivel de consumo que envidiarían muchos de los suyos en Occidente. Porque Rusia es hoy eso, un país de contradicciones: la arquitectura socialista sigue ahí e intimida a cualquiera, pero en sus calles campa un consumismo capitalista que tres décadas atrás era ciencia ficción pura y dura.

Lo explica Katya, una estudiante de Relaciones Internacionales que prefiere no dar su nombre completo, pero que de todos modos habla clarísimo en medio del bullicio nocturno del barrio de Arbat, una de las mecas moscovitas a la hora de la diversión. “Putin no me fascina, pero mis padres y mi abuela dicen lo mismo: nunca vivieron tan bien como hoy”.

La frase se repite con frecuencia cuando se indaga entre los rusos acerca de su opinión sobre el nuevo zar. No importa que Occidente sancione a Moscú por anexar Crimea o por haber supuestamente envenenado a exagentes propios en el Reino Unido. Los golpes parecen fortalecer a Putin, que cuatro años atrás, al encontrarse con que la Unión Europea (UE) lo dejaba sin queso francés, decidió desarrollar la industria local hasta llevarla a un nivel que hoy le permite prácticamente olvidarse de importar.

Da fe de eso Martín Repetto, argentino y máximo responsable gastronómico del Hotel Ukraina, una de las joyas arquitectónicas de Moscú y parte de las ‘siete hermanas’ que mandó construir el sanguinario Josef Stalin. “Hace dos semanas probé un camembert ruso, también un ‘brie’, y eran diez veces mejores que el francés. ¿Por qué? Porque la calidad de la leche es mejor, porque la producción es menos intensiva. Las sanciones beneficiaron a Rusia, que puede producir todo sin necesidad de recurrir a Europa”.

La visión de Repetto, que dice convencido que a la Argentina le iría mucho mejor si Macri fuera como Putin, contrasta con la agudeza de Thomas Friedman, columnista estrella de ‘The New York Times’. Friedman recurrió a la ironía para abordar semanas atrás la figura del presidente ruso y tituló un artículo preguntándose si Putin no es “un agente estadounidense”. Según el columnista, “Putin tomó tantas medidas en los últimos años que contribuyeron al debilitamiento de la base de la economía y el capital humano rusos, que uno tiene que preguntarse si no le paga la CIA”.

Provocaciones aparte, con Putin pasa lo mismo que con Donald Trump: es un error estudiarlo desde afuera y suponer que sus votantes razonan como las élites universitarias y clases medias europeas y de las grandes ciudades latinoamericanas.

No, a Putin, como a Trump, hay que intentar entenderlos poniéndose en el lugar de los compatriotas que los votan. Y entonces es más sencillo comprender que poco y nada le importa a la mayoría de los rusos que Putin le dijera a Oliver Stone que no tiene nunca “un mal día” porque no es “una mujer”. Mucho menos que añada que no se ducharía con un homosexual “para no provocarlo”. Las mismas frases serían perfectamente creíbles puestas en boca de Trump. Suena a ‘boutade’, pero no lo es: en más de un aspecto, Washington y Moscú nunca estuvieron tan cerca. Afortunada es la Casa Blanca de que la selección estadounidense se quedara fuera del Mundial. Un problema menos, porque se evita lo que el Reino Unido y otros países ya anunciaron, el boicot de sus delegaciones políticas. Boicot ‘light’, claro, porque hasta ahí podía llegar la cosa, ir más allá sería territorio desconocido: no hay gobierno que resista boicotear el Mundial.

A Putin no le gusta el fútbol, al nuevo zar le gustan el judo, el tiro y el hockey sobre hielo. Y el poder, sobre todo el poder

¿Cómo será el ambiente en Rusia 2018? Las hipótesis son varias, pero hay una certeza: será el Mundial de la hiperseguridad. Lo que falta saber es si habrá ambiente futbolero y estadios llenos o si pasa relativamente inadvertido. Moscú sufrió el sabotaje occidental a los Juegos en 1980 e hizo un papelón mundial con el dopaje de Estado en los de Sochi 2014. Sí, Rusia necesita un gran evento deportivo en el que por fin todo transcurra con normalidad, y en ese sentido parte con ventaja, porque lo más importante es siempre lo que muestre la televisión: un Mundial o unos Juegos podrán tener incontables defectos, pero esas impresiones a pie de calle se hundirán ante lo que reluzca en el 4K.

La Fifa, necesitada de que el Mundial sea un éxito deportivo y económico, sabe en qué país está. Un país que el año pasado fue objeto de duras críticas al descubrirse 110 norcoreanos en condiciones de cuasiesclavitud que trabajaban en las obras de los estadios para el Mundial. Nada que asuste a la Fifa, porque si en Rusia son norcoreanos, en Catar fueron (son) filipinos y paquistaníes. La máquina del Mundial, que incluye siempre costosos estadios, se engrasa con dosis de sufrimientos e injusticias.

Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, quiere ser reelegido el año próximo y no puede permitirse otra cosa que un Mundial brillante. Hay razones para pensar que Rusia tiene la base para ofrecerle esa tranquilidad, porque se trata de un país que históricamente se gana todo con esfuerzo y trabajo. Los niños de 5 años están hasta las 6 de la tarde en el jardín de infantes, y un par de años después estudiando danza o ballet, canto, pintura, inglés y practicando lucha. Al ruso, desde muy chico, se le enseña a ser inteligente y tenaz. Y feroz, si es necesario.

Victor Montagliani, el canadiense que preside la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Fútbol, dijo a ‘La Nación’, durante una reciente visita a Buenos Aires, que nada extraño sucederá en el Mundial. “El fútbol es más grande que la política”, argumentó. Otro dirigente, también de gran peso en el fútbol internacional, pidió en cambio que no se citara su nombre antes de explicar por qué, a su entender, Rusia 2018 será un éxito. Desde el anonimato fue bastante menos poético que Montagliani: “¡Putin es un dictador! Por eso es que todo va a estar en orden”.

Puede llamárselo demócrata al estilo ruso, autoritario o dictador, pero la realidad es que Vladimir Putin, a sus 65 años, está por encima de todas las etiquetas. Agente de la KGB en sus años jóvenes, llegó a dirigirla por un año a fines de los 90, cuando su nombre ya había cambiado al de FSB (Servicio de Seguridad de la Federación Rusa). Y así como conoce las técnicas del más sofisticado de los espías, el presidente ruso sabe también moverse en el mundo de la alta política deportiva.

Once años atrás se subió a un avión para aterrizar en Guatemala. ¿El objetivo? Decirles en persona a los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) que Sochi era la mejor sede para los Juegos de Invierno. No era un objetivo sencillo, porque la surcoreana Pieonchang partía como favorita en aquella asamblea general del COI; sin embargo, Putin deslumbró a sus interlocutores y la candidatura rusa ganó por un ajustado margen de cuatro votos. “Habló francés cuando nunca se lo había escuchado hablar francés, habló inglés cuando jamás habla inglés. El carisma de Putin bien puede explicar esa diferencia de cuatro votos”, analizó el francés Jean Claude Killy, exesquiador e integrante de ese exclusivo club que es el COI. Sochi 2014 costó más de 12.000 millones de dólares y Pieonchang debió esperar hasta este año para ser sede de los Juegos. Fue un gran triunfo de Putin, aunque muchos seguirán recordando Sochi 2014 sobre todo por los agujeros que los servicios secretos rusos hicieron en el laboratorio antidopaje para cambiar muestras de orina que perjudicaban a sus deportistas.

¡Putin es un dictador! Por eso es que todo va a estar en orden

Tres años después de aquella exitosa incursión por Centroamérica, Putin tenía un desafío en los Alpes suizos. En diciembre del 2010, la Fifa aceleraba en la extravagante decisión de votar en un mismo día la sede de dos Mundiales, el del 2018 y el del 2022. Nunca en la historia se había hecho algo así, pero Joseph Blatter, por entonces rey del fútbol mundial, forzó el llamativo formato. Seis años después, durante una entrevista con ‘La Nación’, Blatter definió como “un error” el hecho de acumular decisiones en el 2010. Y debe estar sinceramente arrepentido, porque aquella elección significó el comienzo del fin para él y el estrepitoso derrumbe de la estructura de corrupción en todo el mundo del fútbol, comenzando por la Fifa. Ocho meses antes de aquella confesión, el suizo se había despachado extensamente con la agencia rusa de noticias TASS. Según él, el plan original contemplaba que el 2018 sería de Rusia y el 2022, de Estados Unidos.

Siempre grandilocuente, Blatter aspiraba a que el fútbol enterrara simbólicamente el recuerdo de la Guerra Fría. Sin embargo, el emir de Catar se interpuso, invitó a cenar a Nicolas Sarkozy, por entonces presidente francés, y el supuesto acuerdo de votar por Estados Unidos se cayó. Cuatro votos de miembros europeos del comité ejecutivo de la Fifa cambiaron a favor de Catar e hicieron que Estados Unidos perdiera 14-10.

Cinco años después de la polémica votación, el Departamento de Justicia estadounidense –es decir, el gobierno de Barack Obama– lideró una redada en un lujoso hotel de Zúrich, el Baur au Lac, y destruyó de una vez y para siempre aquella Fifa. ¿Venganza? Quién sabe. Lo cierto es que Blatter está acabado y Sarkozy y Obama son ya pasado en la política mundial, mientras que Putin sigue ahí.

Garri Kasparov, ex campeón mundial de ajedrez, dijo recientemente a ‘The New York Times’ que el modelo de Putin es “la cleptocracia sin ideología”, pero el dato más impactante es que el presidente ruso superó ya a Leonid Brezhnev en cuanto a tiempo en la cima del poder. Reelegido este año, podrá estar al menos hasta 2024 como dueño del Kremlin. Y, el mes próximo, como fuerza decisiva en el Mundial con el que sueñan 32 países.

SEBASTIÁN FEST
LA NACIÓN (Argentina) – GDA
En Twitter: @sebastianfest

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