Lecturas Dominicales

El hombre de la calle

El mexicano Guillermo Arriaga, autor de 'Amores perros', habla del origen de sus obsesiones.

El hombre de la calle

Arriaga está trabajando ahora en los guiones de dos series para el canal HBO.

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Claudia Rubio

17 de octubre 2017 , 05:10 p.m.

Guillermo Arriaga es como sus libros: produce bofetadas con sus frases, con sus gestos, con sus abrazos, que son como los que dan aquellos a los que gusta ser queridos. Antes de esta entrevista, que se produjo un martes de agosto reciente en la Feria del Libro de Bucaramanga, la tercera más importante de Colombia, desayunamos juntos. Se sirvió un plato de papaya que endulzó con tres sobres de azúcar Splenda. Luego se despachó un plato enorme de caldo de costilla, al que le agregó una cucharada ¡sopera! de sal. ¿Está en sus cabales este hombre de manos grandísimas, de ojos verdes sin lágrimas ni parpadeos? Lo está. 

Lo que pasa es que Arriaga, el escritor, el guionista, el director de cine, el que ha escrito cuatro novelas, la última de las cuales, El Salvaje, ganó el premio Mazatlán de Literatura que lo hizo entrar en la lista de prestigiosos nombres de las letras mexicanas, integrada por Octavio Paz y Elena Poniatowska, no tiene olfato. “Soy un hombre de calle, me debo a la calle, quiero que mis libros huelan a calle”. Peleó, tan duro, en aquel barrio del sur de la capital mexicana donde creció, que su nariz tuvo que ser reconstruida con un pedazo de la mandíbula. “Huelo con la lengua, como una víbora”, y entonces se ríe. Él desborda a sus sesenta años. Sus obras también.

El Salvaje
, por ejemplo, tardó escribiéndola cinco años y medio, dieciséis horas diarias. De 1.200 páginas originales, quedaron setecientas que él se encargó de pulir a punta de quitarles frases, gerundios, descripciones inútiles. Se leen de un tirón porque es una novela que habla de intolerancias, de soledades, de tristezas extremas, de justicias finales a través de Juan Guillermo, un adolescente que a los diecisiete años se queda huérfano, acompañado solo de dos pericos, un perro, una abuela que se muere viendo televisión, un hermano al que asesinan ahogado en un depósito de agua y unos padres nobles y trabajadores que deciden suicidarse cuando pierden a su hijo. ¿Cómo se sobrevive? ¿Quién ayuda? ¿Cómo se sale de situaciones tan límites?

A Arriaga le gusta arrinconar a los humanos. Fue él quien escribió los guiones de una trilogía que ha sido difícil de olvidar: Amores perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006), películas en las que reflexionó sobre la vida por encima de la muerte, sobre el hoy y no el mañana, sobre el pasado que determina destinos. Por ese trabajo recibió una nominación al Óscar a mejor guion. Por Los tres entierros de Melquiades Estrada, en la que trabajó con Tommy Lee Jones, ganó el Festival de Cannes en el 2005, y con el realizador venezolano Lorenzo Vigas, para quien escribió Desde allá, ganó el León de Oro del Festival de Venecia en el 2015.

A Arriaga le gusta arrinconar a los humanos

¿Qué viene ahora después de El Salvaje? “Voy a experimentar con cosas que no hecho”. Habla de hacer teatro, de terminar dos series para HBO en Estados Unidos, de producir una película en Brasil y otra en la India. Pero habla, sobre todo, de sus dos hijos. Ahora hacen cine, como él. Y él será el productor de sus películas. Así deja en claro que habrá Arriaga para rato.

Vaya huella la que está dejando en este mundo. Autor de cuatro novelas –de El Salvaje dijeron que “reconfirma que Arriaga tiene un lugar entre los mejores escritores latinoamericanos vivos”– y guionista de películas que han hecho historia: Amores perros ganó más de cuarenta premios. Tiene un matrimonio estable, un par de hijos exitosos, hermanos maravillosos también. ¿Qué hicieron sus padres para formar seres humanos tan loables?

Soy hijo, en efecto, de Carlos y Amelia, gente con una gran preocupación social. No crecí con el peso de la religión. Mis padres nunca me hablaron de pecado y tampoco usaron la palabra “castidad”. Soy hijo del liberalismo mexicano. Mi padre es un hombre que se hizo a sí mismo, que creció con mi abuela, divorciada. Estudió ingeniería civil. No terminó la carrera pero siempre fue autodidacta: estudió por su cuenta filosofía, economía y literatura. Empezó a trabajar como empleado y, cuando yo tenía como diez años, decidió independizarse. Puso una empresa de importaciones de máquinas de tejer de Japón y Alemania. Le fue bien. Pero además en mi casa siempre se habló de cultura. Mis papás son lectores ávidos, con una gran curiosidad vital. Han conocido 110 países. Además, nos dieron mucha libertad.

¿Qué tipo de libertad?

Mi madre no fue la típica controladora. Nunca me preguntó: “¿Dónde estás?” o “¿A qué horas llegas?”. Lo único que nos pedían era: “A la hora que llegues, apaga la luz”. Mi papá me dejó ir de cacería con mi hermano Carlos al norte del México cuando yo tenía trece años. “Esta es una escopeta, así se dispara; ten cuidado de no matarte, este es el desierto, así se vive porque si no te mueres”.

Pero supongo que hubo libros, música, viajes, que también incidieron en su volcánica creatividad...

Soy un tipo que se formó en la calle. Llegaba de la escuela y me iba para la calle. La lectura vino después. Odié la escuela. Incluso un día llegué con una carta en la que les decían a mis padres que yo necesitaba una escuela especial porque tenía una especie de retraso. Déficit de atención, eso era lo que tenía.

El hombre de la calle

"No crecí con el peso de la religión. Mis padres nunca me hablaron de pecado y tampoco usaron la palabra castidad", asegura Arriaga

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Alfaguara

¡Qué buen defecto!

Me di cuenta de que con mi déficit de atención no podía organizar mis historias de manera lineal. Jamás planeo un libro. No me importa saber de qué se trata la novela, porque mi intuición lo va a resolver. No necesito mapas. La escritura es un proceso de rigor. No de inspiración. Para que las musas se sienten en tus piernas, tienes que estar ahí.

La disciplina es una gran virtud, ¿a quién se la debe?

Del colegio en el que me calificaron de retrasado pasé a una de las mejores escuelas de México. Ahí conocí a mi profesor de básquet y a mi profesora de teatro. Y aprendí inglés sin acento con unos gringos críticos. Todos ellos me cambiaron. Ellos me salvaron. La anterior escuela había erosionado la confianza en mí mismo. En teatro nos obligaron a montar a William Shakespeare, a Sófocles, a Calderón de la Barca. Eso fue fundamental porque en teatro aprendí a entender el espacio y el escenario. Luego estudié comunicación con especialidad en psicología.

¿A la psicología mezclada con comunicación es que le debemos guiones y novelas tan perspicaces?

La perspicacia se la debo a la calle. En la calle tienes que estar “a las vivas”. Sé de huellas, sé de cicatrices. Sé de dolores. Los jóvenes de hoy en día ya no tienen cicatrices en su cuerpo. Ahora se ponen tatuajes para señalar los momentos más importantes de su vida. Los jóvenes de hoy están siendo demasiado protegidos.

¿Qué leyes aprendió en la calle?

Primera ley: no pegarle a alguien que está en el piso. Eso es deshonroso. Segunda ley: si son muchos los que te pegan, pégate a la pared, rápido. Cuando estás rodeado y ves que estás perdido, fíjate en quién es el más débil del grupo. A ese, pégale con todas tus fuerzas y sal. Tercera ley: si te van a atacar, miras fijamente y dices fuerte, sin titubear, amenazante: “Al primero que se me acerque lo voy a matar, le voy a arrancar las orejas, le voy a morder la yugular, le voy a arrancar la nariz”. Verás que funciona. Nadie se mete contigo.

Habla con fiereza. ¿Por ese instinto animal es que le gusta cazar animales?

La cacería es genética. Me gusta desde que soy un bebé y no puedo explicar por qué. Ese amor a los animales siempre lo tuve y tuve de todo: pollos, iguanas, serpientes, ardillas. ¡A fin de cuentas, venimos de una especie cazadora! Lo que pasa es que hemos otorgado a otros el acto de la muerte. Quien come carne, simplemente está pagando a otro por ejecutar la muerte. Yo sé de dónde viene mi comida, sé lo que siente, sé dónde duerme. Lo que hace la sociedad es trasladar a otros los actos de destrucción. Los vegetarianos que dicen que ellos tampoco cometen genocidio, quisiera que fueran a ver cómo se destruyen los bosques para producir sus zanahorias. ¡Los queman! Yo me como lo que cazo. Y los sabores de la carne de caza son otro mundo: son orgánicos, no han sido torturados ni confinados. Mato animales libres, no amarrados. Y eso es una gran diferencia. Un día te invito a comer unos trozos de venado con aceite trufado. Verás la gran diferencia.

Pareciera que ha tenido más fe en los animales que en los hombres ¿Qué deberíamos emular de los animales?

El respeto hacia su naturaleza. Por eso, en el libro hay una frase que dice: “Podrás sacar el tigre de la selva pero no podrás sacar la selva del tigre”. El peor error que cometemos los seres humanos es que minimizamos a los animales. No los respetamos. Ahora los hipsters piensan que respetar a los animales es prohibir los circos, la cacería. Prohibir, prohibir, todo es prohibir en esta generación moralista en la que todo se juzga por Twitter. “¡Eres un asesino, cazas!”, me escriben. “Oye, espera, soy un cazador”, les respondo. Cuando me he encontrado con la gente que me ha amenazado por Twitter, me les paro enfrente y les digo: “Me dijiste que me ibas a matar. ¿Me vas a matar? Ándale, mátame, ya, aquí mismo”. “Es que Twitter es juego”, me dicen, una vez me ven de frente. No. No es un juego. No es divertido. Hay que confrontar a la gente.

El Salvaje, justamente, hace una reflexión profunda sobre la intolerancia y la confrontación...

He estado sujeto a la intolerancia desde siempre. Soy cazador. Intolerancia. Soy arquero. Intolerancia. Soy anarquista. Intolerancia. Vivo perpetuamente la intolerancia.

¿Cómo hizo para que el dolor que sufrió en su vida se transformara en crecimiento personal y no en hundimiento personal?

A mí me inyectaron Prozac cuando era niño porque todos en mi familia somos superoptimistas. El otro día me escuché decirle a mi mujer lo siguiente: “Hay que educar a nuestros hijos para que estén preparados para ser violados”.
¿Cómo?
¿Te pasa lo peor en la vida? Pues ni modo. Para adelante. Vamos. Levántate. Yo vengo de la tradición tractor. Un tractor está en el lodazal pero, como tiene llantas de tractor, avanza para adelante, siempre.

En El Salvaje, el amor y la amistad son ciertos, no vanos. Los personajes que aman y quieren son muy bellos, muy sólidos en medio de tanta muerte, orfandad, corrupción y desasosiego. ¿Por qué?

Porque el amor y la amistad salvan al ser humano. A los veintidós años empecé a ser profesor de universidad y aprendí que tu calidad humana no puede depender de la calidad humana de los demás.

Pero en su libro, la religión es corrupta y perversa, los padres abandonan a sus hijos porque deciden suicidarse ante los embates de la vida; los maestros son injustos y no ayudan a crecer. Si los límites son los que ordenan al ser humano, ¿por qué los pinta tan crueles?

Si algo creo que puedo rescatar de mi obra es que no es blanco y negro. No hay malos.

Hay mucha exclusión en su obra. Los ricos son pedantes y corruptos. El poder es perverso. Pienso en el dictador alemán Adolf Hitler, a quien una profesora excluyó de su clase de dibujo porque dijo que no servía para eso. ¡De qué se hubiera salvado este mundo si a Hitler lo hubieran incluido! ¿Cómo no cerrar las puertas en un mundo que se ha vuelto tan intolerante?

Creo que la inclusión tiene que ser por méritos. A Hitler no lo incluyeron porque no tenía méritos para ser incluido. Vivimos en un mundo en el que todos los niños merecen la mejor nota porque hicieron un esfuerzo y todos deben ser incluidos. Se está promoviendo una enormísima mediocridad porque ya no hay luchas jerárquicas. Me preguntan muchas veces por el bullying. Yo observo a los animales, y el bullying entre los animales es bestial. El otro día le di un consejo a mi sobrino de trece años. El grandulón de la clase le escupía gargajos a su computador y a sus cuadernos. “Clávale el compás en la espalda”, le dije. “No, porque me expulsan”, me dijo. “Es preferible que te expulsen de la escuela a que vivas como cobarde, porque nunca te lo vas a perdonar”. Lo he visto en los animales. Debes poner un alto. Las jerarquías hay que pelearlas.

“Cuánta patria puede ser una mujer para un hombre”, dicen sus personajes. ¿Es devoto de ellas?

Los hombres desordenamos el mundo, las mujeres lo ordenan.

Hablando de ordenar, ¿qué va a pasar con México, que pinta tan desordenado?

Hay dos momentos históricos que jodieron a México. El primero fue el impulso del neoliberalismo que provocó el Tratado de Libre Comercio (TLC). Fue devastador para los campesinos mexicanos. No pudieron competir ante la invasión de productos. El TLC creó un caldo de no opciones. Luego la lucha de la DEA contra los carteles de la droga. Atacaron a los carteles colombianos. Miami dejó de ser la ruta de entrada de la droga. ¿Por dónde entramos?, se preguntaron los carteles. “México”, dijeron. México exportaba marihuana, pero cuando llegó la cocaína fue el gran negocio. Lo repito: hay que legalizar todas las drogas. ¿Por qué se prohíben? ¿Quién gana? ¿Cuál es el fondo de la prohibición de las drogas? El capitalismo. Lo han dicho Michel Foucault y todo el mundo. Quiere individuos que produzcan, no que se distraigan. El que mete drogas se distrae. Y Estados Unidos es un país puritano.

¿Qué dirá el epitafio de una persona como usted, que le ha hecho el quite a la muerte varias veces y que conoce tan bien las hendijas del ser humano?

Nunca se rajó y… tampoco se hizo el manicure (risas).

ALEJANDRA DE VENGOECHEA
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