EEUU y Canadá

‘El terrorismo va a continuar y habrá más atentados’

Es vital que los servicios secretos de los países afectados, o por afectar, compartan sus datos.

Pánico en Manhattan: furgoneta atropella a transeúntes

Con esta camioneta, un terrorista uzbeko atacó a peatones y ciclistas en un sector de Manhattan, en Nueva York, el pasado martes. El saldo: ocho muertos. 

Foto:

Andrew Kelly / Reuters

03 de noviembre 2017 , 09:43 a.m.

En 2003, durante su visita a la capital española, el más alto experto del Pentágono en seguridad internacional, J. D. Crouch, aseguraba que habría más atentados en Europa.

Hace unos meses el coordinador antiterrorista de la Unión Europea, Gilles de Kerchove, se expresaba en similares términos: “Lo de Barcelona volverá a pasar, hay 50.000 radicales en Europa”. Nada que no se conociera entre los expertos y analistas de terrorismo islamista, a saber: habrá más atentados. 

Esto es obviado por los políticos y por una opinión pública que se bloquea y rechaza esta realidad como si con ello se conjuraran, pero no vale solo con desearlo. Después de cada atentado se convocan manifestaciones de repulsa con pancartas que llaman a la concordia entre las religiones y a luchar contra el fanatismo islamista con las armas del diálogo. Esto ha ocurrido en Bruselas, París, Niza, Oise, Estocolmo, Londres, Mánchester, Madrid, Barcelona, San Petersburgo, Grozni, Copenhague o Nueva York, por mentar algunas ciudades blanco de la violencia islamista.

Estas declaraciones de fraternidad, necesarias, no sirven por sí solas para disuadir a futuros perpetradores de acciones terroristas, que las ven como un signo más de la debilidad y decadencia del mundo occidental, máxime cuando la inmensa mayoría de los autores de estos exabruptos violentos viven en ese mundo occidental que tanto odian y lo conocen bien. Los últimos casos de Barcelona, Londres y Nueva York sirven para aseverarlo. Recordemos que todos los jóvenes que participaron en los ataques eran gente que vivió allí toda su vida y que no habían dado muestras de radicalismo y, lo peor de todo, no habían sido detectados por los servicios de inteligencia, a todas luces incapaces. Es cierto que supieron preparar sus acciones pasando desapercibidos, utilizando lo que ellos llaman la taqiyya o disimulo que les haga pasar inadvertidos.

Algunos dirán, no sin parte de razón, que esto fue posible por la descoordinación de las distintas políticas locales y nacionales. Es innegable la ineptitud de la Policía autonómica catalana, en el caso de los atentados en Barcelona, al obviar datos que de ser tomados en cuenta podrían haber evitado, o mitigado, los efectos de los atentados. Es este, el tema de la colaboración de las distintas fuerzas de seguridad del Estado, asunto capital.


Es vital que los servicios secretos de los países afectados, o por afectar, compartan sus datos. El jueves mismo China, y después de los atentados del 31 pasado en Nueva York, pedía mayor cooperación entre los distintos países. En similares términos se expresaron Donald Trump y Theresa May. Sabemos que eso ha servido para evitar atentados, y se ha de perseverar en ello; cuando los servicios de inteligencia detectan a un radical han de actuar con cautela, no con vehemencia. Ser radical no es un delito, pero es motivo suficiente para una monitorización; aunque está claro que no se puede poner un vigilante a cada uno, sí es necesario calibrar su nivel de extremismo y decidir, ponderando todas las variantes, si es necesario seguimiento especial. Algo así ocurre con el sistema de información europea de Schengen, que tiene una alerta para quienes, sin ser criminales, son considerados peligrosos.

La inmensa mayoría de los autores de estos exabruptos violentos viven en ese mundo occidental que tanto odian y lo conocen bien

¿Cómo mitigar la amenaza?

El 11-S ocurrió hace 16 años. ¿Estamos más seguros ahora que entonces? Difícil cuestión. Hemos ganado en medios y presupuesto para prevenir atentados yihadistas, que han servido para detectarlos y prevenirlos, sirvan las medidas en los aeropuertos y el incordio necesario para los pasajeros para afirmarlo. Los servicios de información han incrementado personal y presupuesto, además de las medidas de seguridad en transportes públicos, estadios, etc., sin duda han servido para disuadir a los violentos yihadistas.

Obviamente, la amenaza yihadista continuará, el objetivo es mitigarla lo máximo posible y coordinar acciones globales que acaben con ella a largo plazo.

Si nadie duda de que el Estado Islámico (EI) es el inspirador de los atentados en Occidente (el uzbeko Saifullo Saipov tomó ideas de videos del Estado Islámico para perpetrar el reciente atentado de Nueva York ¿Por qué hay oposición a que se lo golpee en sus guaridas? Sabemos que una parte sustancial de los miembros del EI son vástagos del Viejo Continente, muchos de ellos vuelven a Europa y son los autores intelectuales y materiales de los atentados; por ello debilitar la radicalización yihadista en Europa reclama debilitar al Estado Islámico en Siria e Irak. Golpearlos en su madriguera hará que no sean vistos como vencedores y poderosos, y con ello parecer atractivos a jóvenes susceptibles de radicalización. Esto implica la utilización de medios militares dentro de una acción multifacética y soportada de manera mancomunada por la comunidad internacional.

Todo lo anterior ha de darse con el liderazgo de Estados Unidos y con el seguimiento de Europa, pues al primero lo obligan su voluntad y fuerza y a la segunda, su condición de creadora de Occidente, además de su posición geográfica con respecto a los países musulmanes. Si no comenzamos a ser conscientes de que es una guerra, el avance del totalitarismo yihadista aumentará y la alteración del orden mundial se traducirá en un repliegue del mundo libre y democrático occidental, que solo será frenado, además de lo expuesto, con una reafirmación orgullosa de nuestra identidad propia que revierta la decadencia civilizatoria de Occidente en la actualidad.

Este aspecto es evidente para el yihadismo, ya que al percibir la debilidad de Occidente, renueva su determinación para seguir atacando convencidos de su victoria final.

Obviamente, la amenaza yihadista continuará, el objetivo es mitigarla lo máximo posible y coordinar acciones globales que acaben con ella a largo plazo

En Occidente se piensa que con democracia y laicismo se ganará al yihadismo, craso error, solo la combinación de estos con un esfuerzo de la seguridad y la supresión de terroristas en su país de origen, además del apoyo de políticas de crecimiento sostenidas en Oriente Medio, pueden darnos la victoria final contra el totalitarismo yihadista. No se ganó la Guerra Fría contra el totalitarismo soviético con ideología; la percepción de Occidente de tener la razón y el músculo militar y económico dieron la victoria al mundo libre.

No podemos esconder la cabeza bajo tierra como el avestruz, el tiempo corre en favor de los enemigos del mundo libre, que en el caso de los yihadistas, por la firmeza de sus convicciones y determinación, les hace unos enemigos tremendos. Si a ello unimos 8 años de inacción de la administración Obama, el panorama futuro es desolador.

La obra civilizatoria de Occidente, que hizo que la democracia y derechos humanos fueran copiados por todos los países, costó siglos de sufrimiento. Europa es vieja, pero ha aguantado los envites de los fascismos y comunismos con éxito, hemos conseguido que las mujeres puedan usar minifalda cuando lo deseen, que no nos interese la religión o la raza de nadie, etc.Durante un tiempo fuimos ejemplo por seguir en países de mayoría musulmana, pero el fracaso de nuestro modo de vida allí hizo crecer a un islamismo que muchas veces llegaba al poder por métodos democráticos para estupefacción de Occidente, demostrando que el islam es incompatible con la democracia.

La ‘incompatibilidad’

Es cierto: no todos los musulmanes creen necesario el uso de la violencia para acceder al poder político y que en el islam se practica la misericordia y la paz, pero se echan de menos, desde el mundo occidental, condenas más determinadas a los líderes religiosos musulmanes que fomentan el odio a Occidente y los infieles.

Pero, ¿por qué los terroristas atacan a Occidente? La respuesta es: odian nuestra libertad. Tal es así que no se reclama en los países islámicos una libertad igual a la que se da en Europa o América del Norte. Si los ciudadanos de los países de donde proceden algunos de los terroristas reclamaran la misma libertad que hay en Occidente, los terroristas no existirían. Todo régimen teocrático aborrece la libertad de pensamiento.

Los yihadistas aseguran defender a ultranza el islam, pero lo cierto es que el credo que intentan expandir se soporta sobre una violencia espeluznante, lo cual los separa de cualquier sentimiento religioso de armonía y convivencia pacífica. Algo como el diálogo racional, que está en la médula de la civilización occidental, es incomprensible para los yihadistas, por lo que sus posiciones están fuera de toda discusión.

Para crear terror, los yihadistas cuentan con un medio extraordinario: los medios de comunicación. La velocidad del internet y de los medios visuales y radiofónicos garantizan casi de manera inmediata el miedo de la sociedad después de un atentado, lo mismo si se da con gran cantidad de víctimas como si es la limitada acción violenta de un lobo solitario.

Además, internet garantiza la conexión y comunicación inmediata de los involucrados en los atentados y ayuda a su coordinación y, por ende, a una más violenta y efectiva acción terrorista. De ello son conscientes patrocinadores de los atentados, como el EI: por la red pululan militantes del Estado Islámico ejecutando a inocentes con especial sevicia para clavarlos después en picas o exhibir sus cabezas decapitadas, así logran el efecto de crear pánico incluso a quienes las observan a miles de kilómetros.

Para algunos, estos hechos solo tienen predicamento en zonas como Siria, Irak o Libia, especialmente castigadas por un ambiente de violencia extrema, pero vemos cómo son observados con admiración por ciudadanos nacidos en Europa, que no han conocido la pobreza ni la violencia extrema comunes en los países citados. La mayoría han recibido una educación occidental, se han beneficiado del Estado de bienestar, como los demás ciudadanos occidentales, etc., pero aun así odian a Occidente y su modo de vida y no sienten empatía con sus vecinos, a los que deshumanizan y solo ven como objetivos de sus acciones violentas.

El ejemplo extremo es el de quien deja familia, hogar y país occidental y marcha a zonas controladas por los yihadistas en Oriente Medio para enrolarse en el Estado Islámico. El caso más mentado es el del australiano Mohamed Elomar, que se exhibió en las redes mostrando las cabezas de sus víctimas y, no contento con ello, alentó a su hijo a hacer algo similar.

Es verdad que de la inmensa mayoría de los combatientes yihadistas provenientes de países musulmanes, muy pocos son hijos y nietos de nativos europeos que opten por adoptar la lucha violenta contra Occidente, pero algo estaremos haciendo mal para que esos individuos no se integren en nuestra sociedad.

Esa ‘incompatibilidad’ del Occidente democrático con el mundo musulmán continuará, augurando sufrimiento a los dos mundos, en forma de atentados en Occidente y de retaliaciones militares en los países musulmanes, en un pugilato en el que esperemos que venza el mundo libre.

JOSÉ ÁNGEL HERNÁNDEZ
Especial para EL TIEMPO
Director de la maestría en Historia con Énfasis en Historia Contemporánea de la Universidad Sergio Arboleda.
jose.hernandez@usa.edu.co

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