EEUU y Canadá

El daño medioambiental de Trump, en el fondo, es simple corrupción

Sus amigos empresarios creen que negando el cambio climático podrán recuperar los días de riqueza.

Polémicas decisiones de Donald Trump

Trump, en su momento, dio su luz verde para construir un oleoducto que Obama vetó.

Foto:

Aude Guerrucci / EFE

29 de mayo 2017 , 12:03 a.m.

Cuenta la leyenda que el rey Canuto llevó a sus aduladores al mar, para mostrarles que ni siquiera un rey podía darles órdenes a las olas, que las leyes de la naturaleza son más poderosas que los mandatos de los hombres. Pero Donald Trump realmente cree que sus decretos pueden contener las olas.

Más que aduladores, Trump está rodeado de empresarios amigos que, lo mismo que su tonto e ignorante rey, creen que negando el cambio climático podrán recuperar los días de riqueza y gloria del carbón, el petróleo y el gas.

Se equivocan. La codicia no revertirá el cambio climático antropogénico, y los decretos de Trump no detendrán el abandono mundial de los combustibles fósiles y la adopción de fuentes de energía de baja huella de carbono, como la eólica, solar, hídrica, nuclear, geotérmica, etcétera.

En estos pocos meses hemos aprendido que Trump es un hombre que vive en un mundo de fantasía. Firma decretos, ladra órdenes, publica tuits de medianoche… Pero los hechos no dejan de interferir con sus planes. Allí está la física, la ley, los tribunales y los votantes, que en su mayoría desaprueban su gestión.

Su última fantasía tiene que ver con el cambio climático. Trump firmó decretos con los que, asegura, revertirá las políticas del expresidente Barack Obama en la materia.

Esto incluye medidas como rescindir las normas del Plan de Energía Limpia de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), anular normas para el control de emisiones de metano causadas por la producción y distribución de petróleo y gas, y poner fin al uso regulatorio del ‘costo social del carbono’, una métrica introducida por la EPA para calibrar el valor económico del daño climático causado por la emisión de cada tonelada adicional de dióxido de carbono.

Según Trump, estas nuevas medidas crearán empleos en el sector del carbón, darán a Estados Unidos “independencia energética” y alentarán el crecimiento económico.

Además, Trump autorizó la construcción de un oleoducto desde Alberta (Canadá) hasta el estado de Nebraska, con el objetivo de vincular las arenas petrolíferas de aquel país con las refinerías estadounidenses. Obama rechazó el proyecto, porque agravaría el calentamiento global.

La motivación principal de Trump es servir a los intereses económicos de las industrias extractivas estadounidenses, que proveen abundante financiación de campaña y apoyo mediático a los republicanos en el Congreso y en los gobiernos de los estados. En pocas palabras, es corrupción: entregar políticas públicas a cambio de fondos de campaña.

Entre los implicados en esta conducta deshonrosa figuran ExxonMobil, Chevron, la Cámara de Comercio de Estados Unidos, Koch Industries y casi todos los congresistas republicanos, que con tal de asegurarse el flujo de fondos de campaña, están dispuestos a mostrarse en público como ignorantes, al negar el calentamiento global.

Pero Trump no puede detener las olas (o el aumento de los niveles oceánicos, tratándose del calentamiento global). La ciencia lo dice y el mundo lo sabe. No en vano, en diciembre del 2015, todos los Estados miembros de la ONU firmaron el acuerdo climático de París.

El planeta acaba de padecer los tres años más cálidos del registro histórico. Los océanos se están calentando a toda velocidad (de lo que da muestra el daño del 93 por ciento en la Gran Barrera de Coral australiana).

El cinismo y la ignorancia de Trump no convencerán a nadie. Además, sus acciones deberán enfrentar demandas en los tribunales, y es casi seguro que las perderá.

Entusiasmarán a unos pocos votantes en estados carboneros como Virginia Occidental y le ganarán el elogio de Koch Industries, pero indignarán al grueso de los votantes estadounidenses, que por amplio margen apoyan el reemplazo de los combustibles fósiles con energías renovables. E incluso con la corrupción de la política estadounidense, la opinión de los votantes cuenta.

Trump tampoco podrá revitalizar el moribundo sector del carbón, porque aparte de que causa enfermedades respiratorias a mineros y residentes de áreas cercanas a centrales de energía que lo usan como combustible y libera más CO2 por unidad de energía que el petróleo y el gas, su extracción está cada vez más automatizada y hoy la contratación de todo el sector no llega ni a cien mil trabajadores.

Paralelamente, el mundo camina en otro sentido. China está decidida a reducir las emisiones de CO2, depurar el aire de sus ciudades y ponerse a la vanguardia del siglo XXI en el uso de tecnologías no contaminantes como las células fotovoltaicas y los vehículos eléctricos.

Europa está cada vez más cerca de convertirse en una economía de emisión nula. Y los países del Golfo están creando importantes infraestructuras en energía renovable, especialmente con la solar.

Al final, podremos asombrarnos ante la estupidez del presidente estadounidense y la corrupción del Partido Republicano, pero no nos creamos que las fantasías climáticas de Trump cambiarán la realidad mundial o afectarán la implementación del acuerdo climático de París.

JEFFREY D. SACHS
Profesor en la Universidad de Columbia y director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.
© Project Syndicate

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