Lecturas Dominicales

Leer a Di Benedetto

Fragmento de 'Zama', la obra maestra del escritor argentino Antonio Di Benedetto.  

Antonio Di Benedetto

"Tal vez 'la gran novela americana' la escribió un argentino", dijo J.M. Coetzee cuando leyó 'Zama', novela publicada por Di Benedetto a mediados de los años cincuenta.

Foto:
15 de abril 2018 , 09:00 a.m.



Desperté en la madrugada.

Había afuera, en el patio, un derrumbe de sol, que ponía gozosos y parleros a los pajaritos. Me sacudí. Encima tenía una prenda ajena.

Un poncho de lanita suave.

Pensé que podía habérmelo puesto Tora; pero, con la duda sobre algo imprecisable, me volvió el frío. Clausuré la puerta abierta al patio. Hice del poncho cubrecama y busqué el lecho como una cueva donde esconderme.

Dormí hasta tarde.

No abandoné la habitación mientras no presentí ausencia de luces en el exterior.

Me encontré con la Luna, que era una mujer gorda y desnuda, sentada en el horizonte.

Fui a los fondos.

En la huerta, busqué algo para masticar, pero estaba sumida en extremo desamparo y carecía de frutales.

Tomé mate en la cocina.

No pensaba en la niña muerta. Ya estaba lejos. Recordé al niño rubio. Reaparecía, al cabo de cuatro años, en circunstancias incomprensibles. No consagré mi mente a él con exceso.

Yo estaba como separado de todo, en la cocina, solo, olvidado. Podía morir allí sin que nadie lo notara. No me preocupaba cesar. Pero, me dije, sería terrible que en el trance gritara de dolor –o de miedo– y nadie me escuchara.

Estaba aislado, sitiado, indefenso porque me habían desarmado los contrastes. También, los presentimientos.

Podía morir allí sin que nadie lo notara. No me preocupaba cesar. Pero, me dije, sería terrible que en el trance gritara de dolor –o de miedo– y nadie me escuchara.

Volvía a mi habitación como recogiendo tinieblas y ya con la facultad –podía creerse– de verme desde afuera. Pude verme convertido gradualmente en figura de duelo, por adhesión de las sombras, pelusa de murciélago, en el curso de mi camino.

Al pisar la recámara supe que todo eso podía desaparecer.

Podía desaparecer conmigo.

Iba a darme con algo, con alguien, y yo comprendí que estaba en trance de elegirlo o elegir su muerte. Pero confundía eso con la propia muerte y era una noche triste, en la que, creo, no resultaba penosa la elección.

Se había aposentado un vaho de mujer.

Ella estaba en la recámara y esta vez no huiría. Di fuego al candil. Necesitaba verle el rostro.

Yo procedía con una serenidad desventurada, como obtenida en préstamo para aquella ocasión.

Ardió el pabilo.

Ella también me aguardaba, sin alterarse, impávida aun cuando aproximé la llama a sus bucles, por ver si era, y sí.

La atmósfera se puso lechosa; pero atiné a mantenerme erguido, dejar al paso el candil en la mesa y buscar el descanso.

Desperté y era de noche: contra la pared daba el resplandor impuro de la lámpara.

Alguien me había arropado y yo no quería voltear la cabeza porque percibía su presencia junto al lecho. No por evitar verla, sino porque quién sabe qué me advertía de una decepción.

Me pasó la mano –agua fresca– por la frente y deduje que era la misma caricia de la víspera.

Ella.

Volteé la cabeza.

Decepción, sí. Decepción.

Peineta. Edad sin flores. Un afecto compasivo, una piedad amorosa y sacrificada, en los ojos. Todo muy definido, sin reservas, sin misterio.

–No es –dije, sacudiendo la cabeza y hablando como si estuviera solo o ella nada significara.

–Soy –me dijo con amargura.

No podía fingir y embaucarme, aunque poseyera tanta clarividencia para entender mi desengaño por aquellas dos palabras: “No es”. No podía mentirme: también su voz era la de una matrona cuando dijo: “Soy”.

Yo, rechazando su afirmación, cerraba obstinadamente los ojos, como para aislarme con la íntegra angustia del no encuentro.

Hasta que ella me dijo, insinuando el dolor del bien perdido e irrecuperable:

–Ah, bien lo sé. Otra mujer puede desear quien, como vos, se ve buscado y atendido sin que lo solicite. Otra mujer debiera ser la que esta noche se arriesga por asistiros y, enajenada de soledad, se pone en vuestras manos. Joven tendría que ser, tal vez más hermosa de lo que yo soy ahora, clara la voz, suaves los bucles, suave el color de rosa de su vestido...

Antonio Di Benedetto

'Zama' ha sido traducida al inglés y llevada hace poco al cine. También fue reeditada en un libro que reúne tres de las ficciones más importantes de Di Benedetto.

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Era como advertirme que me sabía sometido al encanto de aquella otra figura entrevista, para mí su posible hija, para ella su efectiva rival.

Pero he aquí que también la presente alcanzaba los poderes de la fascinación, y esto por la voz, que cobró un tono grave, doliente e inasible, aunque cercano, como yo lo quería. Le entregué mi atención como predispuesto a un canto revelador que viniera del bosque. Porque cuanto me decía era sencillo y comprensible. Más bien yo lo recibía como si tuviera doble fondo y, en él, la explicación, todas las explicaciones.

Me apretó una mano por encima de la manta. Procuraba ser más persuasiva al proponerme:

–Ah, si un hombre quiere... Se puede ser la una y ser la otra. Él consigue ver a una mujer como es y como la desea.

¿Eso había hecho yo en los días anteriores? Recelaba de que me lo dijera. Recelaba de eso y de algo más. Y ella, continuando su pensamiento, dijo:

–Pero sólo si él ama a esa mujer. Porque si se aferra únicamente a la que ya no es, ama una fantasía peligrosa. De ella vendrían un día, para él, la destemplanza, la desazón, tal vez, el horror.

Eso, justamente, era. El horror, esa noche no revelado aún como horror, ya me había capturado.

Entonces lo negué, por negarle poderes sobre mí a esa mujer que tan certeramente penetraba en mi interior:

–¿Cómo puedo yo, cómo podría nadie abandonarse voluntariamente al horror?

Como respuesta, me clavó estas palabras:

–Si queréis ver con miedo mi pasado es para transferir el temor de vuestro propio pasado.

Tuve la sensación de estar discutiendo con esa fantasía peligrosa que ella había mentado.

Esa sugestión, con ser muy fuerte, no alcanzó a espantarme y conseguí hacer un esfuerzo de discernimiento a fin de colocar sus palabras dentro de lo normal y lo posible. Pensé que nada más pretendía que intimidarme, para que yo aborreciera la imagen de la joven y la amara a ella. Sin embargo, rechacé la tentación de discutir la verdadera naturaleza de esa figura lozana de las apariciones vespertinas. Sí reclamé por su tacha a mi vida precedente. Exclamé:

–¡Mi pasado no es indigno!

La miré al rostro, por ver si la afectaba el impacto de mi estallido, y eso no ocurrió. Estaba serena y con su serenidad ahuyentó las sospechas que me condujeron un momento a la exasperación.

Parecía haber estado aguardando con paciencia el desenvolvimiento de mis ideas. Me contemplaba. Creí que, prevenida de que no aceptaba su opinión, me hablaría ya con ese acatamiento a mi persona que su presencia en mi cuarto dejaba suponer.

Pero no. Dijo:

–Todos, casi todos, somos pequeños hechos. Elaboramos presente menudo y, en consecuencia, pasado aborrecible.

Me tomó de un hombro, aferrándose con la mano abierta, y me dijo:

–Tengo miedo de elaborar culpas, para que el pasado no sea más poderoso que el futuro.

No eran para mí reparos nuevos, pues podían confundirse con los de toda mujer que formula la última vacilación antes de su entrega pasional. No obstante... ¿por qué me penetraban de tan inquietantes impresiones? Cuando hablaba de sí misma, ¿no podía creerse que hablaba de mí? ¿Por cuál razón su lenguaje era tan extraño y enjuiciador? ¿Por qué motivo se pronunciaba de una manera tan conceptual e inoportuna para una situación semejante?

Todo era demasiado ambiguo, pero no me parecía que la ambigüedad estuviera en ella, sino que emanara de mí mismo y que esa figura femenina, a mi lado, no fuese verdadera, sino una proyección de mi atribulada conciencia, una proyección corporizada por los poderes de mágica creación que posee la fiebre.

–Tengo miedo –repetía aún con tristeza y se me ocurrió que esa tristeza no le pertenecía, que era mía y muy añeja.

–Tengo miedo –decía, y yo también tenía miedo y quise decírselo sin la vergüenza de las palabras. Con mi mano busqué la suya y la tomé y estaba ardiente, y esto me hubiera confortado si no se hubiese deslizado en mí la sospecha de que mi mano derecha tomaba mi mano izquierda, o la izquierda a la derecha, no podía saberlo.

No podía saber si había mujer, no podía saber si dialogaba con alguien. Yo no sabía, no conseguía saber si todo eso estaba sucediendo o no.

Y en medio de este desorden y esta incertidumbre, me pareció que ella se volcaba en un intento desesperado de borrar lo dicho, de anular el caos que había establecido con el razonamiento.

Me besó como para hacerme llagas. Me besó infinitamente.

Tomaba, con aquellos besos, mis fuerzas.

Era de una sensualidad dominadora y, sin embargo, capaz de cavar y dejarme vacío hasta hacer que ya no la deseara.

Sólo mis labios tomaba y a través del beso, como en una absorción, parecía llevarme allá, adonde no sé, ni nada hay, nada es. Todo se negaba.

Mis fuerzas se agotaban antes de donde es posible la voluntad. Terminaban... Terminaban... Sin sobresaltos, ya sin sobresaltos, quedamente, terminaban.

Y todo era... un acogedor y dilatado silencio.


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