Europa

Se cumplen 50 años de Mayo del 68: utopía de la que todos somos hijos

La historiadora Mónica Chamorro analiza las revueltas estudiantiles en la Francia de la posguerra.

Protestas de Mayo del 68

Manifestantes descienden por la avenida de la Ópera durante las famosas protestas parisinas.

Foto:

Jacques Marie / AFP

05 de mayo 2018 , 10:14 p.m.

—¿Y qué hacía usted en su casa a las 15 horas?

Hacía el amor, señor presidente. Eso que probablemente usted no haga nunca —fue la respuesta de ‘Dani el Rojo’, líder de las revueltas parisinas del 68, al jefe del tribunal académico que lo juzgaba el 6 de mayo en la Sorbona. El nombre completo del estudiante era Daniel Cohn-Bendit, apodado el Rojo tanto por el color de su cabello como por sus ideas. Cuentan que Dani le dio dos caladas a su cigarrillo antes de contestar desafiante. Afuera, en las calles de París, la primavera estaba a punto de incendiarse: los estudiantes ocuparon edificios e hicieron barricadas en las calles.

Este mes se cumplen 50 años desde que el irreverente Dani, a la cabeza de una inmensa movilización de estudiantes, hizo tambalear a la sociedad francesa, protestando contra el colonialismo y el gobierno de De Gaulle. Sin embargo, el Mayo francés no fue sino uno de los muchos movimientos de aquel año convulso: protestaron los estudiantes estadounidenses contra la guerra de Vietnam y los jóvenes italianos por los derechos de los obreros. Se levantaron los estudiantes de Praga y se opusieron a los tanques soviéticos. Cundió la revuelta en Berlín, en México y en Japón. Soplaba el viento de la inconformidad que evocaba Bob Dylan en sus canciones.

De algún modo, la intemperante multitud de cada lugar era la misma: jóvenes muy jóvenes, caras aún no estropeadas por la vida, ojos que flameaban con el ardor de una llama nueva. Los distinguían sus reivindicaciones, extremadamente variadas: había quien coreaba el jipismo con su psicodelia; quien, en cambio, los ideales de la izquierda democrática. Había quienes cantaban el himno de la Internacional Socialista; estaban los anarquistas, los feministas, los antimilitaristas, los ecologistas. El 68 fue una jungla de ‘istas’ que recorrió el planeta.

Pero en el seno de esa complejidad insólita encontramos un fondo. Algo que atraviesa y unifica todos los movimientos. Tiene que ver con uno de los eslóganes que en aquellos días se escribieron en las paredes de París: ‘La playa está bajo los adoquines’. Era una invitación a levantar las piedras de las calles y lanzarlas a los policías. Desde entonces, esa fue el arma preferida de los jóvenes. En 1968, la playa, lo natural, la verdad reprimida por todos los regímenes, no debía buscarse en otra parte, estaba en el suelo que pisábamos; solo era necesario atravesar la capa de las viejas costumbres, resquebrajar la costra debajo de la cual yacía la libertad.

Antes de los 60, los jóvenes eran considerados humanos a mitad de camino. De hecho, la palabra que en latín nombraba la edad comprendida entre los 18 y los 29 años era ‘adolescens’, que se refiere a lo que está en crecimiento, a un ser incompleto. Se opone a la palabra ‘adulto’, que proviene de ‘adultus’ y significa ya crecido, completo; en cierto sentido, perfecto. El papel de los jóvenes se limitaba a llenar ese vacío para poder ocupar un lugar en el mundo. Y el mundo era de los perfectos adultos, con sus pausadas rutinas, sus venias y sus pudores.

La impotencia de lo juvenil se revelaba en el vestuario, porque los jóvenes del 68 se vestían de viejos. Es curioso ver los filmes del Mayo francés: los muchachos llevan, en un buen número, trajes y corbata, y las chicas usan recatadas faldas y sastres. Ellos parecen señores que van a la oficina y ellas, amas de casa con un el beso en la punta de los labios. Hay ya algunas cabelleras rebeldes, como la de Cohn-Bendit, pero quizá por ello mismo este estudiante fue el símbolo de las revueltas. Representaba la cultura emergente de la juventud, la de James Dean y los demás rebeldes sin causa.

Por primera vez los papeles se invirtieron: los jóvenes hablaron y los adultos escucharon. Y esos adultos eran nada menos que Sartre y Truffaut o Pompidou

Pero todo aquello estaba por terminar, puesto que por primera vez los papeles se invirtieron: los jóvenes hablaron y los adultos escucharon. Y esos adultos eran nada menos que Sartre y Truffaut o Pompidou, el primer ministro, e incluso viejos generales, como De Gaulle, quien solo pudo asombrarse cuando, al volver de un corto viaje fuera de Francia, se encontró con que los estudiantes tenían paralizada la economía y el transporte. De hecho, es difícil imaginar dos posiciones más emblemáticas: De Gaulle, heroico en sus discursos desde el Elíseo, y ‘Dani el Rojo’, quien decía que no era francés ni alemán sino, “como suele decirse, un bastardo”.

Pero el movimiento del 68 fue solo la cima del iceberg, la manifestación superficial de algo profundo que se venía gestando, al menos en Europa y EE. UU., desde el final de la Segunda Guerra: una nueva generación que no conoció los horrores y la destrucción y prefería morir de hambre o de un balazo a morir de aburrimiento. Los adultos imponían un modelo educativo autoritario, un sistema productivo alienante, formas tiránicas de capitalismo o de comunismo; eran los dueños de la sexualidad: los jóvenes no tenían derecho al placer ni al sexo, y para gozar del orgasmo había que casarse.

Hay quien dice que el 68 debe olvidarse; que nos mintieron porque la playa no estaba bajo los adoquines. En lo personal, prefiero darle la razón a Leo Ferré, el cantautor francés, que, en entrevista a Radio Libertaire sobre la herencia del 68, dijo: “Fue una puerta entreabierta”. Sí, creo que fue una rendija, una luz hacia la cual los jóvenes caminaron. Fue la punta de diamante de una estruendosa invasión al son del ‘rock and roll’ que acabó desenraizando los paradigmas de la posguerra, de las censuras que velaban por las buenas costumbres y decían lo que se podía hacer y no hacer, ver y no ver, sentir y no sentir.

Una revolución triunfante

Puede ser que las utopías del 68 se revelaran imperfectas y que en muchos casos naufragaran: el socialismo se derrumbó en la URSS mucho antes de 1989, y el jipismo no demolió la monogamia. El feminismo es un sueño lejano en muchos lugares, y los movimientos ecologistas no han podido impedir que el planeta esté a punto del colapso. Pero no se puede negar que los sucesos de aquel año cambiaron el fondo de nuestra identidad: el 68 fue una auténtica revolución triunfante y, con pocas excepciones, planetaria.

Y su triunfo ha sido tan completo, tan voraz, que hemos llegado al otro extremo: nadie quiere envejecer, nadie quiere madurar, no hay quien se decida por aburrirse en la adultez. Todos queremos ser irreductiblemente adolescentes hasta los 80 años y escuchar a Janis Joplin y los Beatles, usar camisetas y ‘jeans’, nadie quiere ya abotonarse el último botón de la camisa. Todos somos hijos del 68, incluso los que se confiesan contrarios a sus ideales: los patriarcales y los supremacistas blancos; los imperialistas y los antiecologistas; nadie permanece inmune al encanto de sus utopías.

Un ejemplo de ello es el presidente de nuestro gran ‘vecino’ del norte, que no cubre su calvicie con un bombín, como lo hizo el formal Churchill, sino que prefiere usar un copete rubio, rebelde, a lo Elvis Presley, ese precursor de la cultura de la juventud. Porque todos, incluso el jefe de la nación más potente del mundo, queremos ser incompletos, jóvenes, gozar del vértigo de seguir imaginando en lo que nos convertiremos cuando acabemos de crecer. Nos gusta vernos como un árbol que aún debe dar sus mejores frutos. Todos somos aún el 68, porque lo joven se cree inmune a la muerte y solo adueñándonos de lo juvenil podemos seguir creyendo que todavía estaremos aquí cuando llegue el futuro.

MÓNICA CHAMORRO
Para EL TIEMPO

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