Lecturas Dominicales

Albert Einstein, el genio 'superstar'

La biografía del científico, escrita por Walter Isaacson, es una de las más rigurosas a la fecha. 

El genio superstar

La biografía del científico, escrita por Walter Isaacson, es una de las más rigurosas que se han publicado. Con detalles personales y análisis de sus teorías, logra explicar la mente maravillosa del genio de la relatividad.

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AFP

18 de agosto 2017 , 03:54 p.m.

Walter Isaacson es un periodista y biógrafo estadounidense que ha logrado ponerse en el punto medio de la distancia que va de la ciencia y la innovación a la cultura popular. Sus biografías sobre Albert Einstein y Steve Jobs deberían ser manual de consulta obligatoria en cualquier facultad de periodismo, no solo para los que quieren incursionar en el área de la ciencia, que desafortunadamente son muy pocos, sino en todos los casos: deportes, entretenimiento, político, etc.

El rigor con el que ha reconstruido las historias de personajes claves del siglo XX como los dos mencionados o el exsecretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, es de una filigrana absoluta, milimétrica. En sus libros, el capítulo de citas, donde explica cómo consiguió la información que sustenta su historia, es más grande que todos los demás por la minuciosidad con la que se toma el oficio de reportería e investigación. A este rigor, heredado de la academia y de la ciencia misma, se le suma un gran sentido narrativo y literario, lo que permite que el lector disfrute sus textos con el ritmo de una novela popular.

Entre su bibliografía tiene tres libros que son fundamentales para entender el siglo XX y sus transformaciones: Einstein, su vida y su universo, Steve Jobs y Los innovadores (la historia de las ciencias de la computación). Ideal leerlos en ese orden, que es en el que fueron publicados.

La biografía de Einstein, publicada originalmente en el 2007, fue relanzada este año debido al estreno de la serie Genius, de la National Geographic, cuyos libretos fueron escritos con base en la monumental investigación de Isaacson. La genial actuación de Geoffrey Rush, la dirección mesurada de Ron Howard y las diez nominaciones a los próximos premios Emmy ratifican la feliz coincidencia en la que libro y serie de televisión están a la altura del personaje. Lo cual no necesariamente ocurrió en vida del genio alemán, pues en la serie recuerdan sus enfrentamientos con una productora estadounidense por la forma como fue adaptada su vida a la gran pantalla. Infortunadamente, el padre de la teoría de la relatividad no tuvo la suerte de vivir la era dorada de la televisión, en la que la extensión de las series permite estar más atentos a los detalles y a la complejidad de los relatos.

En cuanto a la biografía escrita por Isaacson, es importante resaltar que el autor, consciente de las dificultades que entraña explicar las teorías de Einstein en un ámbito que no sea académico, remitió los capítulos en los que abordaba el tema a premios Nobel de Física como Murray Gell-Mann y profesores de física de universidades como Cornell, Harvard y Columbia, y después se los envió a profesores de física de bachillerato para que evaluaran si los textos podrían ser entendidos por adolescentes.

Incluso así, no se puede decir que se trate de una especie de manual de Einstein para dummies, en parte porque la revolución que generó el físico alemán es el producto de unos niveles de abstracción muy superiores a los de cualquier persona promedio. Afortunadamente –como en casi todo–, el tiempo le ha dado la razón, pero en su momento, como les sucede a los iconoclastas, fue materia de furiosas discusiones.

El autor resalta, y es casi un leitmotiv en el texto, que para explicar la complejidad de lo que decía, Einstein echaba mano de sus famosos experimentos mentales, situaciones hipotéticas que solo podían ser recreadas con un esfuerzo de imaginación importante, pero que en realidad eran, al menos para la época, imposibles de reproducir. En su momento, el físico alemán se convirtió en el principal líder de la física teórica, que a comienzos del siglo pasado era vista por los físicos experimentales con mucha sospecha y serios cuestionamientos.

La discusión entre unos y otros explica por qué, al contrario de lo que respondería cualquier concursante de ¿Quién quiere ser millonario?, a Einstein no le dieron el Premio Nobel de Física por la teoría de la relatividad. La historia dice que se lo dieron por la ley del efecto fotoeléctrico, y ese no es un detalle menor. Fue la fórmula que encontró la Academia Sueca para no otorgárselo por la teoría de la relatividad, que en ese tiempo generaba mucha discusión y cuestionamientos entre el establecimiento de la ciencia.

A Einstein no le dieron el Premio Nobel de Física por la teoría de la relatividad. La historia dice que se lo dieron por la ley del efecto fotoeléctrico, y ese no es un detalle menor.

Casi tan difícil como entender su ciencia es comprender por qué Einstein fue, y todavía lo es, lo más parecido a una estrella de rock proveniente del mundo de la academia. Ninguno de sus colegas y contemporáneos alcanzó tales niveles de popularidad. Sus logros científicos y la naturaleza de la revolución que generaron tampoco explican por qué, a donde llegaba, la gente corría a tocarlo y a pedirle autógrafos como si fuera el mismo Frank Sinatra.

La verdad es que Einstein, insinúa Isaacson, sentía placer culpable por la publicidad y los titulares de prensa. Aunque en público lo negaba, reconoció rápidamente el poder de la incipiente cultura de masas. De hecho, su vida transcurrió en forma paralela al desarrollo de la llamada “industria cultural”; él vio nacer la radio, la televisión y el cine, y de alguna manera se benefició de su potencial.

Fue un científico que se salió de la ciencia y utilizó su popularidad e influencia para impulsar causas como el pacifismo y el sionismo, y también fue capaz de revisar sus principios para adaptarlos a los nuevos. En el fondo era profundamente pragmático. A pesar de su reconocido rechazo a la guerra, firmó la carta en la que alertaba al Gobierno estadounidense sobre desarrollar la bomba atómica por los avances que en ese sentido habían tenido los científicos alemanes y lo que eso implicaba para las democracias.

Y aunque suene un poco frívolo, impuso el estereotipo universal del hombre de ciencia, es decir, personajes completamente ensimismados, que no tienen tiempo ni siquiera para el aseo personal. En una época en la que la construcción de la imagen comenzó a tener valor de uso, Einstein lo hizo sin tener plena consciencia de que su pelo desaliñado y sus trajes dos tallas más grandes se convertirían en casi una marca.

Pero también lo ayudó su tendencia a ser irreverente, a romper las reglas, a ir contra la corriente. Para su fortuna, no se tomaba tan en serio como muchos de sus colegas; prefería rechazar la invitación a dar conferencias en los grandes centros del saber como Harvard, para dictar una charla a jóvenes estudiantes afroamericanos, o sacarle la lengua al fotógrafo y romper la solemnidad de los retratos que se hacían en la primera mitad del siglo XX.

El trabajo de Isaacson sobre Einstein fue una de las razones para que Steve Jobs, un personaje que no descuidaba ningún detalle, lo escogiera para que contara su vida sin ningún tipo de cortapisas. De hecho en el prólogo del libro sobre Jobs, Isaacson recuerda que cuando el fundador de Apple le pidió que escribiera su biografía, acababa de publicar una de Benjamin Franklin y estaba terminando la de Einstein, por lo que le preguntó en tono de broma a Jobs: “¿Es que acaso te consideras el continuador natural de la serie?”.

Y tenía razón, porque cada uno, a su manera, afectó con sus acciones la cotidianidad de miles de millones de personas en todo el mundo, y ambos fueron irreverentes, estrellas pop en universos para nada pop. Y como están de moda las trilogías, se recomienda cerrar esta de Isaacson con Los innovadores, un texto lleno de anécdotas y descubrimientos alrededor de la industria de los computadores, desde que era solo una idea a comienzos del siglo XIX hasta que revolucionó el mundo casi con el mismo poder con que lo hizo la imprenta en el siglo XV.

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