EEUU y Canadá

¿Qué cambió en Boston después de las revelaciones de ‘Spotlight’?

3 lustros después de conocer abusos sexuales en la Iglesia católica de EE. UU., esta ciudad es otra.

Película Spotlight

Michael Rezendes, uno de los periodistas que revelaron los abusos sexuales del clero en esta ciudad, posa junto al afiche de la película ‘Spotlight’, inspirada en la historia de su equipo de trabajo.

Foto:

Francisco Siredey

28 de julio 2018 , 11:37 p.m.

Michael Rezendes está escribiendo un guion. Sobre la mesa de la sala de su apartamento, a las afueras de Boston, tiene una pila de DVD con películas que ve como referencia. Curiosamente, Spotlight no está entre ellas. La conoce bien, no solo porque es uno de los protagonistas de la historia que la inspiró, sino porque la ha visto ocho veces, suficientes para desentrañar su mecanismo narrativo. Lo que pretende contar ahora, asegura, no tiene nada que ver con ella, ni con el trabajo que realizó hace 16 años en el equipo de investigación del Boston Globe; es sobre otro caso que cubrió como reportero, oficio que le valió un Pulitzer y que podría dejar atrás para hacer carrera en Hollywood.

Aunque las parroquias cercanas aún se llenan gracias a la inmigración latina, Rezendes cree que la Iglesia católica ya no manda en Boston. Spotlight, ganadora del Óscar a mejor película en el 2016, da una explicación a este nuevo orden. En la cinta, un alter ego de Rezendes, interpretado por Mark Ruffalo, investiga para el Globe los abusos a niños cometidos por sacerdotes entre los años 60 y los 90. Luego de una serie de andanzas, el equipo de Rezendes, integrado por Matt Carroll (Brian d’Arcy James), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams) y su editor, Walter Robbie Robinson (Michael Keaton), consigue probar que la iglesia local ha protegido durante años a curas pedófilos, trasladándolos de pueblo en pueblo por todo Massachusetts.

La película termina con la publicación del reportaje (el primero de más de 600 del Globe) el domingo 6 de enero del 2002, por lo que no alcanza a mostrar el escándalo que se desató y que terminó con la renuncia del arzobispo de Boston, el cardenal Bernard Law. “En esa época, la Iglesia era la institución más poderosa de la ciudad, pero eso se acabó”, dice Rezendes, que siguió publicando artículos sobre el tema hasta hace poco, cuando le pidió al Globe una licencia.

Como experto en la cobertura de los abusos sexuales del clero, ha estado atento a los casos más sonados, como el del sacerdote chileno Fernando Karadima, suspendido de por vida. También ha seguido de cerca la renuncia de los 34 obispos de la Conferencia Episcopal de Chile y la respuesta del Vaticano. “Chile es una prueba para el Papa. Si no hace lo correcto, será una señal de ineptitud o de no querer lidiar con el asunto. El tiempo para disculpas y plegarias se acabó. Es hora de actuar”, opina.

Rezendes se mantiene crítico del Vaticano y del cardenal Sean O’Malley, que asumió como arzobispo de Boston en plena crisis y a quien llama “el hombre de la limpieza”.

Le enrostra no haber publicado la lista completa de curas acusados en el 2011, cuando se omitieron los nombres pertenecientes a órdenes religiosas o formados en otras arquidiócesis, además de su eterna negativa a darle una entrevista. “Creo que me tiene miedo”, dice. Pese a todo, se identifica como católico. Muchos de sus parientes van a misa. Después del estreno de Spotlight, un primo lo felicitó por su trabajo, pero le confesó que agradecía que sus padres no hubieran vivido para verla.

La voz de una víctima

Diez años antes de las revelaciones del Boston Globe, Phil Saviano empezó a trabajar. En su casa de Roslindale, al sur de Boston, sostiene una taza de café y recuerda. A fines de 1991, él pensaba que podía morir en cualquier momento por una neumonía resistente facilitada por el sida. Varias veces pensó en el suicidio. Todas esas dificultades lo devuelven a 1962, cuando tenía 11 años y fue víctima del padre David Holley. Saviano repartía el diario en Worcester cuando Holley llegó como párroco.

A él y a un amigo les ofreció dinero a cambio de tareas en la iglesia. Saviano se sentía más que honrado. El cura les mostraba trucos de cartas para impresionarlos. Un día sacó un mazo diferente, con imágenes pornográficas. “Quería ver cómo reaccionábamos. Nos dijo que sería nuestro secreto”, cuenta. Cierto día, al momento de pagarles, Holley les dijo que sacaran las monedas de su bolsillo. Entonces se descubrió los genitales y comenzó a masturbarse frente a ellos. A partir de ese día, los forzó a practicarle sexo oral en la parroquia, incluso cuando había gente rezando en su interior. Saviano dice que no tuvo la fuerza para oponerse. “Me daba asco, pero no sabía cómo salir de la situación. Solo lo hablaba con mi amigo, no sabíamos qué hacer. Decidí no contarle a nadie. Lo que me salvó fue que Holley se fue al año”, comenta.

A Saviano le fue bien después de eso. Se tituló de periodista y trabajó como relacionista público de hospitales y eventos culturales. Fue así como escuchó hablar de Spotlight, la unidad investigativa del Boston Globe, cuando esta publicó un artículo sobre Ticketmaster. Pero a pesar del éxito laboral, la sensación de injusticia no lo abandonaba. Por eso hizo pública su historia a fines de 1991 y demandó a la Arquidiócesis de Boston por los abusos de Holley, que estaba acusado por casos más recientes en Nuevo México y Texas. En 1996, aceptó un acuerdo de reparación con la iglesia de Boston, pero sin la cláusula de confidencialidad que se imponía habitualmente. “Seguramente me lo dieron porque pensaban que me iba a morir, pero justo aparecieron los inhibidores de la proteasa para tratar el sida y comencé a sentirme bien”, señala. Así, Saviano pudo fundar la sede en Boston de la Red de Sobrevivientes de Abusos Sexuales de Sacerdotes (Snap) y seguir investigando y hablando con la prensa para denunciar los encubrimientos. Pero no fue hasta que Spotlight tomó la historia, en el 2001, que el impacto público fue real.

Saviano conoce bien a Juan Carlos Cruz, un sobreviviente chileno que vive en Estados Unidos. De hecho, tras el estreno de la película, grabó un video de apoyo a los laicos que pedían la salida del obispo Juan Barros, señalado como cómplice del ocultamiento de los abusos de Karadima. “Las palabras despectivas del papa Francisco en su visita a ese país no pasaron inadvertidas acá –subraya–. Lo que pasó ahora, primero con la invitación a (el Vaticano) a Juan Carlos (Cruz), James (Hamilton) y José Andrés (Murillo), y más tarde con la renuncia de los obispos, no tiene precedentes. Quizá el Papa finalmente entienda lo que tiene que cambiar”. Hacia el final de la charla, Saviano reconoce que muchas veces se siente solo y reflexiona sobre cómo la Iglesia pudo evitar lo que le pasó cuando niño. La investigación contra Holley determinó que las autoridades eclesiásticas tenían pruebas de su mal comportamiento antes de su llegada a Worcester. El juicio criminal en Nuevo México lo condenó a 275 años de cárcel. Allí murió, en el 2008.

El hombre de las cuentas

“¿Hablaste con Terry McKiernan?”, es una frase que se repite entre periodistas y víctimas en Boston. Él no sufrió abuso en su infancia ni es reportero; solo es un católico de pelo cano y bigote grueso que desde el artículo del Boston Globe en el 2002 se sintió traicionado por las autoridades de su iglesia. Por eso creó, junto con su amiga Anne Barrett-Doyle, el sitio web Bishop Accountability, que lleva un registro de sacerdotes involucrados en casos de abusos sexuales.

Solo en Boston, la Iglesia reconoció oficialmente 249 curas acusados, 10,7 por ciento del total de sacerdotes (2.324). Respecto a las víctimas, su archivo cuenta 1.476 personas en Boston y casi 20.000 en Estados Unidos.

McKiernan va a misa todos los domingos, a la parroquia Saint Anne’s, de Readville, un suburbio de Boston. Se arrodilla para orar, comulga y se queda un rato después de la ceremonia para reflexionar. ¿Cómo concilia los abusos con sus creencias? “La fe no tiene por qué ser fácil. Esto pasó porque las instituciones humanas son falibles; yo me quedo con lo eterno. Me parece importante tomar en serio lo simbólico que es este tipo de abuso: es el poder de ese hombre torturado arriba del altar, no es lo mismo que sufrir abuso de tu entrenador”.

Tras la misa, McKiernan conduce hasta la catedral de la Santa Cruz, donde empezaron las protestas en el 2002. Adentro, unas 30 personas escuchan la prédica de un sacerdote residente, pues el arzobispo O’Malley está en Roma. Al hablar con ellas, se capta que el tema de los abusos es visto como algo anterior. “Para el católico promedio, la Iglesia se ha rearmado. O’Malley aplacó la crisis, limitó la información pública y le devolvió cierto equilibrio a la Iglesia”, opina Barrett-Doyle.

Desde que O’Malley asumió, ha habido ajustes importantes. Se instauró un protocolo estricto para los contactos de los sacerdotes con niños y se financiaron programas de educación para estos. También se pagaron más de 215 millones de dólares en indemnizaciones, para lo cual cerraron parroquias y vendieron propiedades, como la residencia del cardenal Law. Así mismo, se empezó a informar a las autoridades de cualquier supuesto abuso, algo que antes dependía del secreto de confesión. En este punto, ni McKiernan ni Barrett-Doyle le dan demasiado crédito a la Iglesia, pues en el 2003 se reformó una ley estatal para obligar a los clérigos a denunciar.

El problema con las acciones legales radica en la prescripción. Después del 2002, Massachusetts ha reformado los plazos. En el 2006 se cambió la ley estatal para impedir la prescripción de delitos sexuales contra menores de edad por un plazo de hasta 27 años después de cumplidos los 16, la edad mínima fijada en el estado para relaciones sexuales consensuadas. Pero el principal foco de críticas contra O’Malley es la lista mencionada por Rezendes, revelada en agosto del 2011, con 249 curas acusados. Según Bishop Accountability, no había ningún nombre nuevo en ella y se dejaron afuera 91 sacerdotes diocesanos y 70 hermanos de órdenes religiosas. “El cardenal ha manejado la crisis miserablemente. Oculta documentos y entregó una lista incompleta, una media verdad (…).Han pasado 16 años y recién ahora el Papa parece estar haciendo algo”, dice Mitchell Garabedian, abogado de más de mil víctimas, retratado en Spotlight por Stanley Tucci.

El vocero del Arzobispado de Boston, Terrence Donilon, remitió a antiguos comunicados de O’Malley en los que explica que, como él no puede decidir el destino de esos curas, ya que dependen de congregaciones o de otras arquidiócesis, no es su responsabilidad denunciarlos.

El sacerdote de la iglesia a la que va McKiernan se llama Ron Coyne y nunca ha negado el problema. Cuando la crisis empezó, fue uno de los que firmaron una carta para pedir la renuncia de Law. Al poco tiempo, Saint Albans, su parroquia, fue cerrada. Lo reasignaron meses después, ya con O’Malley a la cabeza. Desde entonces, ha perdido fieles. Dice que pocas parejas bautizan a los niños y que escasea la vocación (desde 1997 no se ordenan más de 9 curas en la ciudad).

Coyne entiende el “divorcio” de muchos con la iglesia. Sin embargo, sabe que ser católico en Estados Unidos es una cuestión más profunda, con implicaciones de identidad: “Si yo dejara la Iglesia, no dejaría de ser católico. Muchos católicos no quieren ser nada más”, concluye.

FRANCISCO SIREDEY 
El Mercurio (Chile) / GDA

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