Mundial Rusia 2018

El poder y los negocios detrás del Mundial

Aunque Fifagate produjo un revolcón, el dinero sigue influyendo sobre las decisiones en el fútbol.

Mohamed bin Salman, Gianni Infantino y Vladimir Putin

De izquierda a derecha: el príncipe saudí Mohamed bin Salman; el presidente de la Fifa, Gianni Infantino, y el presidente ruso, Vladimir Putin.

Foto:

Alexey Druzhinin / AFP

23 de junio 2018 , 09:23 p.m.

Zúrich, Suiza, 2 de diciembre del 2010. En un baño de la sede de la Fifa se encuentran los tres jinetes del fútbol suramericano: el paraguayo Nicolás Leoz, el brasileño Ricardo Teixeira y el argentino Julio Grondona. Son tres de los 22 ejecutivos que ese día deben otorgar las sedes de dos mundiales: el del 2018 y el del 2022. El primero ya está resuelto: la multinacional de la pelota confía en la Rusia de Putin. El segundo es más complicado. La votación se empantana.

Mientras desocupan sus vejigas, hacen lo de siempre: negocian. Leoz es el díscolo. Los otros dos necesitan del viejo paraguayo, el hombre que consiguió blindar la sede del fútbol suramericano en las afueras de Asunción. Según consta en el testimonio del argentino Alejandro Burzaco (exCEO de Torneos) ante la justicia estadounidense, Grondona y Teixeira apuran a Leoz. Qatar necesita su apoyo para asegurarse el Mundial del 2022.

Leoz rehúye a los árabes: en la primera ronda se decanta por Japón. En la segunda, por Corea. “¿Qué estás haciendo? ¿Eres el único que no vota por Qatar?”, le reprochan Grondona y su colega brasileño. “Sí, porque sé que tarde o temprano ganará”, responde él. Los hombres volvieron del baño más aliviados. La tercera ronda fue la vencida: Qatar ganó.

El Mundial es la vaca lechera de la Fifa. Las cadenas televisivas le pagarán 3 mil millones de dólares por el de Rusia. Por Qatar 2022 recibirá 500 millones más. Pero la elección de ambas sedes se transformó en un bumerán. Días después comenzó la investigación del FBI que, en el 2015, derivó en el ‘Fifagate’. La pesquisa desentrañó una cadena de corrupción en la que estaban involucradas agencias de ‘marketing’, empresas de televisión y ejecutivos del fútbol. Un reguero de sobornos que superaron los 160 millones de dólares. Un escándalo.

La respuesta estaba en la lealtad de los votantes. Y esa lealtad tenía un seguro cuya póliza se pagaba en efectivo

Estados Unidos había sido uno de los derrotados esa mañana de diciembre: a caballo de los millones que aportaban los patrocinadores, quería el Mundial del 2022. Inglaterra era otra potencia vencida: ni la sonrisa de David Beckham, el embajador de la candidatura, había podido convencer a los 22 votantes de que Wembley se merecía otro Mundial. Australia también fracasó.

¿Cómo era posible que un emirato sin tradición futbolística, cuya selección estaba en el ecuador del ranquin (era el 113 entre 211 países), hubiera conseguido el Mundial? La respuesta estaba en la lealtad de los votantes. Y esa lealtad tenía un seguro cuya póliza se pagaba en efectivo.

La Fifa tiene desde 1998 una herramienta clave para conseguir votos: el programa Goal. En teoría, se trata de partidas presupuestales que las asociaciones nacionales reciben para financiar proyectos: construcción de canchas de césped artificial, remodelación de oficinas, creación de ligas aficionadas, etc. En la práctica, se trata de un subsidio.

Uno de los tantos ejemplos es Islas Caimán: entre el 2004 y el 2015 recibió más de tres millones de dólares para un centro de excelencia futbolística. Sin embargo, solo construyó una cancha de césped artificial y unos humildes vestuarios. Un dato: entre 1991 y el 2015, el hombre fuerte del fútbol de ese país (un paraíso fiscal sin tradición futbolística, como Qatar) fue Jeffrey Webb, presidente de la Concacaf entre el 2012 y el 2015. Su poder de cabildeo era infinito. Una paradoja: es un antiguo miembro del Comité de Gobernanza de la Fifa. Terminó expulsado del fútbol tras declararse culpable de corrupción y aceptar la devolución de 6,7 millones de dólares.

En el 2016, y ya bajo la presidencia de Gianni Infantino (el hombre que sucedió a Joseph Blatter después del ‘Fifagate’), el programa Goal entró al quirófano. Se reforzaron los requisitos que las asociaciones debían cumplir para que desde Suiza enviaran los fondos. Lo rebautizaron Forward (hacia delante). Eso sí, pese a que la Fifa había entrado en números rojos por los costos legales asumidos en el 2015 debido a la investigación del FBI, el Forward de Infantino aumentaba la disponibilidad de recursos: 4 mil millones de dólares en diez años. Además, las confederaciones continentales pasarían de recibir 22 millones en cuatro años a embolsarse 40; las asociaciones nacionales, como la Federación Colombiana de Fútbol, percibirían 5 millones en el mismo período, en lugar de los 1,6 que cobraban hasta entonces.

Con semejante disponibilidad, Infantino siempre tuvo luz verde para sus reformas. El Congreso de la Fifa, en el que votan los 211 miembros (la Fifa tiene más banderas que la ONU), le aceptó desde el nombramiento de una ejecutiva sin experiencia en el fútbol, como la senegalesa Fatma Samoura, hasta la reforma de la votación para elegir las sedes de los mundiales. Hasta hace unos meses, el suizo gobernaba a placer y (casi) sin escándalos. Era una consecuencia de lo que había sembrado durante su campaña: inundó su pasaporte de sellos luego de visitar todas las confederaciones continentales y cientos de países en busca de votos y con la promesa de inyectar liquidez. Para muchas asociaciones asiáticas y africanas, era lo más parecido a un mesías.

“Los gerentes del fútbol terminan transformándose en políticos. Lo tienen en Argentina con el presidente Mauricio Macri (expresidente de Boca Juniors). Y lo vemos en Rusia con Vitaly Mutko, que integró el comité ejecutivo de la Fifa y es la mano derecha de Putin”, dice desde Estados Unidos el periodista Ken Bensinger, autor del libro ‘Tarjeta roja’, una investigación sobre la debacle de la Fifa que a Bensinger le demandó más de tres años. “Todos los países árabes tienen intereses en el fútbol. El deporte está integrado a su plataforma política –agrega–. Ser influyente en el fútbol otorga una especie de poder imperceptible. Sirve para ganar influencia, que después aprovechan en otras esferas”.

El objetivo es claro: recaudar. En la Fifa frotan las manos de solo pensar que países emergentes y superpoblados como India o China tengan su oportunidad de codearse con Argentina, Brasil o Alemania

Un Mundial ampliado

Infantino sabe que los dólares son fundamentales para su programa de gobierno. Sobre todo cuando la Fifa perdió más de 560 millones en los últimos dos años. El Mundial de Rusia es su maná. Pero también planifica hacia el futuro: en busca de más dinero por derechos de televisión amplió de 32 a 48 la cantidad de países que disputarán el Mundial desde el 2026. Y encaró su propia reforma del Mundial de Clubes. En ambos casos, el objetivo es claro: recaudar. En la Fifa se frotan las manos de solo pensar que países emergentes y superpoblados como India o China tengan su oportunidad de codearse con Argentina, Brasil o Alemania.

Hace casi dos meses, un hotel en Puerto Madero, Buenos Aires, fue testigo de una negociación clave. Infantino y el máximo dirigente del fútbol suramericano, el paraguayo Alejandro Domínguez, acordaron que la Confederación Sudamericana (Conmebol) le pidiera a la Fifa que haya 48 equipos desde el 2022 (en Qatar). Ellos son dos de los autores intelectuales del Mundial expandido, que está por definirse para el caso de Qatar, pero que es un hecho para el 2026.

Lo cierto es que la Fifa habla con Qatar desde antes del pedido de la Conmebol. Y se sabe que el emirato podría construir sin problemas los tres estadios extra que se necesitan para disputar un Mundial de 48 equipos.

Según fuentes al tanto de la negociación, Qatar ya habría dado el sí a la idea. Dos datos reafirman esta presunción: por un lado, el presidente de la Fifa asistió a la final de la Copa del Emir, en Doha, invitado por el Gobierno. Domínguez también estaba en la lista de honor, pero no pudo tomar el avión. Y por otro lado, el tema de la expansión del Mundial del 2026 se tocó en el último Congreso de la Fifa, en Moscú, aunque quedó a la espera de un informe de viabilidad del comité organizador y de un viaje de Infantino a la región.

Hay para todos

El Mundial del 2022 podría no solo ser de 48 equipos, sino ampliarse a otros países: Baréin y Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo. Para el gigante de la región, Arabia Saudita, quedaría el primer Mundial de Clubes renovado, que se jugaría en el 2021. Infantino quería discutir la multimillonaria oferta de un consorcio encabezado por el SoftBank japonés antes del Mundial de Rusia, pero la Uefa (Europa) boicoteó la reunión de urgencia que estaba planificada para mayo en Zúrich. “No importa que se haya postergado. Estaremos todos juntos en Rusia durante un mes. Habrá tiempo de discutir esa propuesta”, adelantó un dirigente.

Alexander Ceferin, presidente de la Uefa, habló en duros términos contra la idea. “No somos los dueños del fútbol. No está permitido que lo vendamos”, dijo el dirigente esloveno en un debate sobre la comercialización de los deportes de élite en Bruselas, sede de la Unión Europea. Sin nombrar a Infantino, agregó: “No puedo aceptar que algunos colegas consideren vender el alma de los torneos futbolísticos a nebulosos fondos de inversión”.

Infantino y los suyos deberán esperar para tratar la reforma del Mundial de Clubes, que no será tan fácil como la del Mundial de naciones, aprobada por unanimidad a comienzos del 2017. Mientras tanto, en cuestión de meses se sabrá si el Congreso de la Fifa aprueba que haya 48 equipos en Qatar. Después de eso, será el momento de ver si la pelota puede pacificar los países árabes. “El fútbol tiene la magia de unir a la gente, que no quiere guerras. La gente quiere celebrar y el fútbol es el deporte de la gente”, dijo Infantino después del Congreso de la Conmebol en Buenos Aires.

Cerca de él alguien mencionó que si el fútbol contribuye a llevar concordia al golfo Pérsico, podrían postularlo al Nobel de la Paz, lo que provocaría la envidia de su antecesor, Blatter, que siempre soñó con eso. Este premio se creó en 1892, luego de que Bertha von Suttner convenció a Alfred Nobel de que el galardón inspiraría a toda la humanidad. Lo persuadió en las entrañas del Baur au Lac, el hotel de lujo usado por la Fifa de Blatter para hospedar a sus ejecutivos. El destino, a veces, es tan circular como una pelota de fútbol.

ALEJANDRO CASAR GONZÁLEZ
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @acasar

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