Reseña de 'El nervio óptico' de la argentina María Gainza. 

María Gainza

'El nervio óptico', María Gainza. Laguna. 176 páginas. $42.000.

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15 de abril 2018 , 09:00 a.m.




La protagonista de El nervio óptico, de María Gainza, se encuentra en una sala de espera, en un consultorio. Desde hace días le tiembla el ojo. Allí ve un afiche de un Rothko: “un rojo clásico sobre un rojo vino que vira al negro”, que conmueve hasta las entrañas. Pero no quiere detenerse en él porque sabe que el efecto es que el latido del ojo “se convertirá en galope de caballo”. Esa imagen la lleva a contar anécdotas de la vida del pintor: su llegada a los Estados Unidos, su etapa surrealista, su explosión de color luego de una epifanía, su cuerpo sin vida diluido en un charco de sangre tan rojo como su rojo, y la historia –el secreto– de por qué no quiso que el Four Seasons tuviera sus murales grises como decoración. Luego la narradora vuelve a su ojo: todo está bien, ya puede ver esta reproducción del Rothko directamente.

Y de ahí pasa a la enfermedad de su marido –el cuerpo: débil, maravilloso, enfermo, capaz, siempre tan presente en este libro– y de la temporada que permaneció en un hospital acompañado de retratos, postales, un afiche de Rothko, otros enfermos convalecientes y una prostituta que en las noches se paseaba por cada rincón y que resultó enamorada del “Roco”. Al final de la escena, la prostituta, que mira con desdén a la narradora al reconocer su soberbia de clase privilegiada, se disuelve entre el negro del corredor bamboleándose en su vestido rojo, recordando la frase del pintor: “Hay algo de lo que me tengo que cuidar: de que el negro se trague al rojo”.

María Gainza

La escritora argentina María Gainza.

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Este libro, inclasificable tal vez, está compuesto de once fragmentos que funcionan igual: van de una anécdota personal (a veces quise pensar que de la autoficción solo por el nivel de excentricidad de los personajes), un encuentro con una obra de arte, una anécdota –otra– perfectamente escogida de la biografía de algún artista –Alfred de Dreux, Gustave Courbet, Cándido López, Rousseau, Augusto Schiavoni, El Greco–, a otra que, en una revés encantador, cierra el fragmento haciendo relaciones inesperadas de color, la ciudad, el egoísmo, el destino familiar, una neurosis, la tristeza y el lenguaje. Se repite la estructura, sí, pero siempre es una sorpresa deliciosa: la narrativa de Gainza es hábil, está llena de citas como dagas, de imágenes preciosas –dedos que cuelgan pesados como racimos de bananas, la madre corriendo en ropa interior por una avenida, una mujer que muere como un venado cazado– y de un drama fragmentado que recuerda a la puesta en escena de Natalia Ginzburg en Léxico familiar.

María Gainza, crítica de arte argentina y quien fuera colaboradora de The New York Times, ArtNews y Artforum, llena este libro de esos momentos en que el arte se vuelve la vida, cuando se cruzan y explotan – “¿Acaso una buena obra no transforma la pregunta ‘qué está pasando’ en ‘qué me está pasando’? ¿No es toda teoría también autobiografía?”– y uno no puede sino salir transformado, con ganas de ver, de ver de verdad.


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