El argentino Rodrigo Fresán escribe sobre esa extraña etapa cristiana que vivió Bob Dylan en los 80.

Bob Dylan

'Trouble No More' recupera grabaciones del cantautor estadounidense y Premio Nobel de Literatura.

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AFP

10 de diciembre 2017 , 10:00 a.m.

“OH, MY BOB!” o “¡Bob Mío!” y, sí, van camino de cumplirse cuarenta años de una de las muchas transformaciones del polimorfo perverso Bob Dylan. El hombre que empezó cambiándose el apellido e inventándose una infancia funambulesca estilo Woody Guthrie; que luego se erigió en voz protestona de su generación para dejar a todos plantados electrificándose en largos versos alucinatorios; que más tarde y después de un nunca del todo verificado accidente de motocicleta se recluyó como marido campesino y destructor de canciones ajenas; que a continuación viró a divorciado descarrilado al frente de la caravana de la Rolling Thunder Revue y naufragó creativamente en los 80 (impagable su desgana al acometer la grabación de We Are the World); para volver con fuerza a finales de los 90, ganarse a las nuevas generaciones de músicos que hoy juran en su nombre, convertirse en una versión post-apocalíptica de Frank Sinatra al frente de su compacta cowboy band y, ya que estamos, seguir llevándose todo a casa, Nobel de Literatura incluido.
Y mañana es un tiempo muy largo.



EN CUALQUIER CASO, una de sus mutaciones más asombrosas (y seguro la más inesperada e incomprensible en su momento) fue su reconversión, en 1978, en born again christian. Y, enseguida y a toda marcha, la grabación, entre 1979 y 1981, de una trilogía de álbumes despreciados entonces –Slow Train Coming, Saved y Shot of Love– pero reconsiderados y hasta admirados con el paso del tiempo y de las pestes y diluvios. Y llegando, incluso, a ser señalados por puristas del género góspel (oír las versiones reunidas en Gotta Serve Somebody: The Gospel Songs of Bob Dylan, 2003) como obras maestras de la fe cantada. Canciones que, por entonces, Dylan convirtió en música entre sermones (que parecían salidos de la boca de alguno de esos evangelistas locos marca Flannery O’Connor y que escupía cosas del tipo “Yo les dije que la respuesta estaba en el viento y estaba. Les dije que los tiempos estaban cambiando y cambiaron. Ahora les digo que Jesús vuelve y va a volver”) a lo largo de varios tours más cercanos al místico revival show y –Warning! Warning!– en los que brillaban por su ausencia sus grandes hits. Conciertos en los que Dylan aparecía vestido con un look más próximo al de un dealer/pimp de Times Square con la cabellera/aureola iluminada por reflectores rojos y los ojos en llamas predicando no el retorno de un Mesías comprensivo sino el de una especie de Alien/Rambo/Terminator que volvería para tomar revancha y destruir el mundo tal como lo conocemos. Más azufre que incienso y así la delicada y casi juguetona melodía de Precious Angel no alcanzaba a disimular amenazas del tipo: “Los que se dicen mis amigos han caído bajo un hechizo / Me miran fijo a los ojos y dicen ‘Bueno, todo esta bien’/ Pero pueden acaso imaginar las tinieblas que descenderán desde los cielos / Cuando los hombres rogarán a Dios que los mate pero no podrán morir”. Muy edificante. Y de inmediato las revistas especializadas lo retrataron con alas y halo y espada flamígera y técnica vitreaux. Pero, más allá de bromas e ironías, también había que reconocerlo: en esas noches Dylan cantaba mejor y más entregado que nunca (la modulación de su fraseo y la cadencia de su voz eran inspiradísimas) y lo acompañaba una banda impecable (seguramente la más chispeante que había armado desde aquella The Band primigenia que lo acompañó en su anfetamínica gira de 1966, aquí con Jim Keltner, Tim Drummond, Fred Tackett y un coro de voces negras y luminosas yendo de lo angélico y virginal a lo muy hot y casi demoniaco; varias de ellas, digámoslo, novias en rotación del jefe) en plan no tomaremos prisioneros. Y, de acuerdo, el síntoma no era del todo novedoso en las tripas de la música del Diablo (Elvis Presley y Johnny Cash y Little Richard, entre muchos otros, habían grabado música “religiosa”) pero nadie hasta entonces –y mucho menos uno de los indiscutidos avatares de la contracultura– lo había llevado a tales extremos. “Cuando yo hago algo, lo hago a fondo. No me quedo mirando desde el borde”, advirtió Dylan a sus desconcertados fieles. Y ni falta que hacía.

AHORA, UN NUEVO capítulo del autopirateo oficial muy redituable para él y tan gratificante para sus seguidores rescata y explora aquellas jornadas desbordantes de sonido y de furia. Aquí viene The Bootleg Series 13 / Trouble No More: 1979-1981. Edición de dos CD o, mucho mejor aún, en una caja deluxe de ocho CD + DVD con rockumental live. Más fuego para una zarza que no deja de arder y del que –a diferencia del misterio insondable en tantos otros momentos en la vida y obra de Dylan– se sabe mucho y hasta demasiado. Porque, por una vez, el cantautor no dudó a la hora de grabarlo y filmarlo y contarlo todo. Así, a lo largo de muchas biografías y de hasta libros completamente dedicados a su estallido de fe (por estos días aparecen títulos como Trouble in Mind: Bob Dylan’s Gospel Years, del especialista Clinton Heylin, o Bob Dylan: A Spiritual Mind, de Scott M. Marshall), se recogen testimonios de todo lo que predicó el songwriter en su momento, se enumeran las ya más que numerosas alusiones bíblicas en obra anterior (recordar su Padre Nuestro privado, Father of Night, o su reescritura de uno de los highlights del Antiguo Testamento en Highway 61 Revisited), y se repite una y otra vez la Génesis del asunto.

A saber: un Dylan amargado por un proceso de divorcio difícil, cuestionado por el reciente LP Street Legal (1978) y por los arreglos estilo Las Vegas para sus clásicos on tour, endeudado y lapidado por su art-film Renaldo y Clara (The Village Voice le dedicó cuatro reseñas destructoras a cargo de cuatro críticos diferentes) y, sí, con crisis de los 40. Entonces –el 17 de noviembre, sobre un escenario en San Diego, California– alguien del público le arroja un crucifijo de plata. Y Dylan lo recoge (cosa que no suele hacer) y lo guarda en el bolsillo de su chaleco. Para la siguiente fecha, en Tucson, a Dylan se le mueve la cama de su habitación de hotel y no duda en que quien se la mueve es Jesús. Días después, la letra de Tangled Up in Blue ya no incluye la lectura de Dante sino de un versículo del evangelio según San Mateo. Pronto, Dylan se une a un grupo de estudios cristianos, descubre el best seller eco-armagedoniano The Late Great Planet Earth, y comienza a componer a toda velocidad y sin pausa decenas de canciones que, asegura, “no tenía planeado escribir, no me gustó escribirlas, me daban miedo”. Y, por supuesto, tampoco les gustaron y también les dieron miedo a sus fans. Esos que alguna vez le gritaron “¡Judas!” cuando cambió la guitarra acústica por una Fender y que ahora no soportaban a él gritándoles “¡Jesús!” a todos ellos.

“Cuando yo hago algo, lo hago a fondo. No me quedo mirando desde el borde”, advirtió Dylan a sus desconcertados fieles. Y ni falta que hacía


SE SABE QUE entonces Leonard Cohen se puso muy nervioso por la metamorfosis de Dylan y que John Lennon se burló de él en su demo Serve Yourself.

Pasadas las polémicas y sinsentidos y malinterpretaciones, la música permanece. Y, como muestra, basta cualquiera de las versiones de When He Returns con Dylan a solas y al piano. O el crescendo spiritual de Pressing On. O las cataclísmicas Solid Rock y The Groom’s Still Waiting at the Altar. O la contemplativa y sabia casi despedida/resumen de lo experimentado antes de cabalgar hacia otros horizontes y navegar rumbo a otras playas que es Every Grain of Sand.

De acuerdo, no te van a convertir al cristianismo pero sí te demostrarán que, en su momento, estabas muy equivocado a la hora de crucificar a Dylan por haber decidido creer en algo y ponerle acordes y letras. Y Trouble No More (que trae rarezas y descartes, incluyendo a la gloriosa Making a Liar Out of Me casi ensamblando un cuarto volumen sacro, un surtido de tracks a lo largo de la gira y dos conciertos en su totalidad) reafirma aquello que ya se sabía: las canciones de Slow Train Coming y Saved y Shot of Love estaban diseñadas y pensadas para ser disfrutadas en directo, siempre cambiantes, con Dylan reescribiéndolas en el mismo instante de cantarlas y respaldado por una banda en estado de gracia.

El milagro o la posesión duró tres años y después (Trouble No More incluye una fecha en Londres donde a la sensible y entregada I Believe in You ya le sigue ese pagano y vitriólico himno a la incredulidad que es Like a Rolling Stone) Dylan pasó a otras cuestiones o, sencillamente, se la pasó. Aunque esto no implicase que en el inmediato Infidels de 1983 (donde se advertía que “ya no podías estar a salvo ni en el palacio del Papa”) o en escalas posteriores como Oh Mercy (1989), Time Out of Mind (1997), Modern Times (2006) o en su desaforado álbum de villancicos Christmas in the Heart (2009) Dylan no volviese una y otra vez a la figura del Salvador y la mención a las Escrituras.

En 1997, sentándose a conversar con el escritor David Gates para celebrar una de sus tantas resurrecciones con la alabada edición de Time Out of Mind, Dylan pasaba en limpio y resumía: “Esto es lo que pasó conmigo y la cuestión religiosa. Esta es la pura verdad: yo encuentro lo religioso y lo filosófico en la música... No lo encuentro en ninguna otra parte... Las canciones son mi léxico. Yo creo en las canciones”.

Y entre todas ellas están, a no dudarlo, las incluidas en esos tres discos y ahora en la caja Trouble No More. Canciones que al escucharlas –how does it feel?, ¿habrá mejor elogio?– uno siente unas impostergables ganas de aullar “¡Aleluya!”. Y de salir a predicar por ahí que, aunque no crea en God, sí cree en Bob creyendo en Dios.

Algo es algo, es mucho, y amén.


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