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El nuevo personalismo estadounidense: ‘Trump first’

¿Se ha visto una personalización de la política en Estados Unidos? Análisis.  

Donald Trump y su personalismo

El lema ya no es ‘America first’, sino ‘Trump first’.

Foto:

Afp / Mandel Ngan

24 de marzo 2017 , 02:49 p.m.

En febrero 9 de este año, poco después de haber empezado su mandato, el presidente Donald Trump desató una crisis diplomática con México al firmar una orden ejecutiva que establece la deportación al vecino sureño de todo inmigrante ilegal que cruce la frontera a los Estados Unidos, sin importar su nacionalidad.

En respuesta a la crisis, el canciller mexicano, Luis Videgaray, visitó la capital estadounidense para reunirse con los oficiales responsables de la política exterior del país, entre estos el yerno de Trump, el asesor de Seguridad Nacional y el director del Consejo Nacional Económico. Notable resultó la ausencia en esta reunión del secretario de Estado, Rex Tillerson, precisamente la persona responsable de aconsejar al presidente en temas de política exterior. Cuando se le preguntó al vocero del Departamento de Estado sobre una posible reunión entre los dos diplomáticos, él dijo que no podía responder, ya que no sabía que el canciller Videgaray estuviera en la capital.

Este episodio revela un cambio significativo en la manera como se gestiona la política pública estadounidense bajo la administración Trump: un cambio de la institucionalidad al personalismo, que apunta a la construcción de una presidencia imperial, cuyo lema no es ‘America first’, sino ‘Trump first’.

Un cambio de la institucionalidad al personalismo, que apunta a la construcción de una presidencia imperial, cuyo lema no es ‘America first’, sino ‘Trump first’

En el plano doméstico, este giro hacia el personalismo se ha visto en la centralización del poder en Trump y en aquellos que disfrutan de su confianza. La Constitución estadounidense deposita todo el Poder Ejecutivo en la figura del presidente; a este se le dan amplios poderes para aprovechar –o ignorar– a la vasta estructura de la rama ejecutiva, compuesta hoy por cerca de 4 millones de empleados, que se encuentra bajo su mando.

Como presidente, Trump ha optado por aislarse de todos aquellos que podrían ser fuente de crítica. Un caso emblemático es el del Departamento de Estado. Cuando Trump implementó la primera instancia de su veto a la entrada de inmigrantes de ciertos países mayoritariamente musulmanes (el llamado veto ‘islamofóbico’), cerca de 900 diplomáticos del Departamento expresaron su insatisfacción por medio de canales oficiales: un golpe a la imagen pública del presidente.

Hoy, al Departamento no solo se le excluye de la formulación de política exterior, sino que está siendo desmontado: en el presupuesto federal presentado para el siguiente año, Trump ordenó recortar la financiación al departamento en un 29 %, equivalente a una reducción de 11.000 millones de dólares. Y el Departamento de Estado no es el único: a esta lista se puede agregar a toda la comunidad de inteligencia, a la que Trump acusó de fabricar mentiras para deslegitimarlo, entre otros.

El rechazo a la institucionalidad estadounidense ha sido contundente; se ha creado un círculo externo de espectadores y suplicantes que claman por la atención del presidente, pero que no la reciben. En su lugar, Trump se ha rodeado de un círculo interno de parientes cercanos y fieles partidarios que ejercen el verdadero poder en el país. Ivanka Trump, por ejemplo, ha estado en reuniones con los jefes de gobierno de Japón, Canadá y Alemania, aun cuando no tiene una posición formal dentro de la administración. En un ejemplo más de tribalismo en la Casa Blanca, a ella se le asignó recientemente su propia oficina en el segundo piso del ala oeste, desde donde se espera que actúe como “los ojos y oídos” del presidente.

El esposo de Ivanka, Jared Kushner de 36 años, ha recibido un trato similar, si no más elevado: él fue nombrado como asesor principal del presidente y se le dio la responsabilidad de supervisar las relaciones con México y otros países. Por eso, en su visita a la capital, el canciller Videgaray se reunió con él en vez de perder el tiempo con Tillerson.

Jared Kushner

Kushner, un judío ortodoxo, está casado con la hija mayor de Trump, Ivanka.

Foto:

REUTERS

Y ni hablar del infame Stephen Bannon, antiguo editor del portal de noticias de extrema derecha 'Breitbart' y actual estratega principal de Trump, quien ha sido llamado el verdadero dueño de la Casa Blanca y quien ya tiene un puesto permanente en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, una movida nunca antes vista, que le da voz a un actor partidista en temas no de política, sino de seguridad.

Este giro hacia el personalismo también se ha replicado en el plano internacional. El caso de China es ilustrativo de la importancia de las relaciones personales en esta nueva administración. Durante su campaña, Trump prometió que desde su primer día en la oficina oval él actuaría contra China, imponiendo tarifas más altas, señalando al país como un manipulador de divisas y hasta negociando la validez del principio de una sola China. Hoy, dos meses después de su inauguración, vemos un giro de 180 grados en la postura de Trump ante China. Ninguna de sus amenazas se cumplió; por el contrario, se espera que el presidente Xi Jinping realice una visita de Estado a Washington en abril de este año.

¿Por qué el cambio? Se sugiere que obedece a la forma en que el Gobierno chino ha cultivado una relación personal con el presidente y los suyos. Como ejemplo, las cortes chinas recientemente aprobaron, de manera inusualmente acelerada, la solicitud de 38 marcas registradas del portafolio de Trump, una seña de buena voluntad de parte de Pekín al nuevo mandatario. El gobierno del país asiático también se ha acercado a la camarilla de Trump. Para el Año Nuevo chino, el embajador de China en Estados Unidos envió una invitación personal a Ivanka, quien acudió al evento de celebración que recibió gran atención de los medios; posteriormente, ella reciprocó con un video –que se volvió tendencia en China– de su hija de 5 años cantando en mandarín una canción tradicional china.

Atrás han quedado los días en los cuales el destino del mundo se decidía en las instituciones de poder de la Otán, en la sala cavernosa del Consejo de Seguridad de la ONU o en la sede del Departamento de Estado en Foggy Bottom. Hoy, la política exterior de EE. UU. se elabora entre risas, tragos y tiros de golf en el balneario de Mar-a-Lago en la Florida, la llamada Casa Blanca del sur donde Trump recibe a sus invitados extranjeros especiales.

¿A qué conclusiones podemos llegar a partir de lo anterior? Sobresalen tres. Primero, que debido al giro hacia el personalismo, la política pública del país más poderoso del mundo se tornará posiblemente más improvisada, más impredecible y más peligrosa. Segundo, que habrá países que aprovecharán el caos creado por Trump para tomar el relevo, en reemplazo de Estados Unidos; después de todo, a la canciller Ángela Merkel ya se le está llamando la líder del mundo libre y Xi Jinping hoy es el abanderado de la globalización y el libre comercio. Tercero, que Colombia, entonces, tiene que tomar una decisión: si queremos jugar con las reglas de ‘Trump first’ o buscar alternativas. De optar por la primera opción, esperemos que el presidente Juan Manuel Santos haya estado practicando su inglés y su golf, ya que el primer paso será recibir la codiciada invitación a la Casa Blanca del sur.

David Castrillón Kerrigan
Profesor Universidad Externado de Colombia

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