Lecturas Dominicales

Los verdaderos frutos de la paz

El antropólogo Wade Davis escribe sobre los retos del país para reconciliarse con la naturaleza.

Wade Davis

El corazón de la Amazonia, territorio de los Nükak Makú.

Wade Davis es experto en la Amazonia y autor del libro 'El río'.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez.

12 de noviembre 2017 , 12:00 p.m.

Durante los últimos cuarenta años, Colombia ha vivido un conflicto desgarrador que ha dejado 250 mil muertos y siete millones de desplazados. Toda familia lo ha sufrido, a pesar de que en una nación de 48 millones de habitantes, el número de combatientes –incluidos militares, guerrilleros y paramilitares– nunca superó los 200 mil. La gran mayoría de colombianos han sido víctimas inocentes de una guerra alimentada casi exclusivamente por las absurdas ganancias del comercio de la cocaína. Los verdaderos responsables de la agonía del país son los Gobiernos extranjeros que han propiciado el mercado ilícito al prohibir la droga sin controlar su uso de manera seria, así como todos aquellos que alguna vez la han comprado en las calles.

Colombia no es un lugar de drogas y violencia. Es un sitio lleno de colores y cariño, cuya gente ha soportado y superado años de conflicto gracias a su carácter, un temple que surge del profundo amor y sentido de pertenencia que siente hacia una tierra que, por su diversidad ecológica y geográfica, es de las más abundantes del planeta. El hecho de que en medio de una época tan difícil la nación haya sido capaz de mantener una sociedad civil y una democracia, avanzar económicamente, desarrollar ciudades sostenibles, destinar millones de hectáreas a parques nacionales y buscar restituciones significativas con sus culturas indígenas, demuestra la fortaleza y resiliencia del pueblo colombiano.

Colombia no es un lugar de drogas y violencia. Es un sitio lleno de colores y cariño, cuya gente ha soportado y superado años de conflicto gracias a su carácter

La firma del proceso de paz el año pasado les envió un poderoso mensaje a las demás naciones: mientras el resto del mundo se desintegra, Colombia se está reencontrando. El camino de la reconciliación tomará tiempo, pero está lleno de posibilidades. Generaciones de jóvenes colombianos obligados a huir del conflicto están regresando al país con habilidades desarrolladas en infinitos campos, llevando a la nación a un renacimiento económico, cultural e intelectual sin precedentes en América Latina. Dentro del país también hay millones de personas en movimiento; algunos desplazados por la violencia están regresando a sus casas, mientras que otros caminan en busca de nuevo trabajo, familia, nuevas vidas. En solo 2016, veinte millones de colombianos, o sea casi la mitad de la población, viajaron dentro del país.

Colombia está despertando a darse cuenta de que muchas de sus regiones, aisladas por años de guerra, se salvaron milagrosamente de los estragos del desarrollo industrial. Este quizás sea el verdadero fruto de la paz: la oportunidad para que la nación decida consciente y deliberadamente el destino de su mayor activo, la tierra misma, como también el de sus bosques, ríos, lagos, montañas. Mientras que las selvas de Ecuador, por citar un ejemplo, han sido transformadas desde 1975 debido a la exploración de petróleo y gas, la colonización y la deforestación, la Amazonia colombiana sigue siendo un territorio de bosques vírgenes tan grande como Francia. Las decisiones que hoy tome Colombia sobre el destino de sus tierras salvajes contarán con la sabiduría ancestral de los indígenas y los conocimientos de décadas de investigación científica; en la actualidad hay una conciencia colectiva sobre la importancia de la diversidad biológica y cultural que hace años no existía.

Hoy el país tiene una oportunidad única para imaginar y replantear su futuro. También puede blindarse de los efectos negativos de las fuerzas industriales que han devastado gran parte del mundo en el último medio siglo. Pero todo pende de un hilo. Hace unos meses, el mamo Camilo Izquierdo, líder espiritual del pueblo arhuaco, dijo sabiamente a orillas del río Don Diego: “La paz no tiene sentido si es solo una excusa para que las partes del conflicto se unan para seguir en guerra contra la naturaleza. Ha llegado el momento de hacer las paces con el mundo natural”.


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