Lecturas Dominicales

Hacerse esperar

El escritor Pablo Simonetti recuerda una de las veces en que vio al fallecido poeta Nicanor Parra.

Nicanor Parra

El escritor chileno Pablo Simonetti recuera al poeta Nicanor Parra, que falleció el pasado 23 de enero.

Foto:

AFP

11 de febrero 2018 , 09:00 a.m.

Se ha escrito tanto sobre Parra en estos últimos días, que siento que esta columna es una redundancia. Han relatado tantas anécdotas quienes lo iban a visitar a su casa de Las Cruces, que me da pudor contar la mía. Pero hay una ocasión que sí vale la pena recordar, cuando Parra asistió por última vez a la Feria Internacional del Libro de Santiago, en el 2006. Yo era un escritor publicado no hacía mucho y esperaba ansioso su aparición. Lo había descubierto tarde. Mientras cursaba la media, sus libros no estaban en el plan de lectura. Era considerado un poeta sospechoso. En el 77 los militares censuraron una obra de teatro con textos suyos, titulada Hojas de Parra, salto mortal en un acto. Una vez desatada la polémica, durante una noche con toque de queda, unos “desconocidos” quemaron la carpa de circo donde se había estrenado. Parra también era sospechoso para el otro bando: había tomado té con Pat Nixon en la Casa Blanca y después del Golpe decidió quedarse en Chile. Lo acusaron de ser cómplice pasivo de los inicios del régimen. Comencé a leerlo de a poco, en la universidad, de manera desordenada, atraído por ese lenguaje de la tribu, una tribu muy chilena, hay que decirlo; sus libros están llenos de matices y resonancias que quizá solo un chileno es capaz de percibir en su totalidad. También me atraía su humor, su distancia irónica, su iconoclastia, un remezón para el joven serio que yo pretendía ser. Al leerlo me sentí traicionando mi devoción por Neruda. Hasta cierto punto, Parra escribía contra Neruda. Él mismo lo ha dicho: “La antipoesía ha tenido en mente a Neruda, no como la persona física de carne y hueso que era él, sino porque él representa, prácticamente, la tradición hispano-francesa de los últimos cien años. Y es claro: esta poesía que tenía más que ver con los planteamientos anglosajones, con los latinos, tenía necesariamente que aparecer como un no a Neruda, un no a la tradición española-francesa” (Conversaciones con Parra, Chicago 1987, de René de Costa).

También me atraía su humor, su distancia irónica, su iconoclastia, un remezón para el joven serio que yo pretendía ser. Al leerlo me sentí traicionando mi devoción por Neruda.

Seríamos unas trescientas personas quienes esperábamos al antipoeta en la Sala de las Artes de la Feria, la mayoría jóvenes. Pronto llegó Ricardo Lagos, nuestro presidente de entonces, para acompañarlo en la presentación del primer tomo de sus Obras completas & algo +. Parra dijo alguna vez que esta clase de publicaciones eran el funeral del poeta, libros que solo servían para ponerlos en los anaqueles. Debió de sentirse inquieto al momento de presentarlas, aunque se sabe que trabajó duro en el proceso de edición. La charla debió empezar a las siete de la tarde, pero Parra no aparecía por ninguna parte. Lagos se paseaba en el escenario y de vez en cuando tiraba alguna broma sobre lo incómodo de la situación. Llegado un punto, una mujer anunció que Nicanor estaba por llegar. Cuando por fin salió al escenario, lo hizo con paso lento, pero no frágil. Ya pasaba de los noventa años. Saludó al presidente de mano, con una seguidilla de inclinaciones de cabeza, aunque no le ofreció ninguna disculpa por su retraso. ¡Eran las ocho y media de la noche! Después leyó “El hombre imaginario”.

Para mí, esta anécdota representa la relación que estableció Parra con toda clase de poderes y discursos dominantes. Los hizo esperar. A los poderosos de la política y la literatura, a los dogmatismos de izquierda y de derecha, a surrealistas y decadentistas, a los insípidos, los tontos y los soberbios. Hasta los editores se volvían locos al aguaite de la última enmienda al texto por publicar. Desde Las Cruces elegía a quién ver y a quién no. E incluso a los que recibía, los sometía a escrutinio a punta de ironías a la inglesa. Jamás se entregó a las olas colectivas, nunca lo vimos atrapado por el poder, sino al contrario, era él quien ejercía su magnetismo sobre los poderosos. Sabía que con su mano creaba otra clase de influencia y con los años se daría cuenta también de que se había convertido en una especie de estrella pop. Tal vez lo único que él esperaba hacia el final de su vida fuera el Nobel, pero debió de conformarse al pensar que con su muerte sería Parra quien dejaría plantada a la Academia Sueca, para siempre.


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