Europa

Assange y Chelsea Manning, una novela de sexo, internet y espionaje

Esta semana el mundo vio un capítulo sorprendente de una historia cuyo desenlace aún es incierto.

Chelsea Manning y Julian Assange

Chelsea Manning (izq.) publicó en las redes sociales su nueva imagen. Julian Assange (der.), durante una rueda de prensa, en la embajada de Ecuador en Londres,

Foto:

Cortesía de Chelsea Manning / AFP - Facundo Arrizabalaga / EFE

21 de mayo 2017 , 01:00 p.m.

Julian Assange y Chelsea Manning, dos de los íconos de estos tiempos en los que la humanidad nada entre las aguas del ciberespacio, volvieron a ser tendencia planetaria.

La fiscalía de Suecia anunció el viernes la suspensión del proceso contra Assange, acusado de acoso sexual y violación, hechos supuestamente cometidos en el año 2010. Los cargos llevaron al fundador de Wikileaks a refugiarse en la embajada de Ecuador en Londres ante la indignación de millones que lo consideran un héroe de la libertad y el escepticismo de otros tantos que dudan de su transparencia.

Empezó –escribió de él alguna vez Mario Vargas Llosa– “como oscuro ladronzuelo de la intimidad ajena”, que es lo que hace un ‘hacker’ informático, “aunque el anglicismo trate de inocular dignidad a ese innoble oficio”.

“Detenido por siete años sin cargos… mientras mis hijos crecieron y mi nombre fue calumniado. No perdono ni olvido”, gritó Assange en Twitter tras conocer la decisión judicial.

Horas antes, las redes se sacudieron al ver a la exsoldado Chelsea Manning, también arrestada en 2010, quedar en libertad. En ese instante, sin embargo, no era ella sino él, se llamaba Bradley y fue llevado tras las rejas por filtrar 750.000 documentos con secretos militares y diplomáticos a Wikileaks.

“La libertad solía ser algo con lo que soñaba, pero que nunca me permití imaginar completamente. Ahora es algo que compartiré de nuevo con mis amigos y seres queridos tras casi siete años de rejas y cemento, de períodos con regímenes de aislamiento y de haber visto restringidos mi autonomía y el cuidado de mi salud, incluso con regulares cortes de cabello forzados”, escribió Manning en el primer mensaje que hizo público desde que Barack Obama le perdonó la pena en enero, unos días antes de dejar la Casa Blanca.

Cuando aún era un niño, sufrió matoneo de sus compañeros. No tenía quien lo escuchara porque sus padres naufragaban en el alcoholismo, lo que lo llevó a refugiarse en los computadores y a dominar con destreza los secretos de internet.

Entró al Ejército en 2007. Dos años después fue enviado al horror de Irak como analista de inteligencia. Allí tuvo acceso a miles de documentos clasificados. Los tomó y se los pasó a WikiLeaks, en una de las filtraciones de información clasificada más grandes en la historia de Estados Unidos. “Culpable”, aceptó durante el juicio. “Quería exponer el desprecio de los militares estadounidenses hacia los civiles en Irak”.

Al hacerlo, no vio una traición a su país sino un propósito más noble: quería provocar, según recuerda ‘The New York Times’, una “discusión, debate y reformas a nivel global”.

Fue encarcelado en la prisión militar de hombres de Fort Leavenworth, en Kansas. La resonancia de su caso se debió a una pregunta que gravitaba en todos los escenarios: ¿es posible guardar secretos en esta era en que la humanidad está hiperconectada? Bradley Manning declaró que se sentía mujer y que se bautizaría como Chelsea. Empezó entonces otra batalla legal para ser tratada como una mujer transgénero. En un acto de justicia poética, el Departamento de Defensa, impulsado por la Unión Americana de Libertades Civiles, le concedió el tratamiento hormonal.

En el entretanto, Assange enfrentaba su propia batalla, que paradójicamente empezó cuando él era recibido como una estrella de rock por donde iba. En una fiesta en Estocolmo, organizada por sus admiradores, conoció a dos muchachas. Una de ellas lo invitó a quedarse en su casa, en donde tuvieron una relación sexual. Un par de días fue al hogar de la otra, con la que también se acostó.

Las dos lo acusaron después de haberlas agredido sexualmente. Una de ellas por haber sido tocada mientras dormía y la otra porque él no uso preservativo.

En este país nórdico, las leyes al respecto son bastante severas, por lo que se emitió una orden internacional de búsqueda y captura. El activista australiano, en su defensa, aseguró que ambas relaciones fueron “consentidas”.

Desde su perspectiva, se trataba de un complot urdido por las potencias para detenerlo. Entonces se refugió en la embajada de Ecuador, país que en ese momento era gobernado por Rafael Correa, uno de los mandatarios caracterizado por perseguir la prensa libre.

Assange, sin embargo, hoy tampoco puede salir de la embajada. Al negarse a ser capturado por las autoridades británicas cometió un delito que lo puede llevar a la cárcel. El cree que, además, Londres lo quiere entregar a Washington.

Para Assange, los estadounidenses no son mansas palomas. Tienen, dice, armas temibles como las redes sociales. “Facebook es la máquina de espionaje más escandalosa que se ha inventado nunca”, dice. Sus críticos, sin embargo, ven en él a un hombre desmedido, que no tiene fronteras. De hecho, se le acusa de haberse aliado con los rusos y de haber perjudicado a la demócrata Hillary Clinton y beneficiar al nuevo enemigo de la prensa, Donald Trump.

Assange, en nombre de la libertad, escribió Vargas Llora, desnaturalizó este concepto y lo degradó de manera irresponsable, convirtiéndolo en “libertinaje”. “Eso es lo que ha hecho Wikileaks y, lo peor, creo, no en razón de ciertos principios o convicciones ideológicas, sino empujado por la frivolidad y el esnobismo, vectores dominantes de la civilización del espectáculo en que vivimos”.

Conectado a un computador

Julian Assange tiene siempre consigo su herramienta de batalla más poderosa, un computador. Con este, según ha dicho a la prensa internacional, se ha mantenido conectado al planeta. “Es como vivir en una estación espacial”, ha dicho.

Recluido entre las cuatro paredes de su habitación, tiene espacio para una pequeña máquina de correr (un colchón en el suelo según ‘The Guardian’), que es un regalo del director de cine Ken Loach para que no se quede “fofo”. A través del video, se comunica con el mundo exterior y trabaja hasta 17 horas cada día.

ARMANDO NEIRA
Redacción Domingo
En Twitter: @armandoneira

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