Lecturas Dominicales

La pose y el rostro / Fragmento de un ensayo de Juan Villoro

'La utilidad del deseo' es un libro sobre libros, lecturas y escritura.

Juan Villoro

En su nuevo libro, Villoro escribe sobre varios de sus autores de cabecera. En este fragmento, habla del carácter del escritor.

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10 de diciembre 2017 , 10:00 a.m.

La industria del cine se apasiona por la figura del artista convulso, el sujeto temperamental que maltrata a los demás, atenta contra sí mismo, se vuelve intratable y deja una obra de espléndida belleza. Hollywood ama la paradoja del genio cruel y autodestructivo que compone una sinfonía conmovedora.

Se espera que el creador tocado por la gracia tenga un carácter único. Salvador Dalí, Andy Warhol, Ramón María del Valle-Inclán y Charles Bukowski han creado personajes para sí mismos que forman parte de su propuesta estética. En esos casos, el talento adquiere certificación exterior: se trata de genios disfrazados de genios.
Posar como artista es una manera de confirmar las ilusiones que el público se hace sobre la originalidad del creador. Pero no todos necesitan avalar su diferencia con sus ropas o su aspecto. Los bigotes de Dalí semejaban pararrayos de la sensibilidad. Aunque otros artistas llevan la tormenta en su interior, en mayor o menor medida, todos se someten a los relámpagos y los cortocircuitos de las emociones.

“Somos los libros que nos han hecho mejores”, escribió Borges. Leída en clave de beatería cultural, la frase puede llevar a la creencia de que la frecuentación de la cultura siempre es positiva. Nada más alejado de la espuria realidad. Un artista supremo puede ser una pésima persona. Y aún más: de manera inquietante, los desfiguros del mal carácter suelen ser mejor punto de partida para crear que el aplomo y la simpatía.

Salvador Dalí, Andy Warhol, Ramón María del Valle-Inclán y Charles Bukowski han creado personajes para sí mismos que forman parte de su propuesta estética

Trabajar en función de la belleza no necesariamente entraña una conducta moral. George Steiner ha descrito la amarga paradoja de los comandantes de los campos de concentración que amaban la música de Bach y la poesía de Rilke.

El director de orquesta Arthur Honegger sufrió un sobresalto equivalente cuando fue invitado a formar una orquesta en una cárcel. Como los presos carecían de preparación musical, tuvo que juzgarlos por su sensibilidad y su predisposición a crear. Cuando entregó la lista de músicos seleccionados, el director le hizo esta alarmante aclaración: “Ha creado usted una orquesta de asesinos”.

Excelsos escritores han sido criminales, políticos corruptos, alcohólicos perdidos, pederastas, traidores, usureros, fanáticos fascistas o simplemente malos esposos y pésimos padres.

Los desarreglos morales de los genios han sido tan frecuentes como sus logros en la fantasía. ¿Las perturbaciones psicológicas favorecen la rara actividad de concebir un orden paralelo modificable a voluntad? Una vez superados los rigores de la disciplina y la angustia de la página en blanco, el novelista puede actuar como una deidad veleidosa o un tirano inflexible. “Mis personajes tiemblan cuando me les acerco”, decía Nabokov. Por obra del Creador, la página da lugar a un terremoto, la devastación y las muchas hormigas.

Jugar a decidirlo todo es una irresistible tentación de infancia. En algún momento de su aventura, el escritor alcanza su castillo en el limbo, la región pueril de la que puede ser monarca. No cualquiera siente este deseo en la edad adulta. ¿Hay manera de explicar el afán de totalidad que caracteriza al responsable único de la obra, el demiurgo en su escritorio?

La utilidad del deseo

'La utilidad del deseo', Juan Villoro. Anagrama.

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En su novela La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero se ocupa de las condiciones en que surge la vocación creativa y cita un estudio de la Facultad de Psiquiatría de la Universidad de Semmelweis, en Hungría, que arroja los siguientes datos: el 50 % de los europeos tiene en el cerebro una copia de un gen llamado “neuregulín 1”, el 15 % tiene dos copias y el 35 % ninguna. Según el estudio, la gente creativa pertenece al 15 % que presenta dos copias. “Poseer esta mutación también conlleva un aumento del riesgo a desarrollar trastornos psíquicos, así como una peor memoria y una disparatada sensibilidad ante las críticas”, escribe Montero.

Sin forzar los determinismos científicos, es obvio que el escritor muestra esas propensiones. Se trata de alguien que tiene ideas, se distrae con facilidad y se queja mucho. Su conducta se podría resumir en un refrán: “Cuando piensa, piensa en otra cosa”. Esta peculiaridad encarna de distintos modos. El escritor puede ser un sufriente ejemplar que transforma el dolor en goce estético (el laborioso Gustave Flaubert llamaba la atención sobre el hecho de que la perla fuera una enfermedad del ostión), un sujeto abusivo que aprovecha sin escrúpulos las heridas ajenas (Borís Pilniak decía que la zorra es el dios de los escritores) o alguien que vive de imaginar lo que no vive (Julian Barnes entiende la escritura como una terapéutica “pacificación de apócrifos”).

La pasión y la condena del artista, y el vicio de sobrellevarlas, conducen a un manejo irregular de las emociones, que puede llevar a la locura (Strindberg), los estímulos transitorios de la droga o el alcohol (Burroughs, Lowry), insólitas manías (Proust), un maniático ostracismo (Salinger) o a la revuelta vida interior de un burgués perfecto (Thomas Mann).

Pero antes de crear la imagen del escritor necesariamente arrebatado, al borde del estertor sensible, baste decir que ciertos autores han sido no solo llevaderos sino sumamente agradables. Aunque los Chéjov y los Cortázar no abundan, sus ejemplos revelan que incluso una magnífica persona puede escribir de maravilla.

No es necesario padecer la cárcel para escribir con conocimiento de causa de las mazmorras, pero sí es necesario ubicarse mentalmente en esa situación. De acuerdo con Nietzsche, el conocimiento del infierno permite concebir el cielo. Ese infierno puede ser tan tangible como el que Genet padeció en su infancia o tan conjetural como el del favorecido Tolstói. Lo cierto es que el escritor es un ser fronterizo que vive entre la realidad y la imaginación y, en mayor o menor medida, se ve afectado por ese tránsito de una realidad a otra. La carga de su segunda vida puede ser abrumadora y no es casual que muchos escritores hayan dejado de escribir. Enrique Vila-Matas dedicó un libro entero al tema: Bartleby y compañía.

Aunque los Chéjov y los Cortázar no abundan, sus ejemplos revelan que incluso una magnífica persona puede escribir de maravilla.

Uno de los casos más sorprendentes de un autor aquejado de angustia literaria es el de Robert Walser. Durante años llevó una vida pacífica y metódica en un manicomio. La principal cura que encontró ahí fue la de sentirse libre de la presión de escribir. La página en blanco le parecía mucho más agobiante que el sanatorio. En los testimonios de sus años de hospital (en su mayoría recogidos por su amigo Carl Seelig), el autor de Jakob von Gunten se juzga correctamente a sí mismo; opina con solvencia de numerosos temas, controla su carácter. Pero no soporta que lo consideren singular. No quiere ser reconocido. En forma curiosa, desconfía de Kafka, quizá porque el autor de El proceso lo había elogiado. Busca una medianía que lo proteja de las exigencias del mundo.

No es difícil simpatizar con él. De manera un tanto melodramática, el escritor Junot Díaz ha declarado: “Si pudiera devolver mi don, lo haría.” La sensibilidad extrema, y la obligación de usarla, pueden convertirse en una carga insoportable.

Rodrigo Fresán ha dedicado una extensa novela al tema de cómo piensa el escritor, La parte inventada. Ahí reflexiona sobre la rara paz que sobrecoge al autor que ya no se siente impelido a buscar palabras: “Pasar el resto de la vida como alguien que ya no escribe (...). Y sonreír con esa sonrisa triste de los que alguna vez fueron adictos a algo: la sonrisa de quienes están mejor de lo que estaban pero no necesariamente más felices. La sonrisa de quienes (...) sospechan que en realidad ellos no eran los adictos sino, apenas, la adicción: la incontrolable sustancia controlada, la tan efectiva como pasajera droga. Y, entre temblores, comprenden que algo o alguien se los ha quitado de encima porque ya no le sirve (...). Y que por eso la droga ha partido, lejos de ellos, en busca de sustancias mejores y más poderosas”.

La idea de vicio mencionada a propósito de Onetti resurge aquí como adicción. Pero el original giro de Fresán consiste en dejar de ver al autor como un adicto a la escritura, para verlo como la adicción misma, la necesidad social, cultural o esotérica que la comunidad tiene de que alguien haga eso. En este sentido, dejar de escribir no convierte al escritor en una persona sobria, reformada, que dejó la droga, sino en alguien que, al modo de una sustancia que caduca, perdió su fuerza intoxicante.

Lo decisivo en el pasaje citado es que ahí confluyen el miedo, la ilusión y la inutilidad de dejar de escribir, tres fantasmas que se sientan con el escritor en su mesa de trabajo.



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