Lecturas Dominicales

'La perra', o la utopía de una vida sencilla

Precisa, afilada, dura: es la más reciente novela de la escritora caleña Pilar Quintana.

La perra, o la utopía de una vida sencilla

Pilar Quintana también es autora de Coleccionista de polvos raros, Conspiración Iguana y Caperucita se come al lobo.

Foto:

Greg Bal

16 de agosto 2017 , 06:43 p.m.

La más reciente novela de la escritora caleña Pilar Quintana es una obra precisa, afilada como un cuchillo, con la dureza resistente de un entorno salvaje que curte a sus personajes de la misma fiereza.

El comienzo

A Pilar la conocí una tarde en un café, porque quería conocerla. La había leído, me había gustado y sentía una profunda curiosidad por esa mujer que estudió comunicación, hizo una carrera exitosa escribiendo guiones y publicidad, y luego lo dejó todo para irse a recorrer mundo. Una muchachita de colegio de señoritas que se rapó la cabeza, y a pesar de haberse graduado del Liceo Benalcázar de Cali, o precisamente por eso, salió a gritarle al mundo que iba a hacer con su vida lo que le diera la gana, tal como ocurre en Cosquillas en la lengua (Planeta, 2003).

Como ella cuenta, en esos años leía a Bukowski y a Jane Austen, por más que sienta que apenas ahora entendió que no eran novelas de niñitas casamenteras suspirando por un amor, sino un retrato de costumbres desde la mirada de una mujer sutil, mordaz, deliciosamente irónica. A los tres años de estar viajando, esta escritora conoció a quien sería su primer compañero, con el cual decidió irse a construir una casa cerca de Juanchaco, en el Pacífico, al otro lado de un estero que cuando sube la marea parece el río Cauca y deja a sus habitantes aislados, solo con la opción de ir al pueblo caminando con el agua hasta el cuello.

“Yo quería hacer una casa, pero quería hacerla con mis propias manos”, me dijo esta semana, pues aquella vez que quedamos para un café, luego de que yo la buscara por correo electrónico, le entró una llamada en la mitad de la cerveza (café al final no quisimos) y tuvo que salir corriendo. Luego volvería a verla en fiestas infantiles, eventos literarios y una que otra cerveza que desde entonces hemos podido terminar, siempre en carreras, robándoles tiempo a la crianza y a los oficios varios que suelen acompañar el conocido rebusque de escritor.

El día que llegué a vivir a Bogotá, ese día empecé a contar la selva

Sus otros libros, Coleccionista de polvos raros (Norma, 2007), Conspiración Iguana (Norma, 2009) y Caperucita se come al lobo (Editorial Cuneta, Chile, 2012), son esencialmente urbanos; en ellos hay pitos, contaminación, restaurantes, centros de convenciones, todo eso que en los nueve años que duró viviendo en la selva, Pilar no podía encontrar más que en recuerdos. “Mientras vivía en el Pacífico, no podía escribir de eso. Tal vez necesitaba distancia para hacerlo. El día que llegué a vivir a Bogotá, ese día empecé a contar la selva”.

La perra selva

Entonces, llega la novela de la selva: La perra, después de catorce años de su primera publicación; tras haber sido de Bogotá 39 cuando ese no era un tema; después de haber aparecido en colecciones en Alemania, Estados Unidos, Italia, España y Filipinas; de haber ido a ferias internacionales; de haber hecho la residencia internacional de escritura de la Universidad de Iowa, y la de la Universidad de Bautista en Hong Kong. Todo, calladita y tranquila, siempre pequeñita, puntillosa, a tal punto que cuando empezó a escribir La perra tuvo que hablar con un pescador amigo para precisar cuánto y de cuál pescado se puede sacar en un día para llegar contento a la casa. “¿Contento como para qué?”, preguntó el pescador. “Contento como para comprarte un televisor pantalla plana, emborracharte dos días y aún tener plata guardada”. Entonces, el pescador pregunta por la época del año, el tipo de embarcación, pues se necesita saber cuánta comida le cabe, y cuánto pescado se puede echar adentro sin que la embarcación se hunda; y qué tipo de pescado es, insiste el pescador, y cuántas personas van a bordo.

La entrevista la tenía Pilar con él; ella que sabe que en el Pacífico no se dice “chalupa”, se dice “potrillo”. Ella que conoce los nombres de los nudos, los tipos de redes, los pájaros, los insectos; ella que distingue a metros una culebra inofensiva de una venenosa. Aclara que la precisión siempre ha sido para ella una necesidad a la hora de escribir. “Yo invento muy poquito. Más bien tergiverso”, dice el día que presenta su libro ante un auditorio en la Casa del Teatro Nacional. “Escribí la selva desde la nostalgia, en Bogotá”. Y desde esa nostalgia se refiere al mar como “ese animal malévolo que traga y escupe gente”. Lo malévolo está en ese mar caníbal, así como en ese ejército de hormigas rojas que en tierra parecen preparadas para la guerra cuando avanzan imparables sin saber adónde. Lo mismo la humedad, las goteras, la lluvia, el calor, los mosquitos, la equis, esa serpiente que mata de una picadura.

“La dureza de la vida alcanza unos extremos que desde la ciudad no alcanzamos a imaginar”, comenta. “No es solo la pobreza. Es el entorno. El día a día como una batalla por la supervivencia. La vida depende de las mareas, de si sale el sol, de la lluvia. Antes de irme a la selva, me imaginaba la vida sencilla. Pero no me imaginé lo que significa domesticar ese entorno. Un día queríamos descansar, y justo llegaba el comején, había que sacar el veneno, espantarlo, porque si no se te comía la casa. Ahora creo que la vida sencilla no existe. Y el “buen salvaje” tampoco. Si eres nativo de allá, tienes que ser terrible, así como la naturaleza es terrible, pues es la forma de sobrevivir”.

Pilar aclara que no es una novela etnográfica ni su intención es darle una voz a la población negra, “porque yo no soy negra”. El hecho de haber decidido que sus personajes fuesen nativos, y no citadinos que se van a la ciudad como ella, fue estrictamente narrativo, para darle verosimilitud a la historia, donde la maternidad es una búsqueda frustrada por décadas para Damaris, la protagonista. “Si hubiese sido una mujer de la ciudad, habría tenido alternativas. En cambio, siendo de allá, mi personaje no las tuvo”.

No es solo la pobreza. Es el entorno. El día a día como una batalla por la supervivencia

La perra, o la utopía de una vida sencilla

La historia empieza con un diálogo en donde otra de tantas perras envenenadas en la playa deja una camada de cachorros huérfanos.

Foto:

Fernando Ariza

La perra

Damaris, la protagonista de La perra, ha vivido toda su vida entre el mar y la selva, curtida por la muerte siempre respirándole en la nuca, con Rogelio y los perros como única compañía. Entre los distintos personajes, la comunicación parece haberse truncado sin remedio. La atmósfera de La perra es desoladora y al mismo tiempo contenida, como el cielo plomizo amenazando con reventar que vemos en la portada del libro.

Narrada en tercera persona, la historia empieza con un diálogo en donde otra de tantas perras envenenadas en la playa deja una camada de cachorros huérfanos. Doña Elodia alimenta a los cachorros con una jeringa, mientras se lamenta del destino de los animalitos. Por un impulso, Damaris decide llevarse una perrita. La perra que da título a la novela y a la que bautizará con el nombre de Chirli, como habría llamado a la hija que nunca tuvo.

Como si se tratase de un bebé recién nacido, Damaris alimenta al animalito con un gotero, lo esconde entre sus voluptuosos pechos para darle calor, lo consuela en las noches de tormenta y le guarda la mejor presa de pollo. Pero aunque la llene de mimos, la perra crece, y esa animalidad de una relación que al comienzo está hecha de ternura, compasión y generosidad pasa a convertirse en una furia ciega cuando la ve volver hedionda después de días perdida en la selva, o cuando, en dos ocasiones, Chirli llega preñada. Y ese es el detonante para que esa animalidad tome un giro, pasando del instinto materno al asesino y definiendo el desenlace.

La perra es una novela breve, efectiva, precisa, que nos permite un viaje al fondo del Pacífico sin tener que levantarnos del sofá, mientras nos adentra en una relación que en un momento parece la promesa de redención para una mujer derrotada, pero que al final nos sacude con un último golpe de realidad, tan honesto como doloroso.


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