Lecturas Dominicales

La música del desierto

Una mirada a la obra de la escritora y crítica chilena Diamela Eltit. 

Diamela Eltit

La escritora chilena fue una de las invitadas especiales en la Feria del Libro de Bogotá.

Foto:
13 de mayo 2018 , 09:00 a.m.




Hay escrituras sísmicas que tienen la capacidad de producir temblores tanto en el lector que las lee como en la materia que tratan en sus ficciones. Escrituras que producen estados de vibración y alteración capaces de averiar las estructuras establecidas y su funcionamiento. Escrituras que filtran los sistemas de poder y que se infiltran en sus tecnologías y prácticas para quitarles la costra a los discursos dominantes y llegar al hueso de su sofisticada perversión. Escrituras que miran a los ojos la máquina de guerra que amenaza sin piedad la vida, los cuerpos, el deseo para resistir contra su voluntad de destrucción y aniquilación de las diferencias y del desacuerdo. Escrituras, finalmente, que se fugan de la lengua mayor para abrir caminos inéditos e inexplorados dentro de la misma lengua y llevarla hasta sus límites.

Como estas escrituras es la de Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949), una de las figuras más relevantes y singulares de la literatura latinoamericana actual, autora de un conjunto de obras –Lumpérica (1983), Por la patria (1986), El cuarto mundo (1988), El padre mío (1989), Vaca sagrada (1991), El infarto del alma (1994), Los vigilantes (1994), Los trabajadores de la muerte (1998), Mano de obra (2002), Jamás el fuego nunca (2007), Impuesto a la carne (2010), Fuerzas especiales (2013), entre otros títulos de ficción y crítica– que en sus diferentes apuestas formales y temáticas dan cuenta de un proyecto estético y político que usa la literatura como espacio de resistencia al poder en sus múltiples manifestaciones, desde la dictadura de Augusto Pinochet hasta los discursos que norman la sexualidad, el género, la raza, el cuerpo, la clase. En este sentido, su obra transita por diferentes saberes y ámbitos del conocimiento, interviene espacios públicos a través de performances y acciones públicas (recordemos que en la dictadura la autora fundó con otros artistas y escritores chilenos el Colectivo de Arte de Avanzada, CADA), ensaya formatos textuales y lenguajes diversos. Todo lo cual da cuenta de una concepción de la literatura expandida que desborda los límites de los géneros y se acerca a la vida hasta confudirse con ella. Una literatura que hace uso de materiales y archivos distintos, de experiencias y memorias de sujetos excluidos y del margen para mostrar cómo operan la ley y el poder sobre los cuerpos y cuáles heridas causan en ellos.

Hay escrituras sísmicas que tienen la capacidad de producir temblores tanto en el lector que las lee como en la materia que tratan en sus ficciones.

De las posibles entradas a la vasta y compleja obra de Diamela Eltit, elijo El infarto del alma por ser un libro que aborda la dimensión más lírica y sensible de la locura: el amor. ¿Qué implicaciones tiene el amor cuando ocurre entre personas encerradas en una institución disciplinaria?, ¿qué significa amar con locura cuando solo se puede amar locamente?, ¿qué significa escribir sobre los locos que se aman?, ¿en qué lengua, en qué registro hacerlo? Eltit realiza un viaje al manicomio de Putaendo, un pueblo en el interior del país, para acompañar a la amiga y fotógrafa chilena Paz Errázuri, quien está haciendo una serie de fotos sobre los pacientes recluidos allí. Entrar al recinto psiquiátrico implica para ella confrontarse con un espacio asediado por la vigilancia y el control, donde los cuerpos confinados están marcados, en su materialidad orgánica, por las cicatrices de la “cura”; pero a la vez, donde esos mismos cuerpos están unidos por el afecto y el amor que les proporciona otra pertenencia y ciudadanía que fisura la genealógica y familiar e inaugura otra basada en la intensidad y el delirio que expande esos cuerpos impotentes y estériles, volviéndolos cuerpos del derroche y del gasto.

El infarto del alma como cuerpo textual ha perdido la razón y habla más de una lengua porque ninguna alcanza a decir lo que son la locura y el amor como experiencias excesivas que no tienen cabida en la sociedad capitalista de la producción, reproducción y rendimiento. El libro, además de tener doble autoría, lo que implica un cuestionamiento de la figura del autor como propietario del sentido para pensarlo como un agenciamiento colectivo de enunciación, funciona como un cuerpo impredecible, no programático, no sistemático donde se alternan cartas, fotos, diario, poemas, ensayos sobre el romanticismo y la tuberculosis, textos híbridos sobre la maternidad, el descontrol amoroso, el psicoanálisis, que constituyen órganos distintos de un cuerpo errático que transita por lugares de enunciación diferentes y que despliega distintos discursos sobre el amor y la locura sin privilegiar ningún género sobre otro. Que transita entre uno y otro mostrando los males, las ansiedades, las contradicciones que causan el amor y la insuficiencia. No hay progresión ni acumulación en este libro que gasta todo lo que sabe para decirnos que el amor no tiene una razón que lo gobierne, sino es un lugar político donde las normas se desmarcan y donde se ejerce una resistencia a la voluntad médica y psiquátrica de controlar y a la “caridad rígida del estado” de curar inflingiendo heridas.

El infarto del alma como cuerpo textual ha perdido la razón y habla más de una lengua porque ninguna alcanza a decir lo que son la locura y el amor como experiencias excesivas.

En este texto Eltit, al igual que en otras de sus obras, se ocupa de un sujeto marginal, el loco confinado en un espacio que lo separa del mundo y que le quita toda agencia, pero que logra salvarse de la tiranía estatal y médica porque ama, porque encuentra en el otro (loco) a alguien que lo cuida, que lo alimenta, que lo espera, que lo abraza. Ese “mínimo de vida humana” que son los cuerpos del encierro se convierte en energía expansiva a la ahora del encuentro con el enamorado, hecho que abre una línea de fuga dentro del reformatorio; un más allá de la ley y de los fármacos que desarticula el diagnóstico y la pericia médica y expande el deseo que siempre fue censurado o castrado por la sociedad. El afecto funciona dentro del manicomio como potencia política que funda una comunidad del sentir, donde lo común es amar locamente. Por el breve tiempo de su visita en el sanatorio, Eltit y Errázuri forman parte de esa comunidad que las reconoce como “Tía Paz” y “mamita” y que se muestra complacida de posar para las fotos que los toman en cuenta y le dan visibilidad a ese ser dos, ese ser siameses como una nueva oportunidad de existencia.

El infarto del alma es también un libro sobre el amor por la palabra, como lo dice Eltit en un pasaje del diario: “Después de todo he viajado para vivir mi propia historia de amor. Estoy en el manicomio por mi propio amor a la palabra, por la pasión que me sigue provocando la palabra”. En este sentido, es también el testimonio de una impotencia, el reconocimiento de la insuficiencia del lenguaje para representar la experiencia. Pero en el caso de Diamela Eltit, este testimonio precario que se materializa en la experimentación de varios discursos y lenguajes logra tocarnos e interpelarnos justo allí donde el sentido falla y donde queda resonando “la música del desierto”, ese canto que brota de la garganta de un loco y que Eltit nos hace escuchar con sus oídos y poniéndonos a temblar.


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