Lecturas Dominicales

La Habana para un lector exigente

Un compendio, necesariamente incompleto, de libros con temática habanera.

La Habana para un lector exigente

El calor y la humedad sofocante del mes de julio invitan a hacer poco en La Habana. La narradora de Cien botellas en una pared (Ediciones Unión, 2015) es consciente de ello.

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AFP

13 de septiembre 2017 , 02:58 p.m.

PREGUNTA: ¿Qué libro te llevarías a una isla desierta antes o después de pasar varios días en La Habana?

Respuesta: La tribu, retratos de Cuba (Planeta, 2017), de Carlos Manuel Álvarez. Sobre Cuba, todos tenemos alguna idea, fantasía, prejuicio, sueño, duda, pero tras la lectura de este grupo de textos –que podríamos encasillar en el género crónica, aunque desbordan, amplían y poetizan hasta extremos insospechados la categoría– sabemos algo más sobre lo que sucede en la Cuba de hoy. Da envidia encontrar a un autor que antes de cumplir los 30 años ya tiene esta mirada, esta manera de narrar, esta poética. Da miedo, incluso. ¿De dónde salió este periodista, este Escritor que nos explica así la “familia” cubana?

“Los neoestalinistas son los padres de la nación: que no quieren que la hija se abra de piernas. Los proyanquis son los proxenetas: que quieren ofertar a la hija en la primera esquina. La gente común y corriente –gente confundida– es la madre sumisa: que teme, que no le gusta prohibir, y que no sabe si es mejor que la hija se quede en casa, que le hagan la corte, que la hija se asome al portal o que empaque las maletas y se largue de una vez. El Gobierno, quizás, va siendo el abuelo de la nación: que cree que todavía le hacen caso, y que el resto, por educación, hace como que lo escucha y lo deja hablar”. En La tribu hay perfiles brillantes de artistas como Tania Bruguera, roqueros como Ray Fernández, poetas como Rafael Alcibes, a los que Carlos visita en su casa: “No es la casa descompuesta de un genio atormentado. No es la casa fastuosa de un autor aplaudido. No es la casa asfixiante de un burócrata. No es la casa vacía de un suicida. Es la quintaesencia de ‘los hogares maduros, donde el acto no se deja sustituir por la palabra’ ”. Pero también hay investigación, periodismo de datos dirían los puristas, porque la poesía no está reñida con la información, porque este libro se fue gestando en textos que Carlos escribió para El estornudo, una publicación de periodismo literario que desde hace año y medio se empeña en contar a Cuba desde Cuba, una isla en donde el internet es un lujo, una complicación que periodistas como Abraham Jiménez sortean con un entusiasmo a prueba de seguridades y comités y funcionarios y hurones moralistas que desean llevarte cogidito de la mano a la jubilación. “No es mi culpa: en el Caribe por lo general las cosas duran poco. Enseguida me entraba la vagancia, la poltronería. Me dejaba seducir por la dulce complacencia del no hacer, de vegetar, de abanicarme lánguidamente recostada al poyo de la ventana, de admirar el diseño de las nubes o las pisadas de elefante en el techo o los caprichosos dibujos que traza en el aire el vuelo de un moscardón”, escribe Ena Lucía Portela. El calor y la humedad sofocante del mes de julio invitan a hacer poco en La Habana. La narradora de Cien botellas en una pared (Ediciones Unión, 2015) es consciente de ello.

La oferta de las editoriales del Estado es escasa. Conseguir obras de Virgilio Piñera se vuelve una misión imposible hasta que visito la librería de viejo de Eliézer, bautizada “la librería de Sodoma” por el ensayista mexicano Rubén Gallo en un texto que forma parte de Cuba en la encrucijada (Debate, 2017), libro que sale publicado este mes y que contiene doce crónicas de seis cubanos y seis extranjeros que han vivido o pasado largas temporadas en la isla. En su texto, Iván de la Nuez advierte que “hace mucho tiempo –a izquierda y derecha, en el turismo y en el compromiso–, Cuba es un país adonde la gente no va a descubrir una realidad, sino a confirmar un guion. De modo que sus paradojas van quedando desplazadas a un segundo plano, como los cubanos quedan condenados a meros figurantes aplastados por el peso de los juicios previos: los prejuicios”.

Así, leyendo, confirmo que este es uno de los países con la natalidad más baja del mundo

Leer, se sabe, es una manera efectiva de combatir esos prejuicios. Así, leyendo, confirmo que este es uno de los países con la natalidad más baja del mundo. “Quitarse la barriga” es fácil y barato en Cuba, y los ánimos no están para formar familias, me cuentan en la terraza del Roma, el bar de moda, situado en un antiguo hotel expropiado por la Revolución. Leyendo a Patricia Engel en otro de los textos, confirmo la extraña obsesión de los cubanos por la piel blanca y el cabello rubio, en un país donde con las tonalidades de marrón podría reformularse la paleta de colores.

Quizás ya es hora de que se edite en esa tierra La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante, una obra maestra del lenguaje, de la sintaxis y semántica del castellano; un libro que más que narrado parece ser hablado al oído del lector, como un audiolibro escrito sobre los cuerpos de las mujeres que el joven Guillermo fue conociendo en sus años mozos. Hay momentos en que la lengua parece independizarse de los personajes que describe, y se enreda en su propio virtuosismo, pero rápidamente la piel, el sudor y los flujos se apoderan del texto y nos regalan párrafos como este:

“Su cuerpo como en fuga, como estirándose hacia un horizonte el cuerpo mientras dejaba atrás la vigorosa vulva, entregándome su pelvis cuando me hurtaba el torso, ella dividida en dos igual que si el coito la serruchara en un acto de vodevil vicioso: era como si huyera para entregarse, mitad y mitad, medio escape y medio enlace: era toda una actitud, indicando con la palabra no solo la actividad sino la posición, eso que las ballerinas y los pilotos llaman attitude, mostrando que el sexo es un ejercicio mental que se ejecuta con el cuerpo”.

La Habana para un infante difunto es también una crónica detallada de lo que era La Habana en los años 50, recordada y escrita desde Londres. Cabrera Infante decía que el exilio le había dado una fuerza moral que le permitía superar la tristeza de que le hubieran quitado sus lectores naturales, los cubanos de Cuba.

Otro libro que ha ido llegando a cuentagotas a la nación caribeña es Trilogía sucia de La Habana (Anagrama, 1998), de Pedro Juan Gutiérrez, que cambió la vida del escritor de Matanzas. A los funcionarios no les gustó que él triunfara con un libro protagonizado por jineteras, delincuentes, travestis, gente pobre hambrienta que se suicida en un Centro Habana, cuyas calles parecen las de una ciudad siria bombardeada. Así que Pedro Juan fue expulsado del periodismo, después de 26 años de oficio, sin apelación ni explicaciones, pero se convirtió en un escritor de fama mundial, y con los años ha sido traducido a veintitrés lenguas, en muchas de las cuales lo bautizaron como el Bukowski tropical. Vive medio año en La Habana y medio año en Tenerife. Sus libros se van publicando en Cuba en ediciones pequeñas, y uno se encuentra en un improvisado tenderete en El Vedado joyas como Diálogo con mi sombra (Ediciones La Unión, 2015), donde conversa consigo mismo sobre el oficio de escribir. El personaje Pedro Juan pregunta con maldad al escritor, y el resultado es un portentoso ensayo sobre la creatividad.

Para terminar este necesariamente incompleto compendio de libros con temática habanera, menciono Órbita de Virgilio Piñera (Ediciones La Unión, 2011), recopilación de textos de uno de los grandes escritores cubanos del siglo XX. Además del legendario poema ‘La isla en peso’, en el volumen hay cuentos, críticas de libros, ensayos, inicios de novelas y hasta un texto autobiográfico titulado ‘Vida para tal cual’, en el cual el poeta se confiesa. La Habana es una ciudad que sigue inspirando a escritores y lectores a visitarla, olerla, sudarla, conocerla o reconocerla. La Habana sigue ahí, majestuosa y decadente, a la espera, siempre a la espera. Todo va, y suena, despacito en La Habana.

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