Lecturas Dominicales

La inesperada independencia 

Fragmento del libro 'Historia mínima de Colombia' del historiador Jorge Orlando Melo.

Jorge Orlando Melo

El historiador Jorge Orlando Melo hace en su libro un interesante recorrido por lo que ha sido este país, desde sus primeros pobladores hasta los retos que afronta en este siglo.

Foto:
13 de mayo 2018 , 09:00 a.m.


El crecimiento de la minería, la agricultura y el comercio aumentó el poder de las grandes familias del Nuevo Reino. Muchos de sus hijos, frustrados por las restricciones al comercio o a la agricultura o por la política de dar los mejores cargos a los europeos, querían un nuevo “pacto” colonial que les diera más poder, reconociera su derecho a ocupar los cargos públicos y creara mayores oportunidades para el progreso, mediante la libertad de comercio, la reducción de impuestos, la supresión de monopolios o la distribución de tierras (baldíos y resguardos). Pocos, influidos por el ejemplo de Estados Unidos o por la lectura de ideólogos ilustrados, pensaron antes de 1808 en la conveniencia de independizar América. Quizá el único que durante años lo creyó fue Pedro Fermín de Vargas, uno de los jóvenes bogotanos interesados en el conocimiento y la reforma del reino, quien se exilió desde 1791 y vivió en Europa y el Caribe hasta 1810, de conspiración en conspiración, y apoyó en algunos momentos los proyectos de independencia de Francisco Miranda. Y es posible que también Antonio Nariño lo haya considerado, al menos entre 1795 y 1798, cuando estuvo exiliado.

Un gobierno independiente parecía menos remoto por el ejemplo de las colonias inglesas del norte en 1776, cuando se crearon los Estados Unidos de América, con un gobierno federal, republicano y representativo. Pero era difícil pensar cómo sería un país independiente. ¿Incluiría en un solo Estado todas las colonias españolas o sería una federación de centenares de provincias?, ¿se gobernaría con un rey o como una república representativa?, ¿quiénes serían ciudadanos, la “nobleza” criolla o todos los hombres libres?, ¿y cómo podría lograrse, con una rebelión armada o de otra forma? Las dificultades parecían insuperables. Por ello, la mayoría de los notables americanos, fieles a la realeza pero descontentos con sus políticas, esperaban que el gobierno español hiciera reformas, pues si eran bien tratados, si los abogados y bachilleres criollos tenían los cargos que creían merecer y si el gobierno buscaba el progreso, se podrían sentir bien como vasallos del imperio español.

Pero era difícil pensar cómo sería un país independiente. ¿Incluiría en un solo Estado todas las colonias españolas o sería una federación de centenares de provincias?

Después de sometida la revuelta comunera las cosas parecieron volver a su cauce normal y autoridades y vecinos parecen haber tratado de olvidar el levantamiento. Los virreyes, sobre todo Caballero y Góngora (1783-1787), José de Ezpeleta (1787-1797) y Pedro de Mendinueta (1797-1803), aunque trataron de imponer la autoridad, nombraron peninsulares (o al menos americanos de otras regiones) para los cargos principales y mantuvieron los odiados estancos del tabaco y el aguardiente, siguieron patrocinando los proyectos de los intelectuales criollos. Apoyaron, desde 1783, la Expedición Botánica, en la que, siguiendo la orientación de Mutis, trabajaron Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Zea, Jorge Tadeo Lozano, José María Carbonell y otros letrados neogranadinos. Respaldaron también empresas de “fomento”, como la sociedad anónima para la explotación de minas de Almaguer, la modernización de las minas de Santa Ana, la exportación de añil y de quina, la apertura de caminos o la fundación de pueblos en tierras tituladas pero sin utilizar, como se hizo en Antioquia. A pesar de que el plan de estudios de Moreno y Escandón fue desmontado, los profesores, con apoyo oficial, siguieron guiándose por su espíritu y trataron de crear una cátedra de Medicina, con la idea de graduar doctores en ese campo. Acogieron la formación de Consulados de Comercio, formados por los principales importadores de bienes, y de Sociedades de Amigos del País, para discutir otras medidas de fomento. En 1791 el virrey Ezpeleta apoyó el primer periódico, el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, en el que escribieron los jóvenes eruditos, como Caldas, Joaquín Ricaurte, Joaquín Camacho, Nariño y Zea, en apoyo a las reformas de los estudios, a la investigación de las riquezas naturales del Nuevo Reino, a la aplicación de la economía política o la estadística al gobierno o discutieron qué era eso de ser granadino, español y americano. En 1801 Jorge Tadeo Lozano, hijo del primer marqués de San Jorge, y José Luis de Azuola, uno de sus familiares, publicaron el primer periódico privado, el Correo Curioso. Todavía en enero de 1808 los jóvenes científicos lograron el apoyo del virrey Antonio Amar y Borbón para un periódico dedicado a la geografía, la botánica, la zoología y la promoción de la educación pública: el Semanario del Nuevo Reino de Granada, dirigido por Francisco José de Caldas.

Historia mínima de Colombia

'Historia mínima de Colombia', del historiador Jorge Orlando Melo.

Foto:

Los intelectuales americanos parecen haber disfrutado el ambiente ilustrado promovido por los virreyes y lo aprovecharon para formarse, consolidar una red social en las ciudades y villas principales, y participar en discusiones en las que empezaron a sentir que, aunque eran parte de la nación española, tenían intereses propios americanos.

Por otra parte, la Revolución francesa trajo en 1789 nuevos temores. Para muchos, la violencia popular, el ataque al clero y a la monarquía, la ejecución de Luis XVI, eran prueba de los nefastos resultados de las ideas de la Ilustración. Los enemigos de las reformas aprovecharon para buscar firmeza de las autoridades: ¿no estaban éstas promoviendo ideas peligrosas al criticar la filosofía escolástica, impulsar periódicos donde los criollos discutían las nuevas ideas, apoyar sus tertulias?

Aunque hubo conflictos locales —una revuelta en Barbacoas contra el monopolio del aguardiente en 1791, otra en Túquerres en 1794 en la que los indios mataron al corregidor, la huida de esclavos para formar aldeas cimarronas— no parecían indicar más que la tradicional indisciplina que los virreyes atribuían a negros e indios. Algo más irritante era el creciente enfrentamiento entre americanos y españoles por el nombramiento de peninsulares en la mayoría de los cargos, que producía peleas y conflictos cada vez más frecuentes, sobre todo con los más quisquillosos nativos, que se sentían maltratados y sin reconocimiento. Jorge Miguel de Lozano, marqués de San Jorge, que había tenido una participación ambigua en la revuelta de los comuneros y se negaba a pagar algunos derechos por el marquesado que había comprado, escribió en 1785 fuertes quejas de la política de los virreyes y las mandó al rey: pronto fue apresado y encarcelado en Cartagena, en una respuesta inesperadamente drástica. Lozano nunca volvió a Bogotá, pues, liberado en 1793, murió al poco tiempo en Cartagena.

Para muchos, la violencia popular, el ataque al clero y a la monarquía, la ejecución de Luis XVI, eran prueba de los nefastos resultados de las ideas de la Ilustración.

La primera confrontación preocupante, que las autoridades y los españoles vieron como señal de voluntad de independizarse de España, ocurrió a comienzos de 1794, cuando Antonio Nariño, un joven y próspero comerciante, de las familias más poderosas del reino, que había sido alcalde en 1789 y recaudador de diezmos y reunía en su casa una tertulia con otros jóvenes letrados, publicó, en la imprenta que había establecido con patrocinio del virrey, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano hecha por la Asamblea francesa de 1789. Aunque Nariño recogió las copias y nunca se encontró un impreso de la Declaración, fue apresado y juzgado con dureza después de que en agosto se pegaran en las paredes de la ciudad pasquines contra las autoridades. Aterrados por las denuncias de que se preparaba una conspiración para acabar con los estancos y apoderarse del gobierno local, que hacía recordar la gran marcha comunera de trece años antes, y por la participación de miembros de las familias más prominentes de Bogotá, los oidores se plegaron al más autoritario Juan Hernández de Alba y empezaron un proceso en el que torturaron a varios acusados y condenaron a Nariño y a diez más (entre ellos su abogado José Antonio Ricaurte, Francisco Antonio Zea, el médico francés Luis de Rieux, Sinforoso Mutis y el impresor Bruno Espinosa) a prisión en Cartagena o España. Nariño se escapó al llegar a Cádiz y después de buscar sin éxito el respaldo francés e inglés para una posible revuelta volvió en 1797 a pedir perdón al arzobispo y al virrey. Aunque es probable que el deseo de independencia no hubiera existido más que en la mente de los temerosos funcionarios, la reacción violenta confirmó la sospecha de los letrados criollos de que las autoridades españolas eran cada vez más hostiles a sus intereses.


LECTURAS

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA