EEUU y Canadá

'Si Trump gana, sería un fracaso de la educación'

El economista Xavier Sala i Martín plantea cómo prosperan los populismos por la falta de crítica.

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El español hizo un programa, que se transmitió con el nombre de 'Economía en Colores', el mismo concepto que desarrolló en el divulgativo que vino a presentar en Colombia.

Foto:

Archivo particular

16 de septiembre 2016 , 08:28 a.m.

Los economistas que logran mayor reconocimiento generalmente terminan identificados con algún asunto: Thomas Piketty, con la desigualdad; Steven Levitt, con la racionalidad oculta tras la vida cotidiana. O Xavier Sala i Martín, con un par de cosas: la capacidad de los países para superar a los otros compitiendo y... sus chaquetas de refulgentes colores.

El catalán, que lleva 30 años viviendo en Estados Unidos y es profesor de la Universidad de Columbia, decidió algún día que no quería ser otro economista de traje oscuro, como la mayoría en esta tribu. “Somos gente de aspecto triste y gris”. Quiso ponerle color a un campo que mucha gente suele ver así. Y cuando fue llamado para hacer una serie de televisión, hablando de economía en horario ‘Triple A’, esa misma metáfora de su atuendo se aplicó al programa, que se transmitió con el nombre de Economía en Colores.

Ahora, está dedicado a dar charlas sobre el libro que publicó con el mismo nombre, con base en los libretos del programa. El libro se aleja radicalmente de palabras rebuscadas y entuertos matemáticos, y más bien trata de cómo les sonó la flauta a ciertas personas en un negocio, o sobre la conducta de Homero Simpson o las decisiones de Pep Guardiola para meterle 6 goles al Real Madrid.

Varios economistas vienen mostrando su interés en comunicarse más con la gente. ¿Se sienten en un gueto, del cual quieren salir?

No puedo hablar en nombre de todos, pero yo sí lo siento. Creo que a menudo nuestro mensaje tiene una jerga que solo entendemos nosotros. Pero incluso vosotros, los periodistas, tampoco acabáis de encontrar el mecanismo. Todos los que nos dedicamos a hablar de economía tenemos que confesar un fracaso monumental porque estamos hablando de uno de los aspectos más importantes en la vida de cada uno. Desde que nos levantamos y tomamos un té en vez de un café, todo lo que hacemos está basado en economía, que nos puede ayudar a tomar decisiones. Y sin embargo es una parte de la vida de la que la gente vive como feliz de no saber qué te da.

¿En qué se ven las consecuencias de no entender la economía?

Vengo de un país (España) en donde ha habido una burbuja inmobiliaria que ha tenido consecuencias catastróficas, y gran parte del problema es que la gente no sabía qué estaba comprando.

¿Y hay consecuencias en las buenas o malas decisiones colectivas?

Tiene consecuencias en las elecciones colectivas y en las privadas. Si tú no eres capaz de entender cómo tú mismo tomas decisiones, los demás las toman por ti. El supermercado te hace ir por donde quiere para que al final compres 40 por ciento más de lo que querías. Y los bancos te dan unos préstamos que tú en realidad no querías, y terminas votando por gente que te da una apariencia de veracidad cuando en realidad es populismo que no tiene en cuenta los conceptos más básicos de la economía, como las restricciones... ¿Todo esto, señor populista, cómo lo va a pagar?
Pero en esto del populismo no solo les daría la culpa a los economistas. El fracaso de la clase política en dar soluciones es lo que alimenta en gran medida a los populismos. El fracaso del sistema político en esta última gran crisis ha generado populismos de izquierda en España y Grecia; de derecha en Francia o Inglaterra, que generó el brexit, y es lo que está alimentando a Donald Trump.

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Uno entiende que en países en desarrollo prospere el populismo, en medio de niveles menores de educación. Pero ¿por qué en sociedades avanzadas?

Pues, en gran medida porque el sistema educativo fracasa. El sistema creado para la época industrial ‘macdonalizaba’ a la gente. Queríamos que todos los ingenieros fueran iguales o que todos los abogados fueran iguales. Porque cuando se moría el ingeniero ponías a otro igual, y la maquinaria industrial seguía igual. Y esto llevaba a sistemas educativos que enseñaban disciplinas para memorizar, para aprender, para solucionar problemas en los exámenes. Una cosa muy militar. Pero nunca enseñamos espíritu crítico, a razonar, a ver que algo no tiene sentido. A buscar alternativas. Te decían ‘la verdad’, y te la tenías que tragar, lo tenías que memorizar aunque fuera una tontería gigante. Si tú escribías en un examen que lo que decía el profesor era una tontería gigante, te echaban del sistema.
Cuando un sistema educativo no fomenta ser crítico, viene un señor y te dice que la culpa de todo es de los chinos o de los turcos, y que hay que cerrar las fronteras para ser más ricos, y no tienes la capacidad de pensar y decir que lo que te dicen no tiene sentido. Es un fracaso que se haya educado a millones de ciudadanos en países aparentemente bien educados como Grecia, Inglaterra, Francia, Estados Unidos (para) que se les pueda engañar fácilmente.

Entonces, ¿tiene chance Trump?

No creo, pero sí hay mucha gente que nota en sus propias carnes que el sistema les está fracasando. Toda la zona industrial de Estados Unidos que se ha perdido no se ha perdido por culpa de los chinos o los japoneses. Se ha perdido porque Estados Unidos se ha vuelto ineficiente. Los japoneses construyen carros en Estados Unidos. Toyota tiene grandes fábricas, y los arruinados son Ford y los de Detroit. Pero mucha gente ve que los coches estadounidenses no se venden y que si tuviéramos protección contra esta gente ‘no digna’ que produce más barato, las cosas irían bien. Por lo tanto hay mucha materia prima para que demagogos como Trump triunfen.

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¿Y qué decir a quiénes se inclinan por él?

Trump es tan obviamente demagogo. Tú puedes pensar que (la causa de) los problemas de la industria de Ohio es que los productos mexicanos son más baratos por culpa de un acuerdo de libre comercio. Tú puedes ser racional y pensar que eso puede ser verdad. Pero pensar que todos los mexicanos son violadores o ladrones... O que las mujeres no tienen que jugar un papel igual dentro de la sociedad. Yo no voto nunca en Estados Unidos, y como norma simpatizo más con los republicanos, pero estoy pensando seriamente en registrarme por primera vez para votar por Hillary, que no es para nada mi favorita, pero este señor es peligroso.

¿Qué pasa si gana Trump?

Si gana, podemos volver a lo que pasó a comienzos del siglo XX. El siglo XIX era muy globalizado. Y los movimientos xenófobos en toda Europa cerraron las economías de los países, y esto nos trajo la Gran Depresión y dos guerras mundiales. Y este señor nos lleva en esta dirección.

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Los países de América Latina productores de materias primas tuvieron una década de buenos precios. ¿Nos dormimos en ese periodo tan largo para mejorar en los sectores productivos que agregan valor?

Sí. Hace años que llevo el tema de competitividad en el Foro de Davos. Y he ido a todos estos países, y cuando las cosas iban bien les decía que eran países poco competitivos. Que el día que baje el petróleo vais a sufrir. Y me miraban como si fuera tonto: ‘¿pero no ve usted que estamos creciendo al 8 por ciento?’.

¿Y en Colombia lo miraron así?

En Colombia me miraron así. Más la gente del sector público. Porque veía problemas institucionales, de corrupción. Que las infraestructuras que se hacían no siempre eran las más idóneas. Que no se hacía nada en las desigualdades educativas que generan las enormes desigualdades salariales.

Pero claro, cuando el país crece al 6 por ciento, al 7, me miran y me dicen: ‘usted es un académico que no sabe nada. Nosotros sí que sabemos. Mire lo que hacemos. Y el índice está mal. No es verdad que seamos el 61. Estamos más arriba’. En Arabia, en Ecuador, todo el mundo me decía lo mismo. Pero luego ha venido la hora del juicio final... O la del juicio semifinal. Ha desaparecido el maná del cielo y ahora el emperador está desnudo.

Pero como más vale tarde que nunca, si no se hizo algo para fortalecer las otras ramas económicas distintas a las materias primas, ¿en este momento qué pueden hacer estos países?

La reforma del sistema educativo es prioridad número uno, concretamente en Colombia. Obviamente no va a dar resultados hasta cuando todos estos niños, en 20 años, se incorporen al mercado laboral. Por esto decía hace 20 años que lo hicieran. La crisis actual ya no la arreglas con esto. Pero sigue siendo primordial. Recuerdo una conversación con Zapatero, justo antes de la crisis. España andaba diciendo que era la quinta potencia mundial y su PIB había superado al de Francia. Yo le decía, “mira el índice de competitividad: estáis mal. Dependéis de dos sectores, construcción y turismo. Si esto explota, España tiene problemas. España qué vende. Si se va el turismo, qué pasa”... Y me miraba así, como si fuera tonto.

Las desigualdades de España también vienen del sistema educativo. “Pero es que vamos a tardar demasiado. Vamos a tardar siete años”. Sí, siete años. Si lo hubieran hecho en 2007, ya estaría dando frutos. Que las cosas tarden no es una excusa para no hacerlas.

Y en Colombia ¿cuáles son los otros frentes?

Uno, educación; dos, instituciones, corrupción, y tres, infraestructuras.

Tras el fin del auge de precios de materias primas, que contribuyó a sacar en países emergentes a mucha gente de la pobreza, ¿qué riesgo hay de que vuelvan a esa situación?

Muy alto. Los presupuestos públicos colapsan. De repente, en Arabia Saudí ya no pueden pagar todos los salarios a todos los ciudadanos por no hacer nada. Y el gobierno de Angola no puede pagar ni una sola deuda. Y todos vemos lo que está pasando en Venezuela. El chavismo era igual de malo antes que ahora. La única diferencia es el precio del petróleo.

Usted dedica todo un capítulo de su libro a la innovación, con ejemplos como las experiencias de Ikea o Zara o Apple. ¿Ha encontrado algún ejemplo aquí, no en el sector privado, sino en el público?

Sí, Medellín. La innovación social de la Alcaldía. Por ejemplo, poner escaleras mecánicas para ir a los barrios más pobres. Una cosa tan sencilla. Una abuelita, una persona que tiene mal de rodilla, no puede ir a la ciudad, no puede bajar a trabajar. Una escalera eléctrica une el barrio con el metro, ¡pum!, y de repente integras el barrio y los jóvenes pueden ir a trabajar. No se inventaron la escalera eléctrica, pero alguien tuvo la idea.

MAURICIO GALINDO
Editor de Economía de EL TIEMPO

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