Mundial Rusia 2018

El sueño del metro de Moscú en el Mundial de Rusia

El impecable subterráneo es una inspiración en cada paso. Es un homenaje al arte.

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Estaciones del metro de Moscú.

Foto:

Mauricio Moreno /EL TIEMPO

16 de junio 2018 , 08:15 p.m.

Vengo del futuro. De haber tenido la oportunidad, así habría querido saludar a mi bisabuela un día como hoy, cuando haré realidad uno de sus sueños: ver la inauguración del metro de Bogotá.

Pienso en ella no porque la hubiera conocido, sino porque siento que esa periodista loca de la que me hablaba mi abuelo Tomás al leerme sus historias en unas viejas hojas –que él solía llamar ‘libros’–, tendría derecho a saber que su anhelo de ver un sistema de transporte decente para la capital de su país será por fin una realidad. Tardó un poco. Es enero de 2098. Pero pasó y eso es más de lo que ella llegó a soñar.

Cuenta el abuelo que la obsesión de su madre con el metro comenzó en el 2018, cuando el fútbol, una de sus pasiones, la llevó a Moscú, capital de Rusia. Su tarea era contar lo que pasaría en un Mundial de fútbol que ganó… bueno, no tengo por qué recordarlo si jamás me interesé por ese deporte. Lo heredé de mi abuelo, qué puedo hacer.

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Estaciones del metro de Moscú.

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Mauricio Moreno /EL TIEMPO

Total, parecía que soñaba despierta con lo que vieron sus ojos allí, un palacio no para los reyes sino para sus súbditos. Al menos así lo describió su creador, un tal Stalin, líder comunista del país, que inauguró aquel metro en 1935 y lo convirtió en un complejo sistema de unas 200 estaciones, que transportaba cada día a 9 millones de personas.

La pobre, que solía meterse en unos aparatosos buses en los que la gente no cabía, pero se aguantaba con tal de ahorrar unos minutos, no podía entender cómo los rusos disfrutaban de un servicio tan digno desde hacía 80 años, mientras ella y sus compañeros de tortura se cansaban de exigir una solución igual.

Quedó impactada no solo con la eficiencia del sistema, sino con la manera como los rusos lo hacían suyo. Era impecable, en cada sílaba de esa palabra. No había un papel, un grafiti, un rasguño en ninguna de sus paredes, ni la más mínima señal de deterioro. Nada de malos olores, malos tratos, piezas desvencijadas, señales de desapego. Era más bien un tesoro común, como medio vital de transporte y como lujo para ricos y pobres, en exactas proporciones.

Sus pisos de mármol estaban perfectamente alineados a pesar de la vibración, el uso y los años y vivían en total armonía con el arte que se respiraba a más de 80 metros bajo tierra. Aún está lejos de eso el metro que estrenará Bogotá, pero también es verdad que el de Moscú fue su inspiración.

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Estaciones del metro de Moscú.

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Mauricio Moreno /EL TIEMPO

Las violinistas que interpretaban a Stravinski en la estación de Komsomolskaya tal vez no se parecerán a los bisnietos de Andrea Echeverry y Héctor Buitrago, que cantarán hoy en la estación Javeriana; ni a los herederos de alguna de las 1280 Almas presentes en la Calle 72 y menos aún a los bisnietos de La 33, que abrirán la operación en Portal Américas, donde parte la Línea 1 del sistema capitalino. Es distinto pero, ojalá, llegue a ser tan hermoso.

Pintura, escultura… cultura

El abuelo Tomás recuerda que acompañó a su madre a celebrar el centenario del metro de Moscú en 2035. Siempre creyó que era una exageración aquello del metro más grande del mundo, con cerca de 300 estaciones que se estrenaron en el 2020, hasta que pudo verlo directamente.

La bisabuela lo llevó a las estaciones que más le impactaron en su primera visita. La primera, la de las violinistas de Komsomolskaya. Lo hizo caminar entre las columnas de mármol al estilo barroco siempre mirando al techo amarillo, donde aún hoy permanecen los hermosos mosaicos incrustados, que alternan con enormes y suntuosas lámparas y barandas tipo republicano que separan un piso del otro. Era visitar un palacio, literalmente, recuerda el abuelo ahora.

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Estaciones del metro de Moscú.

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Mauricio Moreno /EL TIEMPO

Lo llevó también a Novoslobodskaya, que impactaba por tratarse de hermosos vitrales de unos dos metros de altura que aparecen incrustados en las paredes sobre un piso de parqué. Había figuras religiosas, estrellas, flores, pero más que nada una explosión de color que alegraba el alma, que rompía con el gris de los trenes, los abrigos y algunos rostros rusos. Era la preferida de mi abuelo.

Pasaron luego por Mayakovskaya, la que muchos consideran una de las más bellas paradas del sistema de transporte ruso. La luz es su principal componente, pues en el techo agrupa miles de pequeñas lamparitas, que se proyectan sobre columnas con incrustaciones de rojo. Es el ambiente perfecto para llegar después a los 34 mosaicos de Alexander Deyneka, que llamó a su exposición: ‘24 horas en el cielo soviético’.
Pudo ser esta la inspiración de Jacanamijoy, reflexionaba mi abuelo en estos días, en plenos preparativos del estreno del metro de Bogotá y del inicio de un nuevo milenio.

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Estaciones del metro de Moscú.

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Mauricio Moreno /EL TIEMPO

El periplo continuó por el metro de Moscú con una visita a las esculturas, muy presentes en dos hermosísimas estaciones: Elektrozavodskaya y Ploshchad Revolyutsii. En la primera eran impactantes las hileras de seis filas de lámparas incandescentes circulares en el techo, que eran un preámbulo a las bellas esculturas insertas en los muros de la estación.

En la segunda, las esculturas de madres, atletas, ingenieros, campesinos o deportistas captan la atención de los transeúntes, aunque nunca con tanto éxito como aquella del perro con nariz de bronce que todo el mundo pasa y acaricia para pedir buena fortuna.

Eran tantas y de tan impronunciables nombres aquellas maravillosas estaciones, que por muy buena memoria que tenga mi abuelo, a sus 87 años de edad, no podría recordar. Supo, en todo caso, que aquel inolvidable metro de Moscú llegó a ser utilizado como refugio antiaéreo en los días de la Segunda Guerra Mundial, que existe aún hoy la leyenda de que Stalin y los suyos construyeron una segunda línea a más de los 84 metros que tiene la estación más profunda y que se cuentan toda suerte de historias de fantasmas y apariciones, que él no descarta, pues le pareció casi sospechosa la manera como parece gritar el tren cuando hace algunas paradas.

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Estaciones del metro de Moscú.

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Mauricio Moreno /EL TIEMPO

Él y yo pensamos hoy en que fueron necesarios miles de millones de pesos en estudios y más estudios, en proyecciones que acabaron en nada, en peleas de sucesivas generaciones de políticos y empresarios, para llegar a este sueño de un metro que la bisabuela llegó a considerar irrealizable.

Su sueño fue llegar a casa algún día, ya no sorteando atracos ni trancones, sino canciones, pinturas y esculturas. Se fue sin saber que mi abuelo y yo, un día como hoy, seríamos capaces de hacerlo en un metro como el de Moscú, pero ahorrándonos el cruce del océano.

JENNY GÁMEZ
Enviada especial
Kazán
En Twitter: @jennygameza

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