Lecturas Dominicales

El arte de 'hacer gente'

Marilú Marini estará con 'Todas las canciones de amor' en el Festival Iberoamericano de Teatro.

Marilú Marini

La actriz argentina es una de las grandes figuras del teatro en su país. Su obra 'Todas las canciones de amor' ha sido aclamada.

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11 de marzo 2018 , 09:00 a.m.

Una niña frente al mar que habla con el aire. Una niña que juega sola en las tardes soleadas de invierno en Mar del Plata, mientras su madre y su tía tejen en la escollera. Una niña que terminó por convertirse en una de las actrices más prestigiosas de Argentina. Marilú Marini ha dicho que la actuación es el arte de “hacer gente”. El origen pudo estar ahí, en esas playas frías donde se imaginaba que arribaban barcos y se celebraban fiestas con personas creadas por ella misma.

La mujer de 72 años que llega a esta charla en un café de Buenos Aires tiene todavía un aire infantil, liviano. Y eso le encanta. Lo aprendió de la escritora Silvina Ocampo, a quien interpretó y de la que tomó para sí “la libertad de tener una mirada de niña siendo una adulta”.

Menuda, elegante, con sombrero y un prendedor marinero en el vestido. Marilú Marini, condecorada con la Orden a las Artes y las Letras de Francia, ganadora de premios como el Moliére o el Ace de Oro, se ha inventado muchos personajes en teatro, en cine, en televisión. El que interpreta en Todas las canciones de amor –obra escrita por el argentino Santiago Loza y que estará en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá– no tiene nombre. Es “la señora”. Una madre de clase media, que espera la visita de su hijo, que atiende a su marido; una mujer con un mundo interno paralelo, rico pero contenido. Por explotar. “Voy a usar una metáfora no muy poética, pero no importa –dice la actriz–. Es como si hubiera una olla con un puchero del que conocemos sus ingredientes, pero al destaparla encontramos que los elementos que hay en ella son inusitados. Así es esa mujer. Parece tan gris, tan cotidiana, de las que uno se cruza en el mercado, pero atesora un mundo imaginativo, con deseos y frustraciones que sorprenden”. La señora invita al espectador a conocer sus rutinas más íntimas: el despertar, la relación desgastada con su marido, el regreso de su hijo ausente. Quiere llevar al público de la mano durante un día de su vida.

La señora invita al espectador a conocer sus rutinas más íntimas: el despertar, la relación desgastada con su marido, el regreso de su hijo ausente.

“Es natural que una mujer tenga que soportar a su hombre de puertas para adentro. Es muy difícil ser hombre”. En la obra, la señora dice frases como esa. Está en un escenario simple. Su vestido se mimetiza con el decorado de la pared, como si solo existiera, precisamente, de puertas para adentro. Habla de cosas corrientes pero –advierte Marini– lo más interesante es lo que calla. Lo que, por las convenciones sociales, no expresa. “Me metí en ella por los silencios y los deseos abortados. No es que esté separada del marido y de su hijo, sino de ella misma. Lo hermoso es que se acepta”. Eso conmueve a la actriz. Cree que es un reflejo de muchas mujeres de América Latina y está segura de que puede resonar. “Es interesante cómo empezamos a abrir puertas y a ver qué hay detrás de estas mujeres. Que puedan expresarse y tener un discurso que llegue a ser escuchado”.

Marilú Marini abrió muy pronto las puertas en su vida. En realidad las tuvo que empujar con fuerza. Nació en junio de 1945 en Mar del Plata, en una familia de inmigrantes (madre alemana, padre italiano) que no veía bien su apuesta por el arte. “En mi familia lo artístico era apreciado, pero de lejitos”, dice y suelta una carcajada. “Fue una zona de conflicto que pude vadear como se vadea un río caudaloso, con muchas idas y venidas”. Esa era la elección de su vida. Empezó su carrera por la danza contemporánea. “Y en el imaginario de mi familia las bailarinas eran peores que las actrices: se les asociaba con una moral poco flexible. Todos sabemos el puritanismo con el que hemos tenido que luchar las mujeres hasta hoy. Pero en los años sesenta era más fuerte todavía”.

La efervescencia cultural de Buenos Aires en esa época le dio contención. Los artistas más innovadores de los sesenta en Argentina se reunían en torno al Centro de Experimentación Di Tella, también conocido como ‘La manzana loca’, donde se hicieron los primeros happening del país. Marini fue una de sus integrantes. En 1965, presentó Dance Bouquet, que parodiaba las formas del ballet y usaba, novedad para el momento, collages musicales y proyección de diapositivas, entre otros lenguajes. Fue coreógrafa de Hair, musical que sacudió la escena argentina, y de Aplausos, con Libertad Lamarque; luego dio el salto a la palabra con Ubú encandenado, de Alfred Jarry.

Marilú Marini

“En mi familia lo artístico era apreciado, pero de lejitos”: Marilú Marini.

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“El Di Tella nos dio un espacio de creación y fuerza. Un lugar para hacer. Como lo que dice Virginia Wolf en Una habitación propia: tener un lugar para estar tranquilas y leer, un espacio delimitado donde uno podía mostrar su trabajo. Fue fundamental como puntapié de salida”, dice y usa esa palabra con intencionalidad. “No fue un puntapié en el sentido violento, aunque en ese momento en el país ya había un ambiente de violencia: estábamos bajo un gobierno militar”. Aunque no tuvo que exiliarse como otros de sus colegas, mientras interpretaba a una maestra en Señora Margarita recibió llamadas anónimas que alcanzaron a generarle temor. “Había un ambiente, unos personajes inquietantes”.

Marini vivió en Nueva York, donde se vinculó a otra efervescencia cultural, al feminismo, a los anhelos de transformación social que sacudían esa parte del mundo. Luego llegó a París. Había viajado para actuar en una obra pero, como ocurre cuando se concatenan situaciones, la temporada teatral se alargó. Y ella se fue quedando. En la capital francesa, tal como hacía en la playa de su infancia, siguió inventando personajes o, como le gusta decir, usando su rostro como máscara. Se vinculó al grupo de teatro TSE; actuó en La mujer sentada, de Copi, que le valió el premio a mejor actriz entregado por el Sindicato de Críticos Franceses; en La tempestad, de Shakespeare; o en Mortadela, con la que ganó el Premio Moliére a mejor espectáculo musical, solo por recordar algunas obras.

En la capital francesa, tal como hacía en la playa de su infancia, siguió inventando personajes o, como le gusta decir, usando su rostro como máscara.

Los críticos franceses le han atribuido a Marini una vena cómica excepcional que logra descomponer en dolor y le permite deslizar a sus personajes de un sentimiento a otro. En Argentina, el público la tiene presente por papeles crueles, intensos y, al mismo tiempo, graciosos. “Actriz admirable, payasa genial, capaz de conmover por igual en la farsa o en la tragedia”, escribió el crítico Ernesto Schoo, en el 2009.

Marini no concibe otra forma de acercarse a sus personajes que no sea enamorarse de ellos. “Lo que afecta al actor y al espectador es esa fragilidad que tiene el personaje que vamos a encarnar. Incluso en los más crueles hay una fisura, algo que está escindido, y eso es lo que los hace atractivos”. El humor le permite tomar distancia frente a ellos, quitarles la solemnidad. Pero también ha sido una armadura personal y el gran aprendizaje que tomó de Niní Marshall, escritora y actriz argentina a quien encarnó en el 2013 como homenaje. “¿Viste que en los velorios la gente cuenta chistes y se ríe? Cuando hay una situación límite podemos tener una distancia a través del humor, o si no la vida se vuelve demasiado dramática. Por fortuna eso es muy de los latinoamericanos”.

Hoy Marini vive entre Francia y Argentina. Hace poco estrenó su faceta de directora con Escritor fracasado –que también se presentará en el Iberoamericano–inspirada en un relato de Roberto Arlt. Con ella trae al escenario el mundo denso y de humor ácido que era propio de este autor argentino. “Es una obra sobre esa burbuja de gente que está alrededor del arte, que tiene una presencia y un discurso pero que no crea nada. Disertadores de ideas que no nos ofrecen ningún producto intelectual. Son solo bla bla bla”.

La actriz defiende que el arte se plasme en un objeto o en algo sin utilidad práctica, pero que nos permita conmovernos o ver otra parte de nosotros mismos. Eso es lo que la moviliza: la posibilidad de ir a zonas suyas no necesariamente amables ni aceptadas. El salto al vacío de convertirse en otro. “Siempre hay una sensación de vértigo, de algo que se pone en juego cuando uno pasa a otro cuerpo, en el momento de iniciar la obra. No hay seguridades, y eso es lo interesante del teatro. Todo se tiene que construir en el aquí y el ahora”. Hay también indefensión, erotismo. Mucho de adicción. “No es miedo, pero es como estar ante algo desconocido y deseado. No sé a otros, pero a mí, a pesar de los años, el corazón se me sigue acelerando, siento el estómago vacío. Bendito sea que eso suceda: quiere decir que, aunque uno tenga todo el bagaje técnico, mantiene la frescura”. Como cuando jugaba a ‘hacer gente’ frente al mar.


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