EEUU y Canadá

Una cumbre de mucho ruido y pocas nueces

Analistas critican la firma de un documento lleno de generalidades en la cita entre Kim y Trump. 

Kim y Trump

Kim y Trump se despiden después de la ceremonia de firma durante su histórica cumbre en Singapur.

Foto:

Kevin Lim / AFP

16 de junio 2018 , 09:28 p.m.

“El encuentro entre Trump y Kim fue histórico. Pero falta ver si tendrá efectos que pasen a la historia”, decía un titular de primera página del diario The Washington Post un día después de la crucial cita en Singapur entre el mandatario estadounidense, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un.

A grandes rasgos, ese encabezado del Post podría servir como un buen resumen del tan esperado encuentro entre ambos mandatarios: si bien Trump rompió el molde al reunirse con Kim, poco o nada salió de esa cita que permita inferir si su objetivo central, es decir, la desnuclearización del régimen comunista, podrá lograrse a mediano o largo plazo, o si terminará en rotundo fracaso.

Tras más de ocho horas de desayunos, almuerzos y reuniones de trabajo, ambos líderes firmaron un escueto comunicado conjunto en el que Pionyang se compromete “a trabajar en pro de la desnuclearización de la península norcoreana” y la recuperación de restos de soldados de EE. UU. que aún permanecen en ese país, mientras Washington le ofrece garantías de seguridad al régimen.

Asimismo, plantean que las conversaciones entre ambos países continuarán en el futuro para ultimar detalles. Trump, ya por fuera del documento, ofreció de manera unilateral suspender los ejercicios de guerra que realiza periódicamente con Corea del Sur, un anuncio que tomó por sorpresa tanto al Pentágono como a Seúl.
Y hasta allí, de momento, los resultados del cónclave.

La Casa Blanca, como se esperaba, no se bajó de “exitoso” y “sin precedentes” a la hora de catalogar el evento. Trump hizo eco de este mensaje añadiendo que a partir de ahora los estadounidenses y el mundo en general podrían “dormir tranquilos” en alusión al potencial conflicto bélico que se estaba cocinando si EE. UU. y Corea del Norte no llegaban a un entendimiento.

Bill Richardson, exembajador de EE. UU. ante la ONU y experto en negociaciones con este tipo de regímenes, lo vio también desde una perspectiva positiva. Para él, si bien Kim fue el gran ganador de la jornada –pues salió de la cumbre con estatus y reconocimiento internacional–, la apuesta de Trump bien podría valer la pena.

“Las negociaciones anteriores con Corea del Norte, que se construyeron de abajo hacia arriba, nunca dieron resultados. Trump está jugando un modelo inverso –de arriba hacia abajo– que puede dar resultados”, dice Richardson.

En otras palabras, la apuesta del presidente estadounidense es que a punta de alabanzas y buena química con Kim pueda convencerlo de que el mejor camino para su país es el abandono de su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones y un vigoroso respaldo económico que llegaría tanto de EE. UU. como de la comunidad internacional.

Y lo de este martes tan solo sería un primer paso en la construcción de un proceso que requiere confianza.

Wendy Sherman, que trabajó muchos años en el Departamento de Estado en los temas de Irán y Corea del Norte, cree a su vez que podría existir un alineamiento entre los intereses de ambos líderes que quizá produzca lo que nunca antes se pudo.
Kim, dice Sherman, quiere permanecer en el poder por muchas décadas más, pero enfrenta fuertes presiones internas y externas que amenazan esa longevidad. Particularmente, porque el país atraviesa una severa crisis económica como resultado del bloqueo comercial impuesto por Washington.

Trump, por su parte, le apunta a un gran triunfo internacional que podría consolidar su presidencia y le permitiría soñar con la reelección en el 2020. “Existe el potencial interés de ambos en sacar esto adelante. Aun así, será muy pero muy complicado”, afirma Sherman.

En cierta medida, al menos en el corto plazo, Trump podrá sacar ventaja de la cumbre con Kim independientemente de los resultados que esta arroje.

Aun así, el documento firmado por Trump y los resultados preliminares del encuentro con Kim fueron ampliamente cuestionados por otros académicos, expertos y medios de comunicación.

Jonathan Pollack, especialista en Asia del Este, sostiene que “lo que hizo Trump fue legitimar a un brutal dictador, al que llamó un hombre inteligente y honorable, sin obtener nada a cambio y firmando un documento lleno de generalidades”.

Según Pollack, lo acordado por Kim –trabajar en pro de la desnuclearización de la península norcoreana– es algo que ya había prometido en abril durante su encuentro con el presidente de Corea del Sur e inferior a lo que se había pactado en tres rondas de negociaciones anteriores (1994, 2006 y 2012) que el mismo Trump había criticado por vagas y débiles.

Algo que cobra aún más relevancia a la luz de la decisión del presidente de abandonar el acuerdo que se firmó con Irán para contener su programa nuclear acusando a su antecesor, Barack Obama, de haber firmado un pésimo acuerdo.

Además, tampoco se precisó la definición de desnuclearización de la península norcoreana, pues para Kim eso implica que EE.UU. retire de la región todo el aparato militar que hoy brinda protección a sus aliados en el sureste asiático, mientras que su administración lo entiende como el desmonte total, irreversible y verificable de todas las capacidades nucleares del régimen.

Lo que hizo Trump fue legitimar a un brutal dictador, al que llamó un hombre inteligente y honorable, sin obtener nada a cambio y firmando un documento lleno de generalidades

Para Robert Einhorn, del Centro para la Seguridad, el Control a las Armas y la No Proliferación, la cumbre fue un fracaso. Y eso es en parte gracias a las altas expectativas que la misma administración creó cuando habló de sus objetivos en estas negociaciones.

Trump, tras salir de la cita, hizo énfasis en que el proceso tardaría tiempo y sería mucho más complicado de lo previsto. Pero fue precisamente eso lo que muchos le criticaron cuando aceptó la reunión con Kim casi de inmediato y sin considerar esas complejidades.

“Para mí existían unos indicadores claros de los que dependía el éxito o fracaso de esta cumbre: precisar la definición de desnuclearización; determinar los pasos inmediatos que Pionyang podría tomar para demostrar su sinceridad y seriedad, como por ejemplo acabar con el programa de misiles balísticos de alcance internacional, o establecer un cronograma de cómo avanzaría el proceso. Nada de eso se acordó”, anota Evans Revere, experto asociado al Centro para Asia del Este.

Pero lo más grave, para muchos, fue la decisión de suspender o cancelar los ejercicios militares en la región –sin avisarles a sus más cercanos aliados–, pues señala que la EE. UU. de Trump estaría considerando un repliegue en esa zona del planeta, con todas las consecuencias en seguridad regional que eso implica.

Por eso, en parte, es que Richard Hass, del Brookings Institution, cree que los grandes triunfadores de la jornada fueron China y Kim.

“Nada más desea China que reducir la presencia militar de EE.UU. en el noreste de Asia y que se presente un distanciamiento con sus aliados en la zona (Corea del Sur y Japón en el sur). Un vacío que Pekín quiere llenar y que estaría obteniendo sin pagar costo alguno”, afirma Hass.

De la misma manera, al “normalizar” las relaciones con Corea del Norte, les da permiso a China y otros para que aflojen las restricciones comerciales que le habían impuesto a Kim en los últimos años y que fueron centrales en la estrategia para llevarlo a la mesa de negociación.

Además, Hass asegura que el líder norcoreano no solo obtuvo garantías de seguridad y legitimidad tanto internacional como local, sino que se ganó una invitación a la Casa Blanca que está aún por definirse.

Trump, cuestionado durante una rueda de prensa a la salida de su cita con Kim, desechó muchas de las críticas subrayando que había faltado tiempo para concretar los detalles y que el proceso tan solo estaba por comenzar.

“Estamos listos para escribir un nuevo capítulo. El pasado no tiene por qué definir el futuro y la historia demuestra que los adversarios se pueden convertir en amigos”, dijo Trump haciendo énfasis en que confía en las buenas intenciones del líder norcoreano.

Muchos vieron en esto un acto de ingenuidad. No en vano, tanto Kim como su padre, y antes su abuelo, se pasaron décadas jugando al gato y al ratón con la comunidad internacional mientras perfeccionaban su arsenal nuclear.

Hay otros que creen en los instintos de Trump y piensan que esta ocasión será diferente. El problema con ambos planteamientos es que quizá pasen años –de pronto muchos más de los que le restan a este mandatario en la Casa Blanca– antes de poder determinar cuál de los dos estaba en lo correcto.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington@sergom68

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