Europa

Los fantasmas de Europa

El populismo podría revivir en el continente. Alemania, Francia, España y Hungría están alerta.

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En Francia grupos de gitanos han protestado en contra de la xenofobia.

Foto:

AFP (Imagen de archivo)

16 de febrero 2017 , 06:04 p.m.

Tal como Marx ironizaba en su manifiesto sobre el pavor que despertaba el comunismo en los círculos burgueses de la Europa del XIX, hoy, parece que un fantasma ronda por la ilustrada, próspera, pluralista y tolerante Europa: el del populismo.

La prensa adjetiva ese miedo con otros ribetes igual de alarmantes: fascismo, xenofobia, racismo, misoginia, nazismo, etcétera. El fantasma puede adoptar múltiples caras en Berlín, pasando por Paris hasta llegar a Madrid o Budapest. No es la primera vez que los fantasmas se campean por las calles que se tiñeron de sangre en 1914 y 1939.

Una aparición. Hogar Social Madrid pegó en las tiendas Starbucks de Madrid una calcomanía con la que se burlaba de la intención de las tiendas de café de contratar 10.000 refugiados.

La calcomanía hacía un juego de palabras entre ‘Starbucks’ y ‘Starburka Refugees’. Junto a la ridiculización se pegó un afiche que rezaba: ‘aquí contratan refugiados mientras tu estás en paro’.

Otra. Alternativa por Alemania, un partido político que surgió como reacción contra los rescates de la Troika y de la integración cultural con los refugiados, desde 2013 molesta a los movimientos políticos tradicionales.

Tanto que en las elecciones locales aprovecharon el sentimiento de desilusión contra Merkel y su proyecto de bienvenida a los refugiados y a la integración europea, para capitalizar votos.

Una más. Marine Le Pen revigoriza su proyecto nacionalista y euroescéptico con el desencanto de la mayoría de los franceses por ver su territorio convertido en un peaje migratorio en la Jungla de Calais o en escenario de tensiones raciales por el uso del burkini en Niza.

Pero, ¿Cómo se comprende el andar de todos estos fantasmas?, ¿Es uno solo? ¿Es un fantasma o una certeza política?

Todo apunta a que el ascenso del populismo es la erosión de los principios la democracia liberal. Puede ser que la ridiculización de la sirena de Starbucks revele que Europa es una sociedad bárbara, pero pocos análisis relacionan ese descontento nacionalista con la decepción de los anhelos de una clase media trabajadora europea.

Así, solo restaba esperar el arribo de líderes mesiánicos que tradujeran esos sentimientos en votos.

La otrora razón liberal que dirigía las acciones políticas y que equilibraba las cargas emocionales en la arena política, se mimetiza en un manto de rabias que capta la atención de jóvenes desempleados.

La deliberación política, se cambia por la quema de carros en las calles; la tolerancia cotidiana se diluye en unas fronteras militarizadas y la prosperidad es señal antipática de beneficios particulares que poco atienden al bien común de la comunidad europea.

Tolerancia, libertad y deliberación racional terminan siendo estrofas de himnos y no propósitos políticos que fortalezcan la vida de esa clase media europea.

La estructura, sobre todo, la estructura política de la democracia europea se reestructuró. Los partidos socialdemócratas, conservadores y liberales, hasta los ecologistas y socialcristianos, son espectadores y no protagonistas de la deliberación democrática.

Los movimientos sociales, civiles, estudiantiles o gremiales prefieren soslayar la estructura partidista porque desconfían de ella. Los líderes de esos partidos políticos cohonestaron empresas de corrupción que minaron la confianza en sus resultados y propuestas.

No es accidental que Alternativa por Alemania escape a la tradicional lógica partidista alemana. O que Podemos satisfaga con mayor entusiasmo los intereses de la izquierda que antes representaba el Partido Socialista Obrero Español.

Las demandas sociales desbordaron la dinámica de la representación parlamentaria. Ahora, esa ciudadanía vota y se moviliza en contra o a favor de los migrantes, del euro, de los rescates, en fin de lo que sea. Porque hay una agenda ciudadana que los partidos políticos no han asimilado en sus propuestas.

Esa desconexión de los lenguajes de los movimientos ciudadanos y las respuestas de los partidos políticos señala la impotencia de las clases políticas de resolver los conflictos de la Europa contemporánea.

Los grandes medios de comunicación, los reconocidos empresarios, los prestigiosos académicos, los actores, los literatos y demás privilegiados se percataron de que el grueso del electorado o de los encuestados no se sintonizaban con sus esquemas ideológicos.

Dichas élites daban por descontado que la ciudadanía era una notaria de sus proyectos de inclusión migratoria o de los planes de austeridad y que las elecciones eran un simple trámite. Pero no. La ciudadanía ya no se moviliza solo con los partidos y, así ganan elecciones y gobiernan con gentes que hablan su mismo lenguaje. Así ese diálogo sea solo para ganar un escaño o precisamente, para eso.

Y, al satanizar los reclamos de protección militar o de preservación de la cultura laica de los Estados como un grito populista o racista, flaco favor le hace a la deliberación democrática. Ya asediada por los prejuicios y la sordera voluntaria.

Los fantasmas del populismo, del fascismo, de la xenofobia o de la exclusión religiosa están asustando a Europa. En la academia hay perplejidad; en la prensa, desconcierto; en los clubes de millonarios, pavor.

Pero en las urnas hay migrantes y ciudadanos desempleados que esperan a que sus demandas democráticas se tramiten con justeza. Y si no, la acción directa (no siempre pacífica y tolerante) y la frustración serán los detonantes de similares conflictos a los de 1914 o 1945. Dios quiera que no.

DIEGO CEDIEL
PROFESOR DEL PROGRAMA DE CIENCIAS POLÍTICAS
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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