Asia

Tres visiones del regreso de China al modelo del líder supremo

Analistas de ese país opinan que esto puede ser más positivo que negativo.

Xi Jinping, presidente de China

El presidente chino, Xi Jinping.

Foto:

Fred Dufour / Reuters

03 de marzo 2018 , 11:26 p.m.

La decisión tomada esta semana por el Partido Comunista de China (PCC) para eliminar los límites de tiempo aplicables al mandato presidencial abre la puerta para que Xi Jinping no solo sea ‘presidente de todo’, sino también ‘presidente para siempre’.

La medida fue recibida con consternación en todo el mundo e intensificó un debate en curso entre los expertos en China sobre si la mayor amenaza para ese país es tener demasiado o muy poco poder ejecutivo.

La posición que uno adopta con respecto a esa pregunta parece depender en gran medida de si uno es politólogo, economista o tecnólogo. Muchos politólogos y académicos del derecho, por ejemplo, argumentan en contra del cambio, porque consideran que el modelo de liderazgo colectivo que el PCC estableció después de 1979 fue uno de sus mayores éxitos. Los límites de ese modelo para los términos del mandato presidencial y el sistema de revisión por pares para la toma de decisiones de alto nivel han proporcionado los controles necesarios para evitar que se repitan las catástrofes de la era de Mao, como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

De hecho, el nuevo orden político posterior a 1979 a menudo ha permitido una genuina batalla de ideas, particularmente entre la Liga de Jóvenes Comunistas estatistas y las élites costeras, que favorecen una mayor liberalización económica. China puede seguir siendo una sociedad cerrada de muchas maneras, pero sus principales formuladores de políticas han demostrado tener predisposición y mente amplia para experimentar y aprender mediante la prueba y el error.

Al mismo tiempo, muchos economistas están menos preocupados por el excesivo poder ejecutivo, debido a que piensan que es aún más peligroso tener un gobierno demasiado débil para modificar el modelo económico del país cuando sea necesario.

La mayoría de los economistas admite que el modelo de liderazgo colectivo ha evitado desastres. Pero, a su vez, argumentan que también impidió la reforma, y permitió que el PCC se convirtiera en un sindicato de corrupción y amiguismo que se encuentra despojado ideológicamente y carente de propósito.

Al final de los dos mandatos de Hu Jintao, en el 2013, muchos temían que el modelo de liderazgo colectivo fuera inadecuado para enfrentar los intereses económicos creados, hacer frente a la desigualdad y proveer bienes públicos básicos. De hecho, ya en el 2007, el primer ministro de Hu, Wen Jiabao, había llegado a la conclusión de que la trayectoria económica de China era “inestable, desequilibrada, descoordinada e insostenible”.

Por el contrario, según sostienen los economistas, Xi ha comenzado a dar vuelta a las cosas al luchar por “un partido más limpio”. Su masiva campaña anticorrupción ha encarcelado a miles de funcionarios del partido de todos los niveles y ha restablecido la reputación del PCC entre sus miembros de base. Los economistas admiten que la campaña de Xi también ha eliminado convenientemente a muchos de sus potenciales rivales. Pero ellos argumentarán que su posición fortalecida ahora le permite reemplazar un modelo de crecimiento basado en deuda financiada por algo más sostenible.

Por supuesto, queda por ver si dichos economistas están en lo correcto. A pesar del éxito de Xi con respecto a consolidar su poder y extender su control indefinidamente, hay motivos para dudar de que él estaría dispuesto a arriesgarse con un nuevo modelo económico si la sostenibilidad resulta ser incompatible con el mantenimiento de un crecimiento rápido.

Este es el punto en el que entran los tecnólogos, quienes ofrecen nuevas formas de corregir o evitar posibles errores. Además de suplantar el modelo de liderazgo colectivo por uno centrado en la personalidad de un líder supremo, Xi también ha expandido significativamente el Estado vigilante. El Gobierno usa cada vez más circuitos cerrados de televisión (CCTV), grandes bases de datos e inteligencia artificial con el objetivo de estudiar el comportamiento, las esperanzas, los miedos y los rostros de los ciudadanos chinos, de modo que pueda impedir la disidencia y los desafíos a su autoridad.

Por otra parte, bajo el mandato de Xi, el Gobierno estableció bases de datos de “crédito social” en línea, lo que sugiere que eventualmente podría lanzar una sola calificación para todos los ciudadanos chinos, que incluye calificaciones crediticias, comportamiento en línea, registros de salud, expresiones de lealtad al partido y otra información.

La belleza de una dictadura con grandes bases de datos es que podría sostenerse a sí misma más a través de “pequeños empujones” para manipular las perspectivas y el comportamiento de las personas y menos a través de amenazas directas y castigos que se tornan en un espectáculo público. Y, mientras más tiempo pasen los ciudadanos chinos en línea, más podrá el Gobierno controlar lo que ven y hacen allí.

Las tecnologías digitales también permitirán que el Gobierno responda más rápidamente al descontento público, o permitirán que evite por completo dicho descontento, si tiene la habilidad de discernir o predecir cambios en la opinión pública. Teniendo en cuenta que muchas dictaduras colapsan como resultado de tener información deficiente, las tecnologías digitales podrían convertirse en un profiláctico aún más poderoso contra la mala toma de decisiones que los límites de tiempo que se aplican al mandato presidencial.

Si hay algo en lo que todos –politólogos, economistas y tecnólogos– pueden estar de acuerdo es en que Xi está construyendo el régimen vigilante más poderoso e intrusivo de la historia de la humanidad. Queda por verse si su abordaje para “hacer que China sea grandiosa otra vez” fortalecerá su mano férrea o terminará siendo una debilidad fatal. Sin embargo, ya que China desempeña un papel cada vez más importante en la economía mundial a través de sus inversiones y proyectos de infraestructura, las repercusiones de lo que suceda en este país se sentirán en todas partes y durante los años venideros. En cierto sentido, Xi podría terminar siendo, al fin y al cabo, un ‘presidente de todo y para siempre’.

Xi Jinping, un cuchillo afilado

Aunque Xi Jinping (Pekín, 1953) pertenece al club de los llamados príncipes (descendientes de líderes prominentes del PCC) por ser hijo de Xi Zhongxun, ex viceprimer ministro, tuvo una adolescencia difícil.

En efecto, en pleno caos de la Revolución Cultural (1966-1976), fue enviado a trabajar en el campo en Shaanxi y estuvo encarcelado cuatro veces. “Tragué más bilis que la mayoría de la gente”, contó en una entrevista. Cree, sin embargo, que aprendió de esas experiencias. “Los cuchillos se afilan en la piedra. La gente se pule con las adversidades”, dijo. Está casado en segundas nupcias con la popular cantante de ópera Peng Liyuan, quien lo describe como un hombre “trabajador y con los pies en la tierra”. Durante mucho tiempo, Peng fue más popular que su marido, pero su presencia pública ha disminuido según aumentaba la del futuro presidente. Tienen una hija, Xi Mingze, que estudia en Harvard. Él también vivió una temporada en Iowa con una familia que lo acogió para que estudiara el sistema agrícola estadounidense.

Esa relación con Estados Unidos, sin embargo, no es un obstáculo para afirmar que “es un nacionalista incondicional”.

MARK LEONARD*
© Project Syndicate
* Director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores
Lahore (Pakistán)

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