EEUU y Canadá

Desde las economías fascistas no se veía algo como Trump

Edmund S. Phelps analiza las políticas del presidente de Estados Unidos.

Donald Trump

El gobierno de Donald Trump debería centrarse en abrir la competencia, no solo en recortar las regulaciones.

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Jim Bourg / Reuters

19 de marzo 2017 , 11:12 p.m.

En Estados Unidos, muchos creen que actualmente está en marcha un desplazamiento político interno que lleve del cosmopolitismo al nacionalismo y de las ‘élites’ metropolitanas izquierdistas a las ‘populistas’ rurales de derecha. La ideología económica imperante también está desplazándose desde un corporativismo regulador redistributivo a algo parecido al viejo corporativismo intervencionista.

Votantes descontentos se encuentran detrás de ambos cambios. Durante décadas, los estadounidenses creyeron que viajaban sobre una alfombra mágica de crecimiento económico, gracias a los avances en la ciencia y, posteriormente, al surgimiento de Silicon Valley. De hecho, el crecimiento de la productividad total de los factores ha sido lento desde principios de la década de 1970. El auge de internet (1996-2004) fue solo una fugaz desviación de dicha tendencia.

Con el tiempo, a medida que las empresas recortaban la inversión en respuesta a los rendimientos decrecientes, el crecimiento de la productividad de la mano de obra y de los salarios por hora ha disminuido, y muchos trabajadores han abandonado la fuerza laboral.

(Especial: Avances más signiticativos de la historia de Internet)

Este es el “estancamiento secular” que el economista Alvin Hansen (1887-1975) describió en el pasado. No ha afectado particularmente a la riqueza establecida porque las tasas de interés ultrabajas llevaron los precios de las acciones a dispararse. Sin embargo, una porción considerable del público se ha exasperado con los líderes gubernamentales, que parecen tener otras prioridades en lugar de restaurar un crecimiento de base amplia. Algunos comentaristas llegan incluso a la conclusión de que el capitalismo ha terminado su curso y de que la economía terminará en un estado relativamente estacionario de saturación de capital.

Desde 1970, la remuneración agregada por mano de obra (salarios, más beneficios complementarios) ha crecido solamente un poco más lentamente que las ganancias agregadas. Sin embargo, la compensación promedio por hora de los trabajadores del sector privado (empleados de producción y empleados que no son supervisores) ha crecido mucho más lentamente que los beneficios de todos los demás. Y en el 2015, la participación de la industria manufacturera en el empleo total fue solo una cuarta parte de la que había en 1970.

(Además: Jefes de empresas ganan 18 veces más que los operarios)

La pérdida de puestos de trabajo de manufactura en el Cinturón de Óxido de Estados Unidos (Rust Belt) dejaron, de manera predominante, a hombres blancos de clase obrera con un nivel de vida ligeramente superior al alcanzado por sus padres. Durante muchos años, especialmente en los Apalaches, ellos han sentido que la sociedad les muestra poco respeto. Ya no pueden desempeñar papeles importantes dentro de sus familias, sus comunidades o su país, y la percepción de que quienes reciben altos ingresos no están pagando su porción justa –mientras otros reciben beneficios sin trabajar– magnifica su sensación de injusticia.

No obstante, existen razones más profundas para su enojo. Estos hombres han perdido la oportunidad de hacer un trabajo significativo y de tener una sensación de protagonismo. Y se han visto privados de un espacio donde pueden obtener la satisfacción de tener éxito en algo y crecer en una vocación que les proporcione autorrealización. Les gustaría ser capaces de imaginar y crear cosas que importan. Los ‘empleos buenos’ en algunas ramas de la manufactura ofrecían a estos hombres la perspectiva de nuevos retos, de aprendizaje y promociones complementarias. En cambio, los puestos de trabajo en los peldaños inferiores de las ventas al por menor y en la industria de servicios no ofrecen nada de lo mencionado.

Al perder sus ‘empleos buenos’, estos hombres se quedaron sin la fuente central que les daba significado a sus vidas. El aumento de suicidios y muertes relacionadas con las drogas entre estadounidenses que se halló en el estudio conducido por Anne Case y (el nobel de economía) Angus Deaton es evidencia de dicha pérdida.

Para determinar una respuesta apropiada a este problema, primero debemos considerar las causas subyacentes del estancamiento en Occidente. En un artículo del año 1934, Hansen escribió que el “estancamiento secular es causado por la falta de nuevos inventos o nuevas industrias” Y, como demuestro en mi libro ‘Mass Flourishing: How Grassroots Innovation Created Jobs, Challenge, and Change’ (2013), la innovación estadounidense comenzó a disminuir o estrecharse a finales de la década de 1960.

Para ese entonces, el espíritu innovador de Estados Unidos –el amor por imaginar, explorar, experimentar y crear– se había debilitado, dando paso a una ideología corporativista que permeó todos los niveles de gobierno y reemplazó a la ideología individualista sobre la cual prospera el capitalismo. Si bien la propiedad privada sigue siendo extensa, el Gobierno ejerce ahora el control sobre gran parte del sector privado. Un particular con una nueva idea a menudo necesita la aprobación gubernamental para implementarla, y las empresas que entran a una industria existente deben competir con participantes ya establecidos que normalmente ya cuentan con el apoyo estatal. Si bien Silicon Valley creó industrias y mejoró el ritmo de la innovación durante un período corto, también se ha topado con rendimientos decrecientes.

(También: Pensamiento público)

Para reactivar la innovación necesitamos cambiar la forma en que se hacen los negocios.
El gobierno de Donald Trump debería centrarse en abrir la competencia, no solo en recortar las regulaciones. Desafortunadamente, el Presidente no se ha enfocado en esto, hasta ahora: rara vez menciona la innovación y su equipo está considerando un abordaje que podría socavarla.

Para empezar, en lugar de culpar a la innovación perdida por la difícil situación en la que se encuentran los trabajadores estadounidenses, Trump culpa al comercio. Es cierto que algunos economistas muy capaces parecen compartir esta suposición. Pero si bien las ‘naciones innovadoras’ tradicionales, como EE. UU., el Reino Unido y Francia, han experimentado grandes descensos en la participación de la mano de obra masculina, todo sugiere que la principal causa de dicha situación no es el comercio, sino la innovación perdida.

En segundo lugar, él está suponiendo que las medidas del lado de la oferta para impulsar las ganancias de las empresas (después de impuestos) aumentarán los ingresos y crearán empleos. Pero tal abordaje también podría conducir a una explosión de la deuda pública y, en última instancia, precipitar una profunda recesión.

Por último, y lo peor de todo, Trump piensa que al intimidar a ciertas empresas, como Ford y Carrier, y ayudar a otras, como Google, impulsará la producción y el empleo. Esta es una expansión de la política corporativista en una proporción que no se ha visto desde las economías fascistas de Alemania e Italia en la década de 1930. Si este pensamiento persiste, habrá más interferencias en el sector empresarial para proteger a los participantes ya establecidos y bloquear a quienes apenas llegan. Esto obstruirá las arterias de la economía, y lo más probable es que se evite mucha más innovación de la que se estimule entre quienes ya se encuentran establecidos.

Los formuladores de políticas deben despertar ante los peligros del corporativismo que resurge bajo el gobierno de Trump. Tal abordaje del estancamiento y las privaciones económicas de hoy amenaza con hundir un clavo de plata en el corazón de la innovación, y de la clase obrera estadounidense.

EDMUND S. PHELPS
Premio nobel de economía en el 2006 y director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad de la Universidad de Columbia.
© Project Syndicate
Chicago

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