Europa

Jóvenes del 68 querían cambiar el mundo y parieron el hipercapitalismo

Según el filósofo Luc Ferry, bajo la piel revolucionaria del movimiento había aspiración al consumo.

Protestas de mayo de 1968

El 6 de mayo de 1968, manifestantes se enfrentaron a la policía frente a una librería del bulevar Saint Michel, en París.

Foto:

Jacques Marie / AFP

26 de mayo 2018 , 11:24 p.m.

La crítica del pensamiento del 68 no es nueva. En Francia, los dos exponentes más conocidos son los filósofos Luc Ferry y Alain Renaut, que en un libro que lleva justamente ese nombre (‘La pensée 68’) denunciaban ya en 1988 el antihumanismo teórico de los intelectuales que defendieron el movimiento y que, como Michel Foucault, proclamaban “la muerte del hombre” y proponían un “retorno al sujeto” para entrar mejor en la era democrática.

Conspicuo miembro de los círculos políticos de derecha, autor prolífico, doctor en Filosofía y en Ciencia Política, exministro de Educación del presidente conservador Jacques Chirac, a pesar de sus aires de gran burgués y de que la mayoría de sus amigos figuran en las páginas del ‘Who’s who’, Luc Ferry es un puro producto de la clase media francesa.

Nacido en 1951 en La Garenne-Colombes, un suburbio al norte de París, su talento como divulgador lo llevó a convertirse en uno de los filósofos más exitosos y mediáticos de su generación.

Luc Ferry forma parte de ese reducido grupo de intelectuales decididos a devolver a la filosofía su vocación original: ayudar al hombre a vivir mejor, más libre, despojado de vanos temores, cargando en el espíritu solo unas pocas verdades razonablemente adquiridas.

Guiado por ese objetivo, en el 2006 publicó ‘Aprender a vivir. Tratado de filosofía para las jóvenes generaciones’, que en apenas tres meses vendió más de 300.000 ejemplares solo en Francia.

Ferry respondió en París varias preguntas sobre el fenómeno de Mayo del 68.

¿Cómo vivió Mayo del 68?

Tenía 17 años y había dejado el liceo a los 13. No soportaba la autoridad, el ambiente de cuartel militar del colegio de mi infancia, y preparaba mis exámenes de bachillerato como alumno libre. En ese momento no vivía en París y mis padres no eran burgueses. De modo que yo era alguien atípico, lejos de los clubes y las redes sociales de estudiantes parisinos ultrapolitizados que desempeñaron un papel fundamental tanto en 1789 (año de la Revolución francesa) como en Mayo del 68.

Mi padre era gaullista. Se había evadido cuatro veces de los campos nazis, donde había padecido atroces torturas y visto cosas abominables. Había hecho la guerra de España con André Malraux, de quien era amigo, junto a los republicanos. Entonces yo tenía dificultades para ver en él a un maldito fascista, así como me resultaba muy difícil admirar el castrismo o la Revolución Cultural china y sus 60 millones de muertos.

Usted es durísimo con los ideales de Mayo del 68. Ha dicho que ‘la deconstrucción de los valores tradicionales, que en apariencia fue obra de los bohemios, no fue en realidad otra cosa más que el trabajo subterráneo del capitalismo’. ¿Ya lo pensaba así entonces? Y, sobre todo, ¿cree que los estudiantes del 68 eran conscientes de eso?

¿Duro? No creo. Simplemente lúcido. Mayo del 68 no fue para nada una revolución política, sino social. Detrás de los discursos revolucionarios marxistas-leninistas o maoístas había una sociedad hiperliberal que se perfilaba.

Esta es la verdad de Mayo del 68 en el mundo: era necesario que los valores y las autoridades tradicionales fueran deconstruidos, licuados, para que pudiéramos entrar en la era del gran consumo de masas. El anticapitalismo de fachada engendró el hipercapitalismo actual. Como ya lo había visto Herbert Marcuse, nada frena tanto el consumo como los valores tradicionales.

Los ‘soixante-huitards’ (quienes participaron en la revuelta del 68) declamaban un discurso marxista-leninista en cemento armado, con sus eslóganes totalitarios de tipo ‘elecciones, trampa para idiotas’. Pero, bajo la apariencia de un objetivo colectivista y revolucionario, latía la aspiración individualista del placer y el consumo, que estaba irrumpiendo como nunca antes. Otras consignas que se volvieron extremadamente célebres en Europa eran todavía más claras: ‘Gozar sin freno’, ‘bajo los adoquines, la playa’, ‘prohibido prohibir’, ‘vivir sin tiempo muerto’, etc.

¿Eso quiere decir que, para usted, no hubo el atisbo de una revolución?

¿Dónde ve usted algo de revolucionario en los países occidentales? Los sistemas políticos de esas sociedades que vivieron revueltas estudiantiles no cambiaron un ápice. El sistema parlamentario, el pluripartidismo y las elecciones libres siguen ahí, y el capitalismo se muestra más arrogante que nunca. Es en el terreno social que las cosas cambiaron y, en gran parte, gracias a la derecha liberal. Porque lo que sucedió en Mayo del 68 estaba inscrito en la lógica del capitalismo, tan inteligentemente analizado por Joseph Schumpeter: hemos vivido un siglo XX de deconstrucción de las autoridades y los valores tradicionales, una deconstrucción indispensable para el surgimiento del consumo de masa.

Los ‘soixante-huitards’ fueron los cornudos de la historia. Querían cambiar el mundo, crear una sociedad anticapitalista, sin clases, sin explotación ni alienación, y terminaron pariendo un mundo liberal en el cual viven hoy como peces en el agua. Lo mismo que sucede en el arte contemporáneo: los artistas son de izquierda, pero los compradores son de derecha y, al final, el bohemio y el burgués se reconcilian en la figura de la renovación destructora.

¿Cómo definir entonces aquel momento particular de la historia social de Francia y del mundo? ¿Cómo explicar un acontecimiento tan enigmático por su espontaneidad, su rapidez, su amplitud, su carácter inesperado, su capacidad para sacudir una sociedad?

Para mí no hay nada de enigmático ni de fulgurante. Mayo del 68 se inscribe en la larga historia de la sublevación de los individuos contra la autoridad tradicional. Una historia que comienza en 1830 con la invención en París de la vida bohemia, que pasa por la revolución de 1848, la comuna de 1871, las grandes huelgas de 1936 y que se termina en Mayo del 68 con la reconversión de los ‘soixante-huitards’ al capitalismo mundializado.

Gilles Deleuze decía que un acontecimiento es, ante todo, un devenir. ¿Se podría decir que, aunque Mayo del 68 no haya dado origen a un régimen revolucionario o a una mutación radical de la política, sí suscitó un sentido de ‘posibilidad’ que mucha gente hizo vivir después?

Me impresiona que cite a Deleuze, a quien tengo por un buen historiador, pero por un lamentable pensador, sobre todo en el plano político. Deleuze estaba animado por una suerte de anarquismo nietzscheano que siempre me pareció perfectamente ridículo. Y que, además, nunca logró nada en el terreno político.

En ‘El pensamiento del 68’, publicado en 1988, usted ya afirmaba que era necesario que los valores tradicionales fueran liquidados para que el capitalismo mundializado pudiera extenderse. Todo ello parece haberse producido. A su juicio, ¿qué queda hoy de Mayo del 68?

La deconstrucción de las autoridades tradicionales tiene obligatoriamente efectos de liberación que soy el primero en aprobar: la emancipación de las mujeres y los homosexuales, las leyes sociales... Contrariamente a la mayoría de los viejos admiradores de Mayo del 68 –como mis camaradas Alain Finkielkraut o Michel Onfray–, yo no soy antimoderno. Todo lo contrario. Simplemente, esos progresos los debemos a los liberales, no a los trotskistas ni a los maoístas.

Medio siglo después, este sigue siendo un tema de división entre los políticos franceses. En un discurso de campaña, Nicolas Sarkozy declaró querer ‘liquidar la herencia de Mayo del 68’, responsable, a su juicio, de un ‘relativismo intelectual y moral’. Cinco años más tarde, François Hollande saludaba, por el contrario, a ‘los peatones de Mayo del 68, que marchaban con la cabeza en las estrellas y habían comprendido lo que había que cambiar’...

Las apariencias son engañosas. Sarkozy es un ‘soixante-huitard’ típico. Se casó tres veces y es un liberal en todos los terrenos, incluido el personal. Por otra parte, fue la derecha, con Valéry Giscard d’Estaing como presidente, que daría el voto a los jóvenes a los 18 años, consagrando así la victoria de los jóvenes sobre los viejos.

Es la derecha la que inscribió la igualdad entre hombres y mujeres en el código civil; es la derecha liberal la que hizo votar con Simone Veil la ley sobre el aborto. Todas esas reformas son, obviamente, herencia del 68. En cuanto a los ‘soixante-huitards’, como usted bien sabe, con escasas excepciones, todos construyeron sus vidas en la publicidad, el cine, la empresa, la política liberal. En otras palabras, en los sitios mismos del dinero y el poder.

LUISA CORRADINI
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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