Lecturas Dominicales

Un adiós a José Luis Cuevas

Este es un homenaje al pintor mexicano y un recuento de anécdotas con amigos como Buñuel y Negret.

Un adiós a Cuevas

Pintor, escultor, dibujante, grabador. Cuevas tiene un lugar ganado como una de las grandes figuras del arte mexicano.

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El Universal / GDA

19 de agosto 2017 , 01:58 a.m.

En el amanecer del 3 de julio pasado, murió una leyenda de las artes plásticas: José Luis Cuevas. Los últimos diez años de su vida los pasó en un extraño exilio: de todos sus amigos, su familia y esa luz pública que tanto lo atraía desde su adolescencia, solo estaba rodeado de rumores y desapegos. Pero antes no fue así. El siglo XX tuvo como uno de sus grandes a este personalísimo dibujante y polémico artista. Padre absoluto del monstruismo latinoamericano, en cuanto aportante de ideas a todos los artistas figurativos que en el arte moderno se enfrentaron al reto de la figura humana.

Muerto Rufino Tamayo, ese grande de la pintura mexicana, en 1991, Cuevas ocupaba el lugar del pintor vivo más importante de México. Y él lo sabía. Lo molestaba y le gustaba al mismo tiempo. Le agradaba porque el sueño de construir su gigante museo en el centro de la ciudad pudo concretarlo después de muchos años; lo molestaba porque en cualquier lugar público donde se sentara, la gente lo rodeaba para pedirle autógrafos como a un cantante de rancheras.

¡Ahí vive Cuevas!

Es julio de 1992. Estoy frente a la casa de José Luis Cuevas, en la colonia de San Ángel, Ciudad de México. Mientras aguardo a que me abran la puerta, pasa un taxi lleno de turistas camino al San Ángel Inn, un sofisticado restaurante al final de estas callecitas construidas en piedra. El taxi se detiene frente a la casa, y desde adentro alguien la señala. Oigo una voz muy mexicana que dice: “Ahí vive el pintor José Luis Cuevas, gloria de nuestra pintura”. Es la voz del taxista. Todos los ocupantes miran hacia la casa como esperando ver no sé qué, y el taxi arranca de nuevo perezosamente. Cuando entro, el celador me cuenta que esta escena es habitual y que él tiene la orden de decir que el pintor está de viaje cuando los pasajeros se aventuran a bajarse y timbrar en su puerta. Esto sucedía en una capital por entonces de más de veinte millones de habitantes, donde todo el mundo es en mayor o menor medida un ser anónimo.

Luego Cuevas me contaría que esas eran las de arena, porque también las hubo de cal. Me relataría cómo en la época de López Portillo, un presidente mexicano que se recuerda por nefasto –durante su sexenio ocurrió una matanza de estudiantes en la plaza de Las Tres Culturas–, él se sumó a la protesta e indignación nacional. Dos días después, la fachada de su casa recibió una ráfaga de metralleta como advertencia. Pero es que con José Luis Cuevas simplemente no hubo término medio: en México se lo ama o se lo odia.

Y es que posiblemente en México nada sea en términos medios. La ternura y la bravura son parientes cercanas. Todo es contraste, surrealismo puro, como la pintura de Cuevas. Basta recordar que en ese hermoso país que ama a sus artistas y los respalda, esa santísima trinidad del muralismo que fueron José Clemente Orozco, Diego Rivera y Alfaro Siqueiros pintaban sus murales políticos armados de revólver al cinto para tener a raya a sus detractores. Y tal vez ha sido el único país en el mundo en el que un pintor, Diego Rivera, llegó a ser el hombre más influyente después del presidente de la República. Fue la sombra tras el poder que le otorgó asilo a Trotsky y lo alojó en su casa, donde vivía con su amada Frida Kahlo.

La tarde en que conversé con Cuevas nos dimos un viaje por el laberinto de sus amigos. Esto dijo sobre algunos de ellos...

La ternura y la bravura son parientes cercanas. Todo es contraste, surrealismo puro, como la pintura de Cuevas.

El precursor

“José Gómez Sicre es el gran precursor por quien el arte latinoamericano ocupa un lugar digno en el mundo, como ya lo posee. Él fue definitivo en mi obra, como en la de muchos artistas, en el proceso de internacionalizar el camino del arte latinoamericano, de encontrar mercados y exponer en todas partes. Esa fue su obsesión. Él quería encontrar un Picasso latinoamericano y lo buscaba por todas partes. El mejor homenaje que se le puede rendir a su memoria es señalarlo como el verdadero pionero y abrecaminos que fue. Viajé expresamente a verlo antes de morir, y lo encontré muy solo y enfermo. Es justo siempre mencionarlo y rendirle un devoto homenaje”.

Las Trabazones con Marta

“Con Marta Traba nos unía una camaradería explosiva, en la que se daba algo muy extraño. Donde estuviéramos había trifulca, polémica, controversia, hasta trompada limpia… agresión física, como sucedió en El Salvador y en Costa Rica. En Colombia estuvo a punto de suceder durante una conferencia que dictábamos Marta y yo en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá. La discusión fue tan airada que tuvimos que salir por una puerta distinta a la de la audiencia. Las cosas con ella siguen siendo extrañas. Cuando se conmemoraba el primer aniversario de su muerte, estábamos con Álvaro Mutis en un auditorio atestado de gente, dando una charla en su memoria. Todo iba bien hasta que de pronto se armó una zambra tremenda. Surgió un pleito terrible en pleno diálogo, que iba muy armonioso. Luego supe que dos poetas que se odiaban se encontraron y se fueron a los puños en frente de todo el público, que también protestaba y gritaba. Creo que Marta, ya muerta, debió morirse de risa. Yo, que tenía el micrófono en la mano, dije que era lo más natural que sucediera algo así, que era como si su fantasma nos estuviera acompañando y siguiera inspirando trifulcas. Fue una amistad hermosa, llena de grandes euforias y también de enormes depresiones. Porque después de que peleábamos con todo el mundo, quedábamos los dos completamente solos. Abandonados por las buenas consciencias que habíamos molestado, caminando como dos huerfanitos calle abajo”.

El discreto encanto de Buñuel

“A Buñuel lo conocí a los 16 años. Yo hacía apuntes y retraticos para una revista, y veía mucho cine. En el año 50, trabajaba para The News, que fue un periódico muy famoso en México. Era el ilustrador. Un día le iban a hacer una entrevista a Buñuel, y yo me aparecí en la calle Extremadura para hacerle su respectivo retrato. Me recibió y le hice un apunte muy rápido. Pero lo que me interesaba era poder hablar con él sobre cine. Le recibí un café y lo sorprendió que un mocoso de 16 años supiera tanto de sus películas. Acababa de dirigir Los olvidados. En México era un director exiliado y aún no había sido descubierto por la crítica francesa. Le llamó la atención que yo le hablara de El perro andaluz y de su etapa surrealista. Me quedé toda la tarde hablándole a él… de él. Y me oyó muy divertido.

Nos reencontramos muchos años después. Sucedieron cosas tan mágicas como que una de las visitas que hizo Buñuel, estando ya muy viejo y enfermo, fue a mi casa. Bertha, mi esposa, le hizo la última entrevista. Ese día estaba muy triste. Venía de asistir al entierro de un gran amigo suyo, otro español exiliado de apellido Mantecón. Y me dijo: ‘Imagínese usted que ya mis únicas salidas son para despedir a algún amigo que muere’. Poco después murió. A ciencia cierta, no sé si él me recordaba como ese muchacho que fue a hacerle un apunte y se le quedó toda la tarde. Eso nunca lo aclaramos. Pero sí tuvimos una hermosa amistad basada en una desconfianza que siempre sintió hacia mí porque no tomo licor. Mi abstinencia total le producía físico horror y me lo decía siempre que nos veíamos: ‘Su abstinencia me resulta detestable. A mí no me gusta la gente que no toma’. Pero cada encuentro era hermoso. Él bebía su champaña, y yo le oía sus historias”.

Un adiós a Cuevas

José Luis Cuevas.

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Tongolele

“¿Quién no recuerda a Tongolele? Ella encarna gran parte de las fantasías eróticas de mi infancia y adolescencia. Junto con otras diosas del cine mexicano. Pero una de las presencias que persistieron fue la de ella, hasta el punto de que, en plenos años 90, Tongolele sigue viva y activa en su belleza y atractivo. Yo la conocí del modo más curioso. Me habló por teléfono una señora Yolanda Montes y me dijo que quería hacerme una entrevista para una revista de Nueva York. Y que su idea era ilustrarla con un retrato que ella misma quería hacer. De entrada le dije que sí. Y le agregué: ‘Le doy la entrevista y me dejo pintar el retrato porque usted se llama igual que una de mis fantasías de infancia: Tongolele’. Se rió y no dijo nada. Cuando llegó, ¡vi que era Tongolele la que iba a entrevistarme y a pintarme! ¡A mí, que la había pintado tantas veces en mi infancia!

¿Usted es Rulfo?

“Con Juan Rulfo tuve una amistad entrañable. Y lo conocí de un modo muy curioso, yendo a un encuentro en el Interamerican Comity, al que fueron invitados directores de cine, escritores y, como pintores, Fernando de Szyszlo y yo. En el momento en que registrábamos el boleto de avión, un señor de aspecto bondadoso me sostuvo el maletín de mano mientras yo hacía los trámites de chequeo. Luego, cuando él iba a hacer su chequeo, se negó a devolverme el maletín e insistía en cargarlo hasta el avión. Me decía lo grato que le parecía que viajáramos juntos y cómo admiraba mi obra. Nada pude hacer. Yo le decía: ‘Señor, no se moleste usted’. Y él contestaba: ‘No, no importa, vente nomás’, y con paso ligero corrió al avión, y yo atrás de él, desesperado. Se negó a toda costa a devolvérmelo. Lo menos que pude hacer, ya en el avión, fue colaborarle a acomodar su equipaje y liberarlo por fin del mío. Nos dieron sillas seguidas. Ya sentados, me contó que iba al mismo encuentro que yo. En busca de iniciar una charla amable, le pregunté qué hacía. Me contestó: ‘Escribí algunas cositas, pero ya no escribo. Estoy por ahí viendo si de pronto empiezo una novela’. Ante esta extraña respuesta le pregunté qué había escrito. Con la mayor humildad me dijo: ‘Yo escribí sólo dos libritos, Pedro Páramo y El llano en llamas’. Me quedé helado. ¿Usted es Juan Rulfo? Literalmente grité: ¡Pero si soy yo el que debe cargarle las maletas a usted! Fue lo único que se me ocurrió decir y fue lo que hice cuando llegamos a Nueva York. Rulfo era un hombre apresado en una gran timidez. Un hombre asustado por la vida, al que le costaba mucho trabajo comunicarse. Sin embargo, ya en confianza, cuando hablaba demostraba tener un gran conocimiento y amor por la literatura. A partir de ese viaje, su nombre me causa verdadera emoción. Seguimos viéndonos con frecuencia”.

Escribí algunas cositas, pero ya no escribo. Estoy por ahí viendo si de pronto empiezo una novela

¡Ay, mi Dolores…!

“Con Dolores del Río, esa gran dama del cine mexicano, tengo una relación muy antigua y un dato muy curioso: la foto oficial de mi matrimonio con Bertha. Resulta que en esa foto no aparece Bertha sino Dolores del Río partiendo conmigo el pastel de bodas. Las cosas sucedieron así: Rosa Covarrubias, esposa de un gran pintor mexicano, ofreció la recepción en su casa. Ella era una gran fotógrafa, además de pintora. Justo cuando se iba a partir el pastel, Bertha tuvo que salir corriendo porque su padre se puso muy enfermo. Ella simplemente desapareció de la fiesta. Entonces, Dolores del Río suplió a mi esposa en la foto, y esa es la imagen oficial de mi matrimonio hasta el día de hoy. Además, fue en casa de Dolores donde Rufino Tamayo y yo nos instalamos en una enemistad total e incancelable. Tras una relación que durante años fue de amor y odio, yo llegué a una cena en esa casa y traspasé la corte de admiradores que siempre lo rodeaban. Simplemente me acerqué a saludarlo. Y él me dio la espalda sin ninguna explicación. Un desaire espantoso que jamás le perdoné”.

Este era el tono que nutría todas sus relaciones y que era el combustible de su obra. El mes pasado, en el Palacio de Bellas Artes de México, estuvo expuesto su cuerpo en cámara ardiente durante dieciséis horas. Intelectuales, actores, artistas, escritores y mexicanos del común le dijeron adiós a ese monstruo cardinal del arte moderno bajo esas paredes de mármol que tantas veces albergaron sus obras.

Pintor, escultor, dibujante, grabador. Cuevas tiene un lugar ganado como una de las grandes figuras del arte mexicano.

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