Lecturas Dominicales

Ínsula del cuento colombiano

Marvel Moreno sigue siendo un misterio para muchos. Y su obra menos leída de lo que se merece.

Marvel Moreno

Este mes se publican los cuentos completos de Marvel Moreno, con un relato inédito.

Foto:

Archivo personal de Carla Del Valle y Camila Mendoza.

10 de junio 2018 , 09:00 a.m.


Una mirada retrospectiva al paisaje del cuento colombiano del siglo XX deja la impresión de que él se ha forjado a partir de un interesantísimo diálogo entre el respeto a la tradición y la práctica de la ruptura.
Tomás Carrasquilla, que viene del realismo español de José María Pereda y Emilia Pardo Bazán, así como Hernando Téllez viene del realismo francés de Marcel Proust. Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez que dialogan con la tradición norteamericana de Ernest Hemingway y William Faulkner, así como Pedro Gómez Valderrama continúa la que Jorge Luis Borges instala en Argentina de la mano de Marcel Schwob. Amparados bajo estas diversas influencias, brotan aquí y allá las innovaciones (polifonía de las voces, fragmentación del tiempo, miradas caleidoscópicas sobre los espacios, tramas fantásticas o mágicas, lenguajes populares unidos a los propiamente literarios) presentes en varios cuentos de estos autores. Al lado de Cepeda Samudio y García Márquez, porque empezó a formarse a su lado, en el mismo ámbito caribeño, estremecida casi que por las mismas lecturas, aparece la figura y la obra de Marvel Moreno (1939-1995).

Su obra cuentística está integrada por dos libros publicados en vida de la autora (Oriane, tía, Oriane y El encuentro y otros relatos) y otro más (Las fiebres del Miramar) que salió póstumamente. En total son veintisiete cuentos que sitúan a Marvel Moreno en un lugar altísimo del cuento colombiano. Y esta altura se mide no solo por la fuerza e intensidad de su lenguaje, sino por las tramas entre desgarradas y celebratorias que construye. Lo suyo es un caso insular de ese cuento colombiano del siglo XX que tal vez culmina con ella: recuérdese que El encuentro y otros relatos se publica en 1992. Y es insular porque Moreno refleja un mundo tan inquietante como peculiar, atravesado por un ansia sexual atribulada y vitalista, donde las mujeres prevalecen de principio a fin.

La crítica ha establecido tres temas fundamentales en este universo ficcional de gran coherencia: el poder, la sexualidad y el patriarcado. Ha estudiado un espacio que va de la Barranquilla de mediados del siglo XX, anclada en un mestizaje dominado por el racismo y los fantasmas de la segregación, a la experiencia cosmopolita de diferentes ciudades de Europa, donde París, con su pluralismo cultural, es quizás emblema de una civilidad más abierta y tolerante. Y ha concluido, esta misma crítica, que la na rrativa de Marvel Moreno, siendo profundamente femenina, no es para nada feminista. Porque Moreno, en realidad, no escribe solo para denunciar los estragos brutales padecidos por las mujeres, sino que lo hace para edificar una postura ética y estética propia de la condición humana. Jacques Gilard y Fabio Rodríguez, quienes se han dedicado a difundir con rigor y profundidad esta obra, explican con claridad la postura de Marvel Moreno: “Ella asumió la certidumbre de ser escritora y desplegar así el uso de la palabra para atacar cualquier forma de poder instituido o institucionalizado, como ejercicio máximo y autónomo de la libertad”.

Y ha concluido, esta misma crítica, que la narrativa de Marvel Moreno, siendo profundamente femenina, no es para nada feminista.

Ese poder, tal como lo presenta Moreno en sus cuentos, está representado en gran medida por los hombres. Estos son machos reprimidos, exponentes de una burguesía criolla aparentemente culta y ridículamente discriminatoria. Y su idónea capacidad de ganar dinero contrasta con su prejuiciosa incapacidad de amar. Esa podría ser una conclusión general a la que se llega luego de leer los cuentos cimeros de Moreno: “Algo tan feo en la vida de una señora bien” y “La noche feliz de Madame Yvonne”. Lo que hay allí es un patriarcado sexualmente enfermo cuya apatía frente a los asuntos del deseo es sinónimo de egoísmo y miedo. Miedo al sexo femenino. Terror de inmiscuirse en él, intentar conocerlo y así poder gozarlo con plenitud. Porque si hay algo ausente en estas historias de amores resentidos, de orgasmos frustrados, de comunicaciones del afecto jamás logradas, es la plenitud del amor. En este sentido, Marvel Moreno es implacable en esa radiografía de la intimidad social que nos propone. Si hay unos hombres que se casan para aparentar y continuar la especie y se entusiasman solo con sus queridas, los que aparecen como intensos objetos del deseo amoroso no son más que unos farsantes, unos charlatanes, unos payasos. Sí, los hombres de esa Barranquilla, que no tienen nada que ver con el realismo mágico que algunos desavisados le endilgan a Moreno, son feos, idiotas y cobardes. Y no hay una crítica más ácida, lúcida y hasta divertida del machismo colombiano que la que palpita en estos cuentos.

Ahora bien, si los hombres son fustigados, las mujeres no se quedan atrás. Pero con ellas se presenta un fenómeno aún más complejo. Divididas en generaciones (la abuela, la hija y la nieta), ellas evolucionan dolorosamente en el tránsito de la opresión del deseo a su propia liberación. De lo que se trata, en verdad, es de desbaratar esos yugos afectivos que la tradición hispánica de corte cristiano ha impuesto a lo largo de los siglos. En este punto, en el de indagar en las maneras amatorias de las mujeres costeñas, Marvel Moreno ha hecho una tarea ejemplar y valiente. Como lo dice el narrador de “Algo tan feo en la vida de una señora bien”: hay que “hablar de esas cosas que podían ser el primer paso de ponerse al desnudo, de contarse a sí misma”. Y “contarse a sí misma” es dar vida en la literatura a mujeres maltratadas y reprimidas. Mujeres agobiadas por dudas insondables, por ansias atropelladas, por penas metafísicas. Sometidas, en fin, a hombres que nunca asumieron el amor como un diálogo hecho de inteligencia, pasión y ternura compartidas recíprocamente.

Porque si hay algo ausente en estas historias de amores resentidos, de orgasmos frustrados, de comunicaciones del afecto jamás logradas, es la plenitud del amor.

Tarea para nada fácil la que hizo Marvel Moreno en medio de la soledad, la precariedad y la enfermedad. Ellas la acompañaron en los años que vivió en París, y fueron asumidas con la conciencia de que tal era el precio de sus diversas rupturas. La ruptura con su familia paterna y con su primer esposo, con el círculo social barranquillero, con el país y su establecimiento oficial literario. País que, entre otras cosas, ha tardado en reconocer la tremenda importancia de su obra. Y lo que ha hecho Moreno, tanto con estos Cuentos completos que Alfaguara acaba de publicar en la edición establecida por Jacques Gilard y Fabio Rodríguez Amaya, como con su novela En diciembre llegaban las brisas, no solo ha sido para el beneficio de la literatura en general, sino para aquella que hoy escriben las mujeres. Porque el paso dado por Moreno significa uno de esos dados hacia la necesaria liberación que exige todo proceso de creación artística.


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